jueves, 4 de noviembre de 2010

ALBUM DE BODAS - EL SECRETO DE SU OJO

Ustedes ya me han oído decir –los que gozan del tremendo privilegio de mi amistad- en gran cantidad de oportunidades, y con el énfasis necesario según el comentario, que “lo que escribo no necesariamente es autobiográfico”. Bueno, aunque lo que sigue les parezca salido de mi imaginación febril, les juro por todo el cancionero de Joan Manuel Serrat que es verdad.
Eduardo era (y creo que sigue siendo) un tipo alto, buen mozo, seductor, divertido y todo lo demás, pero al llegar a sus verdes ojos, algo no cerraba. Una como ausencia de expresión, un esquivar la mirada, un pestañear desparejo…
En algún momento de mi turbulenta adolescencia me pretendió brevemente, entre novios, haciéndome objeto de un acoso automovilístico que en aquellos años –no sé ahora- se llamaba “hacer la pasadita”: el tipo pasaba y pasaba y pasaba con el auto por la puerta de tu casa hasta que ¡zas! te enganchaba al salir y se ofrecía a llevarte. Bueno, de esa serie de escaramuzas sentimentales rápidamente abortadas por un compromiso matrimonial con un novio persistente y recidivo como las fiebres palúdicas, le había quedado el apodo de “Ojito” por parte de mis creativas amigas. Cada tanto, con el correr de los años, surgía su nombre y las chicas –ya no tan chicas- se preguntaban: ¿qué será de la vida de “Ojito”?
Bueno, Ojito reapareció en mi vida cuando ya había despachado un marido y estaba en ese oscuro período de rehabilitación amorosa en el que no sabemos si queremos repetir, más o menos como cuando se te muere un perro y vienen con la oferta de otro (perdonen la metáfora, jeje). Esta vez no desaprovechó la oportunidad dando vueltas con el auto y se bajó, encaró, insistió y obtuvo una cita. Como ya soy grande y aprendí mucho con los años –y ni les cuento todo lo que olvidé- en esa primera cita abordé el tema con mi inexistente diplomacia, y mirándolo fijamente le dije: Sólo te haré una pregunta: ¿Cuál es el bueno? La historia de qué era lo que le había pasado no viene al caso, la cuestión es que lo que había en el lugar del ojo era una obra maestra de la ciencia oculística (¿se dice así?)… pero no era su ojo. El muchacho era adinerado, y el dato viene al caso porque no es lo mismo uno de cinco pesos, que más se parece a una bolita de las que mi hermano atesoraba de niño y yo escamoteaba en planificadas venganzas, que el que portaba él, que parecía firmado por Miguel Ángel. Ni aún mirándolo a la luz del sol te dabas cuenta de que no era propio. Bueno, propio era, porque lo había pagado. No sólo ese, sino también su correspondiente repuesto. Cada tanto acudía a un centro especializado, donde una serie de… ¿ojólogos? se lo renovaban para que no desentonara con el otro. Uds. me dirán: ¿un ojo puede desentonar con el otro? ¡Si no cantan! No cantan pero se ven, señora, señor… y un tipo de cincuenta con un ojo de treinta y dos queda más o menos como yo con minishort, y no agregaré comentarios.
Bien, Ojito y yo nos casamos, previa advertencia de mi parte acerca de dos situaciones absolutamente prohibidas en la convivencia: tirarse uno (ya saben qué) y sacarse el ojo. Su lacónica respuesta fue: delante de ti no me lo voy a sacar, en cuanto a lo otro, bueno, tirarme no, pero se me puede caer (y no hablaba del ojo).
Yo aporté al matrimonio a mi vástago, por entonces de cuatro o cinco años, y él otros dos, varones también, de nueve y trece, con lo cual se compuso un trío de temer. Otro día les cuento las aventuras y desventuras de ser madre ajena y por unos días. Pero lo curioso en esta historia, además del ojo, es que la mamá de los niños aportados –o sea la ex de Ojito- y yo nos hicimos amigas. Claro, tanto chico que iba y venía, que por favor buscamelo en básquet que no llego, que tenemelo dos días que nos rajamos a la playa, que dale una mano en historia que si no lo mato, que fijate si te quedó alguna camisa de vestir que les vaya chica a los tuyos… hicimos causa común, además de marido, amistad que, despachado el marido que fue, continúa hasta hoy.
Con mi invalorable sentido del humor, acuñé varios apodos para el sujeto, todos referidos a su ojo falso: Polifemo, cíclope, o simplemente voscallatetuerto eran usados a mansalva, para festejo del hijerío mutuo e indiferencia sonriente de él, lo que me aseguraba que me seguía amando, que si no… Yo era consciente de que si continuaba a mi lado era porque sólo me veía medio gorda, medio loca, medio brava, lo que me daba una ventaja interesante.
Ojito había dejado tras de sí al abandonar el hogar matrimonial el ojo de repuesto anterior (no salga sin él) lo que como imaginarán me daba pie para comentarios tipo “el novio de tu ex mujer se debe sentir observado, pobre” y tonterías parecidas.
Una vez de las tantas que se reunía la familia disociada que habíamos compuesto con todos los ex y los vigentes, viene la mamá de los niños (me ha prohibido que la mencione con su nombre, así que Norita, juro que no lo haré) y le dice: Eduardo, a vos te va a parecer muy loco, pero… ¿puedo disponer del ojo que te dejaste en casa? Ojito la miró medio sorprendido (ya sabemos que todo lo veía a medias) y le dijo que sí. No era para una macumba, ella es incapaz de esas cuestiones, sino para una obra de bien, ya que conocía a una mamá que necesitaba una prótesis ocular (nombre culto de lo que todos conocemos como ojo ´e vidrio) para su hijo y ella, adelantándose (y seguro sorprendiendo también a la pobre mujer) se lo había ofrecido. Y allá fue el ojito viejo del Ojito, saliendo por fin del placard donde se encontraba obligado a presenciar escenas escabrosas protagonizadas por la madre de sus hijos y otro señor.
Como el tipo se ve que tenía la costumbre de andar dejando ojos por el camino, al separarnos también se dejó el repuesto en casa. Yo veía la cajita cada vez que buscaba el pasaporte. No me pregunten por qué estaba el coso ese donde yo guardo los documentos importantes. Yo misma desconozco la diversa entidad que le concedo a las cosas, ¡con decirles que en el estante de las especias guardo los recibos de sueldo!
Durante nuestro matrimonio me había negado rotundamente a contemplar el artefacto, cosa que después la escena no actuara negativamente a la hora del sesssso. Imaginen: una revolcándose en los brazos del amado y de pronto, en uno de los habituales piquetes que me hace mi única neurona se me apareciera el repuestito… adiós calentura, y además, imposible de explicar, pobre hombre.
Pero hete aquí que una noche, ya desaparecido el señor de mi estado civil, mi casa y mi presupuesto, estábamos con una amiga mirando tele, cómodamente desparramadas en la enorme cama que el propio Ojito tuvo el buen gusto de dejar también a su paso (la verdad, se la quiso llevar, pero la defendí con mi vida), la loca me dice: che, ¿si miramos el ojo de Eduardo? Total, ahora no te va a dar impresión. Coincidí con ella en que la película era aburridísima y mi vida sexual (que ya no coprotagonizaba Ojito) no correría peligro por ver el adminículo, así que abrí el cajón, abrí la cajita… y saltó la mirada verde y luminosa de Eduardo entre nosotras, tan vívida y carente de imaginación como el antiguo portador del artefacto… las dos pegamos un grito, espantadas (y mire que para espantarnos a nosotras hace falta bastante) y el ojito del Ojito quedó allí, entre el acolchado y las migas de las galletitas, acusándonos de sacrílegas.
Si su ex se deja la faja de la hernia, la redecilla del pelo, la pomada antihemorroidal, o algo igualmente asqueroso como las fotos de su mamá cuando era joven… me surgen dos reflexiones: bien echado que fue el tipo… y ud. también deja bastante que desear a la hora de buscar pareja.
Y lo digo yo, que fui mujer del Ojito.

jueves, 28 de octubre de 2010

Soy la mamá de Peter Pan

Principio universal: la maternidad es maravillosa, un acto trascendental, un sentimiento intransferible, el amor más grande del mundo… bullshit, dirían los amigos de arriba del Río Bravo, y yo no traduciré porque para algo tiene que servir saber malas palabras en otros idiomas.
No es que no sea agradable ver un ser humano que construimos en local propio, que lleva gran parte de nuestros rasgos físicos y dotes naturales, más la cantidad necesaria de defectos que aportó la otra parte. Por lo menos, así funciona cuando una está divorciada del coautor del crimen. Salvadas estas cuestiones, pasemos a las otras.
Los primeros meses de la atención de un hijo implican una larga serie de actividades desagradables, como por ejemplo limpiar caca, recibir –en el caso de los varoncitos- más de un chorro de pis en el rostro cuando estamos ejecutando la tarea anterior, andar durante meses rodeada de un delicado aroma a vómito, que se produce en el momento menos esperado, como ser sobre la blusa de crêpe antes de salir, o en el civil de Mariana sobre el blazer de seda beige, entender que “gugu” significa “quiero de frutilla, la vainilla me parece francamente asquerosa” y “aaaaaba” no es “abuelita linda” sino “esa vieja pintarrajeada me está tapando con sus horribles morisquetas la diversión de las hojas de parra bailarinas de la casa del viejo que anda siempre con ella y tiene mal aliento, correla”.
Pasa esa etapa en la que las madres sólo somos proveedoras de comodidades básicas para la supervivencia, y alcanzamos la fase dos: la educación del engendro. Ahí comienzan las verdaderas pruebas de paciencia: tienen que aprender a caminar, con lo que se convierten en un misil teledirigido hacia los objetos más frágiles (y costosos) que supimos conseguir, llegan hasta los sitios recónditos, y se aparecen en medio de la cena con los jefes del marido munidos del juguetito ese que tenemos bien oculto y que no es precisamente para masajear el cuello, como dice su políticamente correcto folleto. Y como si caminar no fuera lo suficientemente peligroso… HABLAN LOS MALDITOS. Ya no hay que traducir el “glufru” sino explicar por qué llamaron de pronto “vieja pijotera” a nuestra querida y millonaria tía Marta, que no tiene herederos pero tampoco mucamas y viene a leer el diario a casa “para no gastar”.
Llega lo que pensamos que es un alivio, o sea la etapa escolar, pero no, los tormentos sólo cambian de forma y protagonistas. Ya no son las parientas mayores las que nos dictan cátedra sobre cómo debemos vestirlos, alimentarlos y atenderlos, sino una raza maldita conocida universalmente con el nombre de docentes, y que en realidad es una masonería secreta dedicada a destruir cualquier atisbo de orgullo maternal, en vistas a la dominación de la especie por aniquilación de egos. Jovencitas que sólo han visto un pañal en los avisos de la tele nos dicen cómo hemos errado hasta ahora en casi todo. Personalmente lo hacen cada tanto, dependiendo de la aberrante conducta de nuestro vástago, pero se regodean por escrito con su herramienta más poderosa, que los fabricantes de armamentos desconocen y por eso las guerras duran tanto: el cuaderno de comunicados.
Supongamos que ya sorteamos la bebez, la niñez y la escolaridad y hemos salido medianamente indemnes de todas ellas. Y cuando creemos que se comienza a ver una pálida luz de esperanza al final del túnel… el sujeto entra en la adolescencia.
Como ya hemos hablado acá de algunos de los padecimientos que vivimos los padres en esa era oscurantista, no los voy a aburrir. Hoy mi preocupación pasa por un tema en particular: la voluntad férrea con que los malvados se empecinan en permanecer en el bunker llamado adolescencia.
Haciendo memoria, recuerdo que cuando me tocó la pasé bastante bien. Hubo una petit etapa de mugrienta, rápidamente superada en cuanto me di cuenta que el sexo opuesto era interesante y tenía olfato, el colegio era divertido porque estaban mis amigas, se estudiaba poco y el uniforme quedaba lindo, los varones eran granujientos y tímidos, pero bailaban lentos y tenían plata para invitarnos a salir, los hermanos proveían una fuente inagotable de futuros candidatos, y si no, dábamos la vuelta al perro o hacíamos un asalto y algo aparecía. Los padres eran viejísimos y ridículos, pero como no participaban mucho y les respetábamos algunos límites, no pasaba a mayores… pero lo más importante, lo que nos comía el coco de impaciencia, porque significaba un montón de logros accesorios, era SER ADULTOS. No llegaba nunca el tan ansiado momento de manejar, trabajar, mandarnos solos y tener nuestro propio dinero, que nos permitiría rajar oportunamente del nido familiar, al que retornaríamos, claro, cada vez que quisiéramos comida rica y ropa limpia. Y más dinero, obvio.
Hoy es al revés. Los muy guachos se parapetan en la adolescencia, que se ha convertido en una Disneylandia etaria. Enumeremos someramente lo que incluye el pack adolescente: habitación propia, decorada a su gusto, con televisor, equipo de música, computadora, ninguna biblioteca ya que los libros que alguna vez fueron colocados allí con gran ilusión por abuelos y padres han sido reemplazados por colecciones de latas de cerveza que se tumban cada vez que logramos ingresar para pasar un plumero… y mejor que se caigan, porque las que se sostienen en el sitio, Dios sabe qué tienen adentro. Sigo. Baño privado no importa mucho porque no saben para qué se usa. El lavadero es donde se van a fumar porquerías, no a lavar ropa. La ropa es algo que fundamentalmente debe tener una marca específica, cualquiera sea su costo, y que se arroja al piso, ya que algún mecanismo que desconocen opera mientras duermen las catorce horas reglamentarias y aparece limpia y planchada y colgada en el placard, ese mueble que también desconocen y provoca el siguiente comentario: “¿y yo cómo iba a saber que estaba colgada ahí?” Trabajar es algo para que hagan los que ya no son adolescentes, los que viven del otro lado del muro. Total, el dinero que necesitan no es mucho, las chicas hoy se pagan todo, y siempre hay un pei, como llaman a los pesos dolorosa y honradamente ganados por nosotros, para comprar un cigarrillo suelto, una hora del ciber o una docena de facturas en cooperativa. ¿Estudiar? ¡Si recién termino el secundario! Esperate que tengo que pensarlo bien, ¿o qué querés? ¿Un hijo frustrado?
La lista continuaría eternamente, pero no quiero amargarlos, aunque me permitiré una última dosis de vinagre: fuimos nosotros quienes les armamos ese nidito, somos nosotros los que no ponemos límites, somos nosotros los que los miramos dormir plácidamente y sonreímos porque el nene está en casa… o sea, apechuguemos con nuestra obrita, y pensemos, haciendo un segundo de mea culpa: ¿a quién no le gustaría ser Peter Pan?

viernes, 22 de octubre de 2010

"Mudarse en tiempos de seca" -Capítulo Uno-

La lengua castellana es rica en matices y tonalidades. Ella es rica, aunque los castellanoparlantes no.
Por ejemplo, gozamos de la ventaja, compartida con algunos otros países, no muchos, de distinguir entre “ser” y “estar”, lo que no es pavada. Porque no es lo mismo “ser” presa de una locura de amor, que “estar” presa, punto. Ni “ser” cachonda, para vergüenza de nuestra familia, que estarlo, para felicidad de nuestro partenaire. Ser es algo como más permanente, casi casi inamovible, mientras que estar bien puede ser un ratito nomás. No me voy a perder acá en disquisiciones idiomáticas, que me encantan pero no los entretienen.
Porque lo que me sucede es que estoy pobre, pero no lo soy. Veamos. Una serie de malas elecciones (en maridos y empleos, fundamentalmente) hicieron que hoy por hoy goce de mucha libertad de criterio, movimientos y decisiones, pero pocos billetes en las alforjas. Pero como sigo teniendo un placard habitado por pieles costosas, un relox de esox caríximos, casa, auto y perfume importado, colijo (ven, hasta educación refinada tuve) que no soy pobre.
Pero a la hora de mudarse… ¡vaya que se nota!
Una cosa es mudarse con plata, o sea: llamar a una de esas empresas que te empacan todo, con cartelitos primorosos y cajas elegantes, te lo llevan, te lo acomodan y ordenan en el nuevo destino, que te recibe pintado, encerado y encortinado, y luego de dos relajantes noches de hotel entrás y tenés hasta la carne al horno con papas y el flan casero esperándote en la mesa con mantel planchado y servilletas al tono.
Y otra, muuuuuuuuy ooooooootra, es hacerlo sin el vil metal, o con escasas cantidades de él. Les cuento: la casa donde me mudo es mía (tanto a favor) pero calculo que fue construida cuando los hermanos aborígenes tehuelches eran los orgullosos pobladores del territorio (ahora les decimos “hermanos” pero en esos tiempos los corríamos con cañones, y ya se sabe, cañón mata lanza tehuelche… y tehuelche también) Es viejita mi casa, la pobre. Grande, luminosa, mucho patio, jardín, parrales, sombra bienhechora para el verano, calidez en invierno, habitaciones amplias, cielorrasos de madera, pisos sólidos, bla bla bla… así me la vendieron, por eso me acuerdo. Todo eso… pero vieja.
Antes que yo la habitaron mis inquilinos, una pareja gay que rompió con todos los estereotipos del tema y resultaron más mugrientos y desordenados que Lindsay Lohan y Amy Winehouse juntas de juerga. De recuerdo me dejaron las paredes pintadas de un rosa chicle estridente e incombinable con muebles provenzales (que arrastro de mi antigua vida de no pobre) y un inexplicable boquete en el piso de la cocina, por el que parecen haberse escapado todos los internos de la cárcel local… por el tamaño, calculo que lo hicieron con éxito, y mucho equipaje. Eso sí, se llevaron –los inquilinos, no los presos- la cocina, dos calefactores, y los medidores de gas y luz. Supongo que no lo hicieron con mala voluntad, y eso porque a la hora de suponer, soy bastante tarada, no cabe otra posibilidad.
Las empresas que te llevan y te traen los muebles, a juzgar por el precio que cobran, deberían llevarlos en limousine y lustrarlos en destino, pero no, te los arrojan donde se les da la gana y todavía te los miran despreciativamente, como diciendo “mirá que juntaste porquerías en la vida, eh”. Una trata de que se apuren, porque cobran por hora, pero ellos estudian el espacio disponible en el vehículo como si recién lo conocieran, con brazos cruzados y expresión preocupada… preocupada estoy yo que les tengo que pagar, grito silenciosamente para mis tripas.
Por fin dejan todo y se van, y una, zigzagueando entre cajas que dicen (de mi puño y letra) “OJO, FRÁGIL RECONTRAFRÁGIL- SI ME LO TOCÁS TE MATO-” y ahora están sepultadas debajo de otras tres que dicen “PESADO DALE SIN ASCO, TOTAL TIENE HERRAMIENTAS QUE ERAN DE MI EX”, descubre que las copas de la abuela serán objeto mañana de un melancólico comentario tipo “te acordás de cuando había doce” y que las cartas de poker nunca volverán a tener los cuatro comodines…
Falta contarles la odisea de la reinstalación de los medidores, la maravillosa e invalorable colaboración de mi hijo adolescente y sus adolecedores amigos, que a cada incursión decían: che, qué bueno que está para una joda… con lo cual a mí la mueca de agradecimiento maternal y promesa de futuras tortas de chocolate y milanesas con puré se me iba trocando en expresión alerta y autoritaria, de esas que jamás me han dado resultado, para qué negarlo.
Por ahora los dejo, tengo que desarmar la alacena, conseguir un gasista, encontrar las patas de la cama, guardar la ropa de invierno, suplicar a los albañiles, constatar que no me hayan robado el medidor antes de que lleguen las huestes de la compañía de electricidad… y sacar un pasaje a Larecalcadapelvisdelamangosta, paraje desierto y lejano donde la palabra “mudanza” no figura en el vocabulario… chau chau, les dejé comida en la heladera… disfrútenla… si encuentran la heladera… jeje.

miércoles, 20 de octubre de 2010

"¡Agarrame el epíteto!"

Ser mujer tiene un montón de ventajas.
Ya saltarán las brujas a retrucarme que no, con un rosario interminable de reivindicaciones no logradas aún, de tareas que se enciman, de partos con espantosas secuelas estéticas, bla bla bla…
Muchachas, no intenten lincharme al mejor estilo de las películas del Oeste (del Oeste de Estados Unidos, aclaremos, en el Oeste de MI país la gente se castiga con otros métodos, que me parece que se llaman gobiernodeturno). No. A lo que yo me refiero es a esas antiguas prerrogativas de género que se nos otorgaban por el solo hecho de ser féminas.
Algunas son francamente pavotas, por no mencionar que su motivación de origen se ha perdido en la noche de los tiempos, junto con los almuerzos de domingo con los hijos adolescentes presentes (y despiertos). Como por ejemplo eso de que se nos obligue a ir del lado de adentro de la calle, donde terminamos siendo reservorio de volantes de publicidad compulsivamente entregados por jóvenes indolentes, nos perfuman al paso señoritas que se quedaron como proyectos de top model y su resentimiento no les permite escuchar que nograciasmepusemiperfumeybastantecaroquees, y sufrimos estoicamente el bombardeo de objetos preciosos que nos tientan desde las vidrieras, recordándonos que no podemos comprarlos.
Pero hay una, mis queridas, que tal vez ustedes no perciban, ya sea porque la toman como algo naturalmente establecido, o porque no se dedican tiempo a observaciones tontuelas, que viene a ser mi oficio. Hablo concretamente de la impunidad del insulto.
Las mujeres podemos denostar públicamente a cualquier pantalón sin recibir a cambio las esperables represalias que corresponderían si se tratara de otro macho. Opera en ellos una especie de freno ancestral, una cosa de “si le destrozo la cara, después no me podré reproducir y la especie está perdida” bajo la forma del tradicional “a una dama, ni con el pétalo de una flor” que repetía mi abuelo gallego, a quien los pétalos no le impedían sojuzgar a mi abuela en cientos de otras maneras, subyacentes y no, que ya detallaré cuando se me ocurra. Siendo periodista, lo pude comprobar muchas veces. Ante una pregunta irritante, agresiva, molesta, se me quedaban mirando una milésima de segundo, en la duda de si echarme del recinto, contestarme educadamente o invitarme a salir. Claro, porque hay que hacer la salvedad: un dato importante es estar buena (por aquel entonces yo lo estaba, esperen que me seco la lagrimita y sigo). Si la preguntona resulta ser poco agraciada, casi casi que rige lo mismo que si fuera hombre: te pego, te echo, te escupo.
Todo lo cual viene a abonar una vieja teoría que sostengo y pongo en práctica cuantas veces puedo (y puedo bastante seguido): cuando uno insulta en cuestiones de tránsito, no hay que recurrir a los epítetos tradicionales, que refieren generalmente a la fidelidad o falta de ella de la pareja en turno, a la escasa vida sexual del oponente, a las malas costumbres de sus ancestros, o al tamaño de sus atributos sexuales. Lo mejor es atacar en flancos desprotegidos frente a un extraño, sobre todo porque el infractor no espera que aludamos a ellos. Ejemplo: en medio de la maniobra, y cuando el tipo nos pasa con gesto sobrador y suficiente, aguardando a lo sumo un gestito importado con el dedo medio en alto, le arrojamos un “¡Estafador!” o “¡Mal hermano!”. El resultado es que se quedará inquieto, pensando de dónde lo conocemos, o cómo es que nos enteramos que no le pagó a Hugo el arreglo del radiador, o que se quedó con el reloj de oro del viejo pasando por encima de los derechos de su hermanita Graciela. Es infalible, se los aseguro. Ni siquiera atinan a seguirnos en actitud patotera, tirándonos el auto encima o atravesándose en nuestro camino. No, la duda y el remordimiento los corroerán durante todo el día, mientras se pierden preguntándose si por casualidad somos Virginia la cuñada del plomero, o la mujer de Carlos el que vive al lado de la tía Petra. Todas sus pasadas maldades serán sujeto de una revisión histórica llena de angustia, incluso hasta podemos lograr que repare alguno de esos daños cometidos en previsión de futuras develaciones… Cualquiera aguanta que supongan que la legítima anda con el cobrador de la rifa de los bomberos, o que crean que los testículos les arrastran al punto de dejar huella en el suelo… pero nadie soportaría que toda la cuadra sepa que no invitamos a Marcela al casamiento de la nena porque no regaló nada cuando la misma nena cumplió los quince, o que nuestra tía abuela Carmen languideció en el geriátrico esperando una visita que se pospuso hasta que la visitamos en el cementerio.
Mientras tanto, nosotras vamos airosas, con la lengua suelta y el pelo al viento, sabedoras de que poseemos un poder maravilloso, que les nubló el día a ellos pero que nos iluminó la jornada a nosotras… ¡Adelante, vengadoras!

jueves, 7 de octubre de 2010

Funciones irremplazables del artefacto marido

Una en la vida ha hecho muchas cosas, incluso varias de la misma, con resultado diverso.
Con el estudio me fue relativamente bien. Luego de algunos intentos fallidos, decidí que esto de las palabras y la comunicación era lo mío, y acá estoy, y más vale que digan que me sale lindo.
Con el amor ha sido diferente. Me casé varias veces, ya lo saben. Y si bien es un dato que no se incluye en un curriculum vitae, tampoco lo ando ocultando como una tara familiar… digamos que la ausencia de timidez y los ojos claros no compaginan con la malsana tendencia a coleccionar libretas de matrimonio.
Pero en este caso no me quiero detener a comentar el porqué de tanto maridaje, sino algunas observaciones que me han surgido a raíz de la acumulación de esponsales.
Existen innumerables chistes en cualquier folklore que se precie de tal dirigidos a reseñar para qué sirven los maridos. Internet se ha convertido en una fuente inagotable de envíos, siempre acompañados de alguna musiquita chascarrillera, animaciones simpáticas y errores de ortografía.
De mi ya establecida experiencia en eso de convivir con señores con el título de marido, he observado algunas tareas para las que son imposibles de remplazar. No, no se hagan ilusiones que no es ESO. En ESO es sumamente fácil remplazarlos, dependiendo, claro, de las aspiraciones o expectativas que una ponga en el empeño. Me refiero a cosillas, detalles de la vida doméstica, que de pronto, en medio de la tarea cotidiana, nos hacen que nos detengamos a decir: Caramba, ¿dónde está (aquí va el nombre del susodicho, o el apelativo cariñoso o despectivo con que lo llamemos según la necesidad)? Y vayamos nomás al tema, que se enfría el café.
Mover objetos pesados es algo para lo que las mujeres no estamos predestinadas. Ojo, me refiero a muebles que de pronto quedan horribles en el lugar donde estuvieron siempre, cajas llenas de objetos inútiles que consideramos imprescindibles, niños que se han quedado dormidos en las bodas de oro de los abuelos, herramientas que yacen olvidadas en el fondo del garaje de nuestros padres, pedido mensual del supermercado convertido en veintisiete bolsas plásticas de dudosa resistencia pero segura amenaza a la ecología, y cosas así. Otros objetos pesados sí sabemos. Una amiga que se nos instala a horas inadecuadas en el comedor diario de nuestra casa, una suegra que revisa con un ojo si limpiamos el horno mientras con el otro finge atender a nuestra incómoda charla, un candidato que se pone cursi o cachondo cuando no es el momento para ninguna de las dos cuestiones, son todas situaciones que resolvemos rápida y expeditivamente. Pero esa bruja aguerrida a la hora de despejar el escenario se torna en una débil princesita si tiene que correr la cama marinera de Franco para encontrar la media de fútbol que falta y que ya comienza a convertir en irrespirable el ambiente.
Item dos: Habrán notado mis amigas que, por muy bien construídas que estemos (y siempre lo estamos) hay un sector de nuestra espalda que nos queda fuera de la jurisdicción de nuestras manitos de hada al momento de subirnos el cierre del vestido. Y sí, podemos estar bellísimas con esos stilettos azabache, con ese pelo tan lacio y brillante que nadie se cree que sea natural… y justo el vestido correcto, ese que nos deja hechas un guante de seda es el que no nos podemos calzar solitas. Y casi sin querer nos sale un sonido gutural que suena a “Msgfbrbichiiiiiiii ¿podés venir?” Pero claro, el bichi ya fue exterminado simbólicamente tiempo ha, y no acude al llamado. Nuestros hijos o son tan niños que no alcanzan la zona maldita, o son tan grandes que no escuchan nuestros graznidos desesperados, porque el emepénosécuántos los provee de una burbuja antimadre. Así que salimos de la casa pegadas a la pared como el Inspector Ardilla en una misión secreta o Kate Hudson en una escena de cornisa de hotel californiano, y nos llegamos a lo de Alicia, que reúne varias ventajas: vive al lado, tiene manos grandes y conoce de esas emergencias, por eso usa calzas y remerones.
Y por último, queridísimas, llega el hit, el top, el must de de los must, aquello que nadie sabe hacer mejor que un marido, al punto que ningún mortal se atreve a intentar suplantarlo en tan encomiable tarea: sacar la basura. Nosotras jamás, una raina, así con a, no arrastra bolsas de cáscaras de papas y latas abiertas a menos que sea para arrojarlas dentro del auto del bichi que por casualidad está estacionado a la vuelta, en la puerta de nuestra ahora ex amiga lnés, que siempre se esponjaba el pelo cuando él entraba. ¿Nuestros hijos? JAAAAAAAAA (ustedes entienden, y si no, pregúntenle a alguna madre de adolescente) Si es “nena”, como ilusionadamente la seguimos llamando, no se va a arrugar el look; si es varón, directamente ni se entera, él no vive en este planeta. ¿El candidato? Él no está para eso…
Supongo que habrá muchos otros aportes a este apasionante tema. Algunas deslizarán una lagrimita recordando asados, mates y un desayuno excepcional de aniversario. Otras evocarán céspedes parejitos, canillas que no gotean y cables sin añadidos. Habrá también quienes rememoren boleros bien bailados, zapatos lustrosos y niños milagrosamente ausentes en tardes de estudio tardío o reglas dolorosas. Todos tienen su mérito, qué tanto… Incluso nosotras, que hemos podido sobrevivir. Aprendimos a comprar sillones plegables, usar telas elastizadas y tener trituradores de residuos… pero también, de vez en cuando, nos permitimos extrañar un poquito al ausente… y por otras cosas, claro.

jueves, 24 de junio de 2010

Los milenaristas de la pelota

Hace tiempo, mucho, incluso creo que yo no había nacido, hubo en el mundo una corriente de pensamiento, una secta, una moda, una idea dominante, un algo así, llamalo hache, como decía un compañero de facultad, que sostenía que llegado el año 1.000, se terminaba. ¿Qué se terminaba? La vida en la Tierra, la comida, la luz solar, las ganas de reproducirse, no sé, todo. En realidad, tampoco se sabe bien si el año 1000 lo era realmente, con todo esto de que si se cuenta de antes, o de después, o de antes de Cristo (¿Él qué diría -Cristo, me refiero- estamos en el año 24 después de Yo?¿En Navidad, la familia, qué ponía en lugar del pesebre? ¿Una cuna vacía y una carta a París -Lutetia por entonces-?)o de luego de, o del año de los judíos, que ya iban adelantados, o de los chinos, que seguro para esa época ya eran demasiados. La cosa es que un grupo de inadaptados, como dicen los noticieros, se lo creyó, y salieron a los caminos a proclamar que se venía el fin del mundo, con lo cual se aprovecharon para arrasar con cuanto pueblo se les cruzaba... totallllll... Y lo mismo pasó, eso sí, con los atenuantes del caso, cuando nos llegó el tan temido año 2.000. Claro, la interné, el cable, la luz eléctrica, el gas, la penicilina, el microchip y otros adelantos nos hicieron creer que nadie sería tan estúpido para terminar con un negocio tan rentable como tenernos ahí, tercera roca desde el Sol, a fin de seguir registrando en cuánto tiempo nos eliminamos solitos.
Todo esto para anunciarles que en esta parte del planeta, mis queridos, sucede algo parecido, con una ominosa periodicidad: cada cuatro años llega el Campeonato Mundial de Fútbol, y agarrate Catalina que ahí sí se pudre todo.
No me detendré demasiado en el ya remanido tópico de lo conocedoras de fútbol que nos volvemos las mujeres en esta época. Es como si algún mandato secreto, casi hormonal, nos indicara que si no apreciamos cuán bien ataja Romero, qué inteligente la estrategia de Maradona o cuánto lo marcan a Messi, los machos de la especie no querrán aparearse con nosotras, con lo cual estaríamos como los del año mil: en el horno. De ese tema ya se han encargado revistas femeninas, masculinas, diarios unisex, noticieros, agencias de publicidad y panelistas varios.
A mí lo que me fascina es esa foto congelada en que se convierte la ciudad en el momento del partido. Salgo a propósito, de puro renegada, a observar cómo hasta las palomas de los cafés, que día a día se posan con fingida inocencia sobre la mesa para robarnos descaradamente los maníes del copetín, están con el piquito contra la vidriera observando la pantalla gigante del lugar en cuestión, que ya no es un café sino un nido de directores técnicos en potencia, de desaforados en ciernes, de estáticos turistas asustados. Serios profesionales de trajes Armani y attachés Vuitton, se convierten en bufones blanquicelestes, con esos ridículos gorros de cuatro puntas y una camiseta brillosa y llena de publicidades cubriendo la corbata, lo que, sumado a una expresión mezcla de embrutecimiento y concentración, nos hace temer de si realmente la sucesión del abuelo o el blanqueo de capitales están en buenas manos. ¡¡¡¡Taxi!!!!! ¿Qué te pasa, loca? ¡No me digas que querés conseguir taxi justo cuando se está jugando!Contenete las contracciones, pegate el dedo que se te acaba de salir con cinta de embalar, ponete un corcho ya sabés dónde (donde sea) pero ni se te ocurra acudir a una guardia hospitalaria en ESE sagrado momento, no sea cosa de que de puro odio te amputen el miembro contrario.
No es para tanto, tampoco. Tiene su coté agradable. Gente que normalmente no se juntaría ni en un naufragio, se une en una pasión común. Y así vemos al que vende esos sospechosos hot dogs en la vereda y al dueño de la financiera abrazados en un grito de gol, o al explotador y al explotado mancomunados en la misma puteada al árbitro, que como seguramente es de Transilvania, porque para conseguir uno neutral ya no saben dónde irse, ni la va a entender. Eso sí, la mayoría de las mujeres tenemos la palabra prohibida, aunque si supieran valorar algo nuestros irremplazables machos argentinos, entenderían que es más importante apreciar los labios carnosos de Samaras el de Grecia que la lesión de Samuel, o mirar el nuevo peinado de Heinze que celebrar su jugada.
Chicas, aguantemos, de última es menos de un mes, calculando que estemos hasta el final, porque es tabú absoluto imaginar otra posibilidad. Hagamos lo nuestro. Convirtamos el hecho de hacer el amor furiosa y diariamente en una cábala infalible, pagar nuestras compras desorbitadas en un bendito recreo de nuestros absurdos comentarios, la ausencia de comidas caseras en la posibilidad de compartir un asado con los otros energúmenos que sí saben qué cosa es el área chica. Celebremos que no hay que llevar a los chicos al colegio porque aunque insistiéramos, no irían, y total en el colegio tampoco hay nadie, salvo que hayan habilitado el gimnasio como estadio a distancia. Ni hacer trámites, ya que los vencimientos se han corrido tácitamente hacia una fecha razonable y sin césped sintético.
Y seamos justas. Ellos también nos toleran algunas cosillas. En definitiva, el Mundial es cada cuatro años... ¡mientras que la regla es cada 28 días!

viernes, 7 de mayo de 2010

M´hijo el dotor

Antes todo era más ordenado, damas y caballeros. Las guerras, por ejemplo. Empezaban y terminaban como Dios manda, con fecha cierta y algún motivo preciso. Como que un sujeto de nombre impronunciable se clavaba al archiduque Francisco Fernando, cuyo único mérito histórico parece ser el de haberse muerto para que pudiera arrancar la Primera Guerra Mundial; o que otro señor (bueno, ejem, señoooooooor...) sale de la peluquería caliente porque le dejaron flequillo flogger y le afeitaron mal el bigote y agarra e invade Polonia, y ¡se va la Segunda!Esas eran guerras, y no las de ahora, que ni se sabe por qué empiezan, si fue una escupida de un petrolero a un jeque o una mojada de oreja de un afgano a un yanqui, o algún palestino inadvertidamente traspuso la raya de la vereda de un israelí, la cosa es que un día en lugar de Tinelli y su desfile de culos escandalosos tenemos en pantalla a un montón de gente con ropa manchada a propósito peleándose con otra gente a la que ni vemos, porque todo transcurre de lejos, si no no me toma la señal de los proyectiles teledirigidos, loco, correte más lejos así te mato.
En fin, que ya no se puede confiar en los antiguos valores. Entre ellos, el del nene que se me recibe.
Analicemos el concepto. En primer lugar, existen en el mercado actual una absurda cantidad de nuevas profesiones que ni siquiera sabíamos que eran profesiones. Una iba al restaurante, comía, pagaba y se volvía, sin sospechar que detrás de esa puerta vaivén había un Chef, o un Licenciado en Cocina Alternativa, que viene a ser cocinar con lo que antes tirábamos a la basura. ¿Y los mozos? O eran inmigrantes gallegos importados directamente con el saquito dudosamente blanco y la uniceja, o hijos de esos mismos gallegos, ya que era un cetro que se pasaba de generación en generación, junto con el dolor de pies y la indiferencia a los gestos desesperados de los clientes. Bueno, ahora un mozo es un joven con peinados raros, como diría Charly García, y que ostenta el título de Técnico en Administración Gastronómica, obtenido luego de tres barra cuatro años de asistir al IGA, EGA, AGA o cualquier otra sigla que deje tranquilos a sus progenitores, asegurándoles que el bebé HAGA algo y no se rasque el HIGO.
Íbamos a la plaza y si hacíamos alguna asquerosidad con o sobre el pasto, nos corría el placero, no el Ingeniero en Preservación de Espacios Verdes. Si conseguíamos entradas, era para el cine, no para presenciar una versión más (la número 56.798, calculo) de Cats, con el elenco completo de los egresados del Instituto Profesional de Ejecutantes de Performances de Comedia Musical. Cuando queríamos salir y teníamos bebés, se los tirábamos al pasar a la tía Clarita, o a las abuelas, que para eso estaban. Ahora las abuelas no nos dan bola porque están estudiando Reiki o Vitrofusión, la tía Clarita ya fue convenientemente encerrada en un geriátrico, y su casa vendida para poner... un geriátrico, perdón, una Residencia Para la Tercera Edad, donde seguramente trabajan Especialistas en Gerontología Eficiente y no las queridas y mandonas enfermeras de antes.
¿Y el secundario? Era sólo una etapa, algo que acompañaba a la adolescencia, que no duraba media vida como ahora sino justo y necesariamente lo mismo que la secundaria. Acné, escapadas sin permiso, fumatas (de tabaco legal, ojo) en el baño, copiadas, amores súbitos y desamores desgarradores, los padres que son unos imbéciles, el mundo que no nos comprende, transcurrían plácidamente en esos tiempos compartidos de la educación... ah, porque también se los educaba ahí. Los muchachos salían sabiendo quiénes habían sido asirios y persas, algo de geografía, los intolerables logaritmos y la fórmula del fosfato de amonio. Y luego de cinco años exactos, al viaje de egresados (del que ya hablaremos aparte, es lo suficientemente jugoso como para eso). Y luego, m´hijitos, LA VIDA, ni más ni menos. A estudiar una carrera de las únicas concebibles (ingeniero, médico, contador, profesor, y poco más) o a trabajar en el negocio familiar o en el del familiar de alguien.
Ahora el secundario es un fin en sí mismo, una especie de ombligo de la vida. Se los cuenta una sufrida madre que acaba de pasar por semejante trance.
Mi hijo no ostenta ningún problema especial, aparte de la madre. Tampoco es un genio en nada, como no sea la gestión de maldades varias, casi siempre con daño patrimonial para sus mayores. Por lo tanto, lo esperable era que pasara por esos años como pasó por los anteriores de la primaria. Algún día publicaré los cuadernos de comunicados de sus abnegadas docentes, obras maestras de la paciencia y solicitud. Pero no. Para empezar, las comunicaciones se hacían por medio de pedazos de papel difíciles de leer de tanto fotocopiado previo, donde se me notificaba que el sujeto había sido pasible de ... 5, 10, 15 faltas. ¿Pero cómo, me decía yo, si no faltó? Es que como hoy por hoy los adolescentes son seres delicados, pequeños tiranos que reíte de aquel que se comía los enemigos y se vestía con pieles de tigre, no se los castiga con las amonestaciones de antes, que caían después de algo realmente serio, como faltar el respeto a las autoridades... qué autoridades, me pregunto, si ahora La de Anatomía es Che Marta, la preceptora falta 23 días sobre 25 y la directora es la madre de Sebas, y ya la veníamos tuteando desde que nos hacía las tortas para los partidos. Nada de señoras venerables de rodete y caras pintadas como cartel de pizzería, con edad indescifrable, vidas privadas y una trayectoria ejemplar. Y a los alumnos no hay que castigarlos si se portan mal... hay que "contenerlos", que es más o menos como mirarlos tranquilamente cómo gritan a voz en cuello en medio de la clase, o juegan al tetris con el celular, o planean un viaje de egresados carísimo y a costa ajena... cualquier cosa menos estudiar. Y ojo que los padres también cambiaron, eh. No se les vaya a ocurrir citarlos, nonono, que yo tengo mucho que hacer y para educar al chico están ustedes (cuando la realidad es que el chico pasa 20 horas en casa y cuatro en la escuela, no me dan los números y eso que yo fui al secundario antiguo). Otra nueva clase es la de los que se quedan varios años en el mismo (año). Hace poco le sugerí a mi hijo que armaran una banda de rock que se llamara Los Repitentes. Eso de repetir era una vergüenza espantosa, sacar el carnet de tarado absoluto, y no una "experiencia interesante para que Maxi revalorice su oportunidad de aprender".
El mío no repitió. No porque él no quisiera, sino porque me planté... todo lo que una madre divorciada y culposa puede, claro. Mi argumento fue breve: EL SECUNDARIO ME LO DEBÉS. Y ejecuté la deuda nomás, casi ejecuto también al niño. Le llevó
un año y medio, con las consecuentes batallas intermedias. Yo creo que el triunfo se debió más al hartazgo de los nobles profesores, que al fin le allanaron tanto la cuestión que fue un entrar y salir, que a la inclinación al estudio del engendro.
Y ahí anda, buscando su destino, sin moto chopper ni Peter Fonda, mi easy rider siglo 21 con skate y un ridículo gorro kolla en la cabeza... mi nene, que terminó el secundario.

domingo, 2 de mayo de 2010

Mañana de domingo (con nota al pie)

Entre la niebla de la inconsciencia, escucho un tipo que me susurra a cuánto estuvo el kilo vivo en la semana... ¿el kilo vivo de qué? me pregunto. No logro distinguir si es Richard Gere, que en mi sueño estaba justito por desprenderme el corpiño y llevarse una desagradable sorpresa, y se adelantó al papelón distrayéndome con un comentario absurdo, o es la radio reloj, desde donde un señor voluntarioso y estentóreo me cuenta cómo anduvo el Mercado de Liniers, como si a mí me importara. Ah, claro, es domingo, me digo... ¿y qué hago un domingo con despertador? ¡Oh Señor, debo llevar a mi hijo a su partido de rugby!
De reojo observo esperanzada a mi joven compañero, a ver si tiene un gesto de piedad y se ofrece a llevarlo. Inútil el intento, el sujeto cierra sus ojos tan fuertemente como si Vlad Tepes se los hubiera cosido en una de las tantas parrandas que le valieron el apodo de Drácula... claro, lo disculpo, en definitiva no es su hijo... y a todo esto, si no es su hijo, el padre del crío... ¿dónde está? No durmiendo conmigo, por supuesto, esas cosas actualmente no se hacen si una es “progre”. En fin, manoteo mis estilizadas zapatillas de ballet (una chica Almodóvar no usa chancletas, ¡qué largo y agotador es el reglamento!) y zarpo hacia el comedor diario.
Ni bien logro ubicar dónde está el jarro de desayuno de mi hijo, y empiezo a especular cuánto tiempo tengo para leer el diario y tomarme un café, escucho bajar al niño de su cuarto, haciendo sonar los tapones de sus botines cual si fuera el elenco completo de “Cats” repasando un número... che, vieja, llego tarde, dice, metele... como se supone que la vieja soy yo, me apuro, voy hasta mi cuarto mientras él engulle las doscientas tostadas con manteca y dulce de leche y los dos jarros de chocolate, y me pongo lo primero que encuentro –vieja mentira que ya nadie cree- un jean cuidadosamente desflecado y roto estratégicamente en los únicos sitios que aún puedo mostrar, botas vaqueras que jamás vieron una vaca de cerca, una polera lo suficientemente corta como para no transgredir la moda y lo suficientemente larga como para tapar el salvavidas, una campera de gamuza y cuero legado de alguna ex suegra que no advirtió el valor de la prenda, y allá voy, a intentar que mi escarabajo 58 arranque. El es el único que me entiende, tal vez porque somos casi contemporáneos, y arranca, el pobre. Allá vamos... dónde vamos? La criatura no recuerda dónde es el partido, hay que llamar al entrenador, que como también es contemporáneo mío tampoco lo recuerda, pero por diferentes razones que mi hijo... por fin, se hace la luz y Francisco dice: ¡por allá ma, seguilo al Ruso! No veo a Sofovich por ninguna parte, así que deduzco que el Ruso es el niño que va vestido igual que mi hijo y hace morisquetas desde la luneta trasera de una 4 x 4 que va delante de mí.
Todos, pero todos los clubes de rugby que conozco son lejanos, polvorientos y caretas, sé que es difícil juntar tres adjetivos así, pero a mí me gustan los retos. Pero la cosa no es simplemente llegar, nonono. Hay que bajar (una no se vistió así para que no la vea nadie, el lugar seguramente está atestado de ex novios que se quedaron con las ganas y hay que recordárselo) y conseguir que algún alma caritativa se ofrezca a traer al engendro de vuelta, porque de algo estoy segura: mi tarea como madre no incluye quedarme a ver el partido. Así que retorno a mi cálida cama y a mi joven y dormido novio, el que seguramente cuando llegue se habrá ido a correr en bicicleta, correr en jogging, correr a alguna adolescente, no sé, pero mi mañana de domingo de sexo, café y diarios ha quedado definitivamente relegada para una época en la que seguramente no podré leer el diario sin lupa, el café me hará mal a la vesícula, el joven ya haya emigrado y el sexo consista en depilarme... era verdad, los hijos hay que tenerlos a los veinte y no a los cuarenta!

Nota de la autora: este artículo fue escrito hace varios años, cuando mi hijo era un niño estudioso y rugbier, yo tenía cuarenti y un novio de treinti... hoy no rigen ninguna de todas esas categorías, o sea: mi hijo es un adolescente tardío, que reemplazó el book por el facebook, la guinda por el skate, el guardapolvo por una serie de remeras raídas y jeans rotos de diversa procedencia pero monocromáticamente negros, al igual que su carácter... yo ya tengo cincuenti,
al novio de treinti me lo crucé el otro día y tiene cuarenti y está pelado como un kiwi y me mira como diciendo mecagastelavida cuando en realidad le hice un favor haciéndolo disponible para un montón de mujeres de su edad... y sigo escribiendo tonteras, esta vez en una notebook... y no me rindo! Así que otro día les cuento de mis actuales mañanas de domingo.

lunes, 26 de abril de 2010

Soy la amiga de la estrella

Todos somos cholulos. No me lo nieguen, no tiene sentido porque lo he comprobado un montón de veces. Porque ojo, cholulo no se es únicamente de los famosos de la tele, nonono. Conozco cholulos científicos, literarios, políticos, deportivos. Tuve un marido que se ponía como loco cuando me venía a saludar algún personaje conocido, resabio de mis épocas de periodista farandulera, y se perdía en una catarata de reproches a mis frívolas amistades... pero se desvivía por sacarse fotos junto a los jugadores de Boca, cuando yo le conseguía -amigos famosos mediante- alguna platea en el palco oficial con ingreso a vestuarios. O sea, que todos tenemos nuestro rinconcito Radiolandia, por llamarlo así.
Bueno, a mí me ha tocado en la vida una opaca pero envidiada función: ser la amiga de la estrella. Y sí, tengo una amiga famosa, que no voy a nombrar acá, no sea cosa que dejen de leer esto y se pongan a tratar de ubicarme para que les consiga un autógrafo. Ella no me lo perdonaría, entre otras cosas.
Los famosos tienen un carisma especial, ya sea por su talento particular –mi amiga canta, y muy bien- o por su capacidad de comunicarse con los demás, o por su belleza, o por un nosequé que hace que la gente se dé vuelta por la calle a mirarlos. Pero también tienen sus falencias, sus taras. Una de ellas es el tema de los amigos. Y claro, pónganse en el lugar de ellos: ¿cómo saben que una los quiere porque sí, y no porque son “ellos”? Eso los convierte en amigos “testeadores”. Viven poniendo a prueba nuestra lealtad, nuestro afecto, y en definitiva, nuestra paciencia. Basta que en algún periodicucho de algún pueblo perdido en el Himalaya salga una crítica negativa a su trabajo, para que nos llame y nos pregunte, furibunda: “¿lo leíste? no estarás de acuerdo, ¿no? ¿lo conocés? ¿sabés por qué lo dijo?” sinononoséesunresentidoquenosabenada, tiene que responder una, todo rapidito y bien aprendidito y sin mencionarle a la semidiosa que son las cuatro de la mañana y estábamos haciendo porquerías con un señor muuuuuy agradable que además, posee la virtud de no saber que somos amigas de ELLA.
Una tiene que estar siempre disponible, acompañarla a las grabaciones, conseguirle agua mineral, tranquilizarla si algo sale mal, sentarse en primera fila, poner cara de atención exclusiva aunque sea la milésima vez que la escuchamos interpretar lo mismo. Hace poco, se me ocurrió en medio de un recital hacerle un comentario a su hija, sufrida adolescente que ya ha pasado por todo lo mismo que yo, pero con el beneficio sucesorio. De pronto, sentimos como si un rayo laser se nos clavara en el pecho, por partida doble: era la mirada asesina de ELLA, que nos observaba de reojo desde el escenario, como diciendo “cómo se atreven a estar charlando cuando yo estoy pasando por esto”, siendo “esto” su vocación, y bien paga, por cierto.
Luego viene la salida a cenar, después del recital. Ahí es cuando la amiga pasa a ser un borroso manchón, una cosita de nada que se ubica en una silla en el restaurant y se ocupa de pedir la comida que ella no tiene tiempo ni de probar, tanto saludo y felicitaciones que recibe. Y mientras una trata de evitar que el hijo de la famosa se tome el champagne que nos envió el dueño del local, o que la hija huya con su noviecito amparada en el tumulto, o que el marido empiece a roncar sobre el mantel, ella resplandece en su hora de triunfo.
No todo son espinas. Yo no soy masoquista, así que algún beneficio tiene que tener. Y lo tiene. Sin mencionar las entradas gratis, los viajes, las opíparas e impagas cenas, mi amiga es de oro, platino iridiado, me atrevo a decir. Hace más de veinte años que la conozco, veinte años de fama, y jamás, pero jamás, me falló...sólo es cuestión de esperar que sus “ataques de Garbo”, como los llamo yo, pasen. En promedio, duran cinco días, dos antes del recital, y tres después. Y entonces es cuando se vuelve una persona real, de carne y hueso, que me llama a una hora normal para pedirme la receta de la tarta de zapallitos, o para simplemente, saber cómo estoy yo. Y lo maravilloso es que me escucha, y le interesa... Ah, si me ven por la calle con ella, yo soy la rubia, la que siempre queda aplastada por la multitud, pero tiene las llaves del auto y el comprobante de la cochera. Bah, la amiga de la estrella.

viernes, 23 de abril de 2010

Breve retrato de familia

Yo provengo de una familia que no es normal: mi padre aterrizaba en el fondo de casa con el helicóptero, y mi madre adulteró su documento nacional de identidad para quitarse dos años. Y si eso no les basta, puedo añadir más datos, todos conducentes a que entiendan un poco lo de mi alocada vida, cinco maridos, veintitrés mudanzas, y otros números que no vienen al caso y que jamás confesaré.
Mi abuela materna, reina gallega en exilio (según creía solamente ella) no compró pan en la panadería que quedaba exactamente al lado de su casa a lo largo de toda su vida “para que no anden comentando”... ¿para que no anden comentando qué? le preguntaba yo, cuando me aparecía de visita con las riquísimas especialidades que hacían los vecinos... ¿qué van a comentar? ¿que vivís al lado? Ella daba vuelta la cabeza y con gesto señorial se retiraba a su reino de tres habitaciones en pleno barrio de Flores y se negaba a probar siquiera esas exquisiteces.
Mi abuelo materno, o sea el príncipe consorte de la antedicha, era otro gallego inmigrante con el habitual sentido trágico de la vida que trajeron en el barco junto con el traje negro y la locura necesaria para largarse al otro lado del mundo. Cada vez que mi mamá y su hermano se ponían a discutir en la mesa dominical –cosa que ocurría inevitablemente cada vez que mi mamá y su hermano compartían la mesa dominical- él se iba al infaltable gallinero que había en todas las casas por entonces, y mesándose los cabellos, gritaba a voz en cuello: “¡Me voy a matar!” “¡Les juro que me mato!” Por supuesto, enfrascados como estábamos en no perdernos los insultos familiares que entrecruzaban los dos hermanitos en pugna, nadie lo escuchaba, así que al rato volvía, con un sifón en la mano, como si hubiera ido a buscar soda, efectivamente... creo que era el equivalente ibérico de la catarsis griega.
Mi abuela paterna, irlandesa descendiente de traficantes de esclavos, a quien le debo seguramente mis ojos celestes y mi tendencia a maltratar señores, sostuvo que jamás el hombre llegaría a la Luna... y tuvo razón, se murió el día antes de aquello que ahora parece que sucedió en el desierto de Arizona.
Mi hermano tiene una terrible desgracia: es buenmocísimo... bueno, ya no tanto, la edad ha hecho su trabajo. Pero esa no es su única desgracia, tiene otra –aparte de tenerme a mí como hermana- : no sabe que es buenmocísimo. Por lo tanto, se ha pasado la vida perdiendo el tiempo en innecesarias galanterías, sin darse cuenta que daba lo mismo que les abriera la puerta del auto o las arrojara con el vehículo en marcha, ellas le hubieran dicho que sí igual. Como él también les decía que sí a todas, siempre se le ha amontonado la hacienda, como decimos en el campo. Es así como tuvo una novia durante diez años, que le duró sólo uno de esposa, por la simple razón de que a lo largo del noviazgo ella vivía lejos y no tenía teléfono. Ambas ventajas a favor del infiel desaparecieron con la convivencia, y el edípico muchacho rehizo prontamente las diez cuadras que lo separaban de su adorada y confortable habitación de soltero.
Tengo también un primo que fue mi marido, generando todo tipo de bromas de mal gusto e intentos de los restantes primos de obtener los mismos derechos conyugales, basándose en absurdos principios de igualdad en el parentesco.
Un tío mío vive solo en una quinta, con un perro que se llama Pérez, y una piscina gigantesca cuya agua jamás renueva, porque según él, allí se crían “pelikanes en su tinta”... y dice que para acostarse con una mujer, primero hay que hacerla bañarse y luego dejarla caminar unos veinte minutos por la habitación, recién ahí estará “al dente”...dentes que ya no le quedan, de tanta bofetada que le han dado las damas ofendidas ante semejante trato.
Hay además una prima loca que se lo pasa enamorando señores por Internet a lo largo del país, y nos manda a las restantes parientas a entrevistar a los posibles prospectos que le quedan a trasmano, candidatos que como se imaginarán constituyen un zoológico aparte.
Eso, sólo tomando en cuenta la familia “de sangre”...porque si les cuento de los otros, los advenedizos que amparados en una libreta de matrimonio se introducen en tan patricia familia, no termino más... así que dejo lo de mis matrimonios para otro día, y me voy, porque mi ex cuñada –aquella que desertó luego de diez años de cornudez- necesita que le cuide el niño que adoptó con el marido que vino luego de mi hermano, ya que ella se tiene que ir de viaje con ese marido, quien a su vez es amigo de mi tercer marido, el que tenía un hermano sacerdote y otro que sembró una montaña entera de marihuana y decía que eran hierbas medicinales... ¡no se pierdan el próximo capítulo!

miércoles, 14 de abril de 2010

"El parto... ¿qué parto?"

Hay circunstancias, épocas de la vida que nadie se resigna a olvidar. Con los hombres –por lo menos los de mi generación- es la colimba. Basta verlos cuando se juntan cuatro o cinco, cómo se retuercen de risa recordando “la vez que Marito Guglielmi se comió una cucaracha”, o “cuando el Negro Domínguez tuvo que limpiar todas las letrinas porque el cabo Fuentes se enteró que le había escupido el mate”. A nadie excepto a ellos les parece tan siquiera gracioso, pero bueno, supongo que tendrá que ver con el hecho de que es la 1º vez que los extraen de los brazos de su mamá, y los hacen convivir con otros machos de la misma especie, en condiciones de poca higiene y alimentación básica... o sea, como les gusta a ellos.
Con las mujeres es el parto. Se los dice una que recién lo experimentó a los cuarenta; por lo tanto, me he pasado gran parte de mi vida adulta escuchando las tenebrosas anécdotas de su paso por la sala de obstetricia.
Siempre me pregunté qué extraño mecanismo se ponía en funcionamiento en ese sector de hospitales, clínicas y sanatorios. Lo digo porque mujeres mucho menores que yo –bueno, casi todas lo son- y con escasa experiencia de la vida, de pronto, por el mero hecho de haber parido, se convertían en modelos aggiornados de Pachamamas... O sea, gente que me trataba como su igual, incluso con una leve camaradería de género, al enterarse que no tenía hijos, se encaramaban de pronto al Altar de la Maternidad, lo que inmediatamente les confería una especie de sacralidad tribal: “ah, claro... ya vas a ver cuando tengas tus hijos...” ¡Como si un espermatozoide aburrido pero bien orientado hiciera la diferencia entre la sabiduría y la estupidez!
En fin, que llegué al evento con todos los temores del caso. Imagínense: veinte años de sala de espera de ginecólogo, presenciando esa morbosa sociedad que se genera ante la indolente mirada de la secretaria del galeno, en la que cada una pretende superar a la otra en intensidad de contracciones, cantidad de hijos, peridurales que no prenden y maridos inútiles. Inútiles se los ve, sí, ahí sentados, con cara de “qué hace un hombre como yo en una situación como ésta”. Ah, porque esa es otra: los obligan a acompañarlas al médico como una especie de compensación malsana por futuras estrías, exceso de peso y malestares circulatorios... como si el pobre tipo no tuviera que cargar con todo eso también luego del parto, ¿o con quién se van a acostar, eh, por lo menos hasta estar nuevamente en carrera?
Mis amigas, suegra y otros allegados se habían encargado de llenarme la cabeza con atavismos varios, que intenté evitar todo lo que pude. Gracias a la tecnología, el juego del tenedor, la alianza colgando del cabello y otros ritos primitivos se resolvieron pronto, con la ecografía correspondiente mostrando un pitito monstruosamente desproporcionado, para alegría de su machista papá. A mí que no me vengan con eso de “no quiero saber qué es, prefiero la sorpresa”. Soy periodista, quiero la primicia, el día que lo hice casi le pregunto al futuro padre: ¿qué era? ¿XX o XY?
Mi ginecólogo, que parece cualquier cosa menos un ginecólogo y por eso le perdono semejante vocación, me evitó con mucha inteligencia situaciones tales como el curso de parto sin dolor (si vos ya sabés que no te tenés que poner nerviosa, y que comiste como una chancha, no gastes guita al cohete, dijo).
Bien, llegó el día del evento... y no fue para tanto. Es más, casi no fue nada, comparado con un cólico renal, tal y como mi sabio médico me lo había adelantado. En cuestión de minutos entré, salió y salí... y les juro que seguía siendo la misma mina, eso sí, con algunos kilos menos, y unas cuantas responsabilidades más... y también debo confesarlo, con un nuevo calorcito a la altura de donde se supone que tengo el corazón, calorcito este que jamás se atenuará, porque como buena madre edípica, estoy segura de que este sí es el hombre que jamás me fallará... pero eso es otra historia.
Resumiendo: PARIR NO ES NINGUNA CIENCIA OCULTA, lamento desmitificar el asunto, pero esa es la misión que he asumido. Así que si quieren impresionar a la otra mitad del mundo, estudien, capacítense, disfrácense de Lara Croft, viajen, píntense las uñas de verde... pero no intenten apabullar al otro sexo con sus ominosos relatos... porque además, jamás lograrán superar la operación de ligamentos cruzados que ellos sufrieron, aunque el motivo haya sido un lamentable partido de papi fútbol y no la trascendente misión de poblar el mundo.

lunes, 12 de abril de 2010

"Constipación y Conciencia"

No se asusten. No son las consignas de un nuevo partido político, ni la intersección de dos calles en alguna capital centroamericana. Son dos conceptos que a mi entender van estrechamente relacionados. Veamos.
Las mujeres somos constipadas. Es una realidad, amiga mía, que debemos enfrentar, aunque no nos guste que alguna deslenguada como yo lo ande proclamando por ahí. Y si no, pregúntenle a la industria farmacéutica cuántos productos lanza al mercado anualmente, con el único y patético fin de que podamos acudir al baño a algo más que maquillarnos. Ni hablar de los innumerables yogures con fibra, sin colesterol, con frutas enteras, con cereales y vitaminas, con crema, sin crema, con más o menos crema, en pack, en cartón, en sachet, en envase de plástico, en envase de vidrio, en dónde se ha visto que una tenga que tener tan claro qué yogur quiere, si a duras penas puede decidir qué ponerse... Y si somos de la tribu de las homeopáticas/naturistas/ecologistas, se abre otro panorama, aunque con envase reciclable: torta de frutas, salvado, compotas varias... Resumiendo, un calvario sin fin.
Ahora pregúntense por qué todo ese carnaval no va dirigido a ELLOS. Muy fácil: ellos no tienen ese problema... y ¿quieren saber por qué? Porque no tienen conciencia. Esa es la raíz de la cuestión.
Escena 1: a ud. la invita un señor a pasar un fin de semana romántico en algún paisaje maravilloso. Ud. y el señor hasta ahora han intimado poco y nada –o sea, o bien ya pasaron el 1º round, o están ahí, a punto de concretar- El paisaje lindo, el viaje entretenido, el hotel espléndido, el romance progresa... hasta que llega ese momento tan temido... La habitación es amplia, pero baño hay uno solo, y está ahí nomás, a escasos dos metros del caballero que tan solícito nos espera para ir a cenar, luego de un encuentro amoroso del que ya nos ocuparemos en otro momento, no me distraigan. Nuestro organismo reclama tiempo y espacio para cumplir con sus lógicas e inevitables funciones... cha chan cha chan... ¿qué hacemos? Yo se los digo. Nada. No hacemos nada, nos ponemos un corcho ya sabemos dónde, y confiamos en que el restaurant posea un baño lejos de la mesa, o que el señor tenga algún improbable asunto que atender en este recóndito lugar, que lo obligue a dejarnos solas por un rato. Solas y con desodorante de ambientes, enorme ventanal, sahumerios o algún otro rebusque que se nos ocurrirá para cubrir las huellas del crimen. Y si no sucede ninguna de esas cosas, volvemos el domingo a la noche, cansadas de tanto amar y fingir interés por lo que el señor cuenta, cuando en realidad somos conscientes de que en nuestro interior, o bien está por estallar el Big Bang o vamos camino a un estreñimiento feroz.
Escena 2: en realidad es la misma. Pero esta vez le toca al señor. O sea, sus interiores lo reclaman, y ¿qué hace el tipo? Nos dice: voy al baño y salimos al toque... y nada, va al baño. Se lleva el diario, si no hay diario porque quedaba fulero que estando en situación de romance fulminante se comprara uno, se lleva la Biblia de la mesa de luz, o el cartoncito con los internos del hotel, o la bolsa para el lavadero, no sé, algo tiene que leer. Tarda lo que tiene que tardar, y si en el transcurso se producen algunos ruidos intempestivos, ni se preocupa por taparlos con alguna tosecita de circunstancia, o subiendo la música funcional, o haciendo crujir las hojas de la Biblia... ni le calienta, además, que cuando salga lo siga una nube de vapores letales que reíte de Chernobyl. Con la misma actitud inconsciente con la que tal vez un par de años más tarde nos diga “ y bueno, ¡yo qué sabía que era tu amiga!” nos sonríe seductoramente y nos dice: ¿vamos, princesa?
Como espero ya hayan notado a esta altura, la gran diferencia entre la actitud de él y la nuestra es la conciencia. A ellos no les importa estropear una amistad, o una incipiente historia de amor. Siguen adelante, obedeciendo sus instintos, cual rinoceronte en celo que atropella con todo... y en el fondo, tienen razón, las idiotas somos nosotras. Así que hermana en el sufrimiento, arriesguemos todo, hagamos un desarreglo y sometámoslo al devastador efecto de mostrarnos tal cual somos... quién sabe, por ahí al tipo le gusta.

Cita con cama adentro

Cuando yo era chica, las citas a ciegas eran un bochorno, algo a lo que una recurría de última, cuando el reloj se acercaba a la fatídica hora de las nueve de la noche y aún no teníamos programa armado. Así que si llamaba una amiga con la propuesta salvadora del primo del novio que acababa de llegar y no conocía a nadie, una recibía la noticia alborozada, y se aferraba a esa invitación cual náufrago a la tabla, y corría ansiosa a ver qué se ponía, sin detenerse a pensar que si esa llamada hubiera llegado a las seis de la tarde, minga de aceptar...
Aquella pretenciosa de los setenta hoy es una cincuentona que todavía presenta equipo, y que como se las da de modernosa, encima chatea. Esto del chat da tela como para cortar setecientos guardapolvos, pero ahora haré una excepción a mi inveterada costumbre de irme por las ramas, y me voy a detener en un espécimen particular del zoo cibernético. Por ponerle un nombre, llamémoslo El Inversor.
El Inversor, amiga mía, es aquel caballero de alrededor de cincuenta años, monedas más o menos, que dedica parte de su tiempo a la cacería computarizada. Como la realidad virtual depara más de una sorpresa, generalmente desagradables, el tipo tiene sus mecanismos para salir de dudas acerca de la mercadería con la que está tratando. Enseguida pide foto, y por si una intenta engatusarlo con fotos viejas, se preocupa por los detalles de vestimenta o escenografía. O sea, si pretende engañarlo, no se le ocurra mandarle una foto con jeans nevados o con un afiche de fondo que diga “Los argentinos somos derechos y humanos”, porque el señor sabe sacar cuentas. Viene el consabido cortejo de una semana más o menos, en la que una se entera de cómo se llama su perro pero no de dónde vive, o de por qué se separó de su mujer pero no cuánto mide. Con lo cual se llega a la primera cita con una data por demás despareja, así que entra al restaurant mirando para todos lados, esperando que por algún milagro el caballero en cuestión sea un desinhibido tal que esté sentado en la mesa con los boxer de seda que tanto ha promocionado en las sesiones de chat, a ver si lo reconocemos.
No desperdiciaré sabrosas anécdotas que me darán pasto para otros relatos y comida para mi hijo, así que pongamos que todo es satisfactorio, como alguna vez ha ocurrido. Después del café de “testeo” se parte hacia algún restaurant que él ya ha elegido cuidadosamente. Ni muy iluminado, ni muy conocido, pero tampoco ese justamente donde suele concurrir con sus amistades. Obviamente, tampoco es barato, una es zorra vieja y se daría cuenta de la miserable actitud. La cena es rica, aunque se habla tanto que se come poco, eso sí, se bebe bastante, porque El Inversor tiene presente su objetivo, y jamás se aparta de él. Bien, salen bromeando del restaurant, y antes de subir al auto, el tipo le estampa un beso contra el capot. Una tampoco es una tímida virgencita, y hoy por hoy todo es bienvenido, así que recibe el beso con elegancia, cuidando de todos modos que la maniobra no le enganche las medias. Suben al auto, pero antes de arrancar El Inversor inicia la fase dos: un franeleo frenético que poco tiene que ver con la edad de los participantes ni las posibilidades que brinda el vehículo. Una hace lo que puede, un poco porque le parece una idiotez a esta altura de la parrillada tener que defenderse del sátiro de la 4 x 4, y otro poco porque gracias al champagne y al gimnasio al que no acudió en los últimos quince años, las contorsiones le resultan un tanto incómodas. En eso el sujeto detiene las acrobacias, nos mira lascivamente y sin decir una palabra, arranca. Como nos imaginamos que no nos lleva a casa, sugerimos tímidamente el itinerario correcto. Y ahí es cuando El Inversor muestra su verdadero rostro. Con una semisonrisa sobradora, detiene el auto y nos comenta que “se supone que estaba acordado que luego de la cena íbamos a tener sexo”... ¿Ah, sí? ¿Y quién lo supuso? pregunta una. Bueno, princesa, no eperarás que después de franelear una semana y media por el chat, y luego de una cena, vamos a seguir jugando a los novios, ¿no? replica ya desembozadamente el sujeto. Y ahí es cuando a la princesa se le cae la corona, y no me refiero a la de la muela. Y acá es cuando la princesa, además, traslada esta reflexión a sus congéneres: ¿dónde está escrito, en qué código quedó asentado que una se tenga que acostar con un tipo que acaba de conocer simplemente porque el tipo gastó plata en una cena? ¿Eh? ¿Y la guita que nos costó la peluquería, y el top negro? ¿Eh? ¿O acaso le vamos a exigir que porque hicimos esos gastos el señor tenga que, por ejemplo, venir a limpiarnos el calefactor, por citar algún servicio equivalente al que él pretende?
Nonono, amiga, no se deje avasallar por estos energúmenos de saco y corbata. ¿Un consejo sano? Acuéstese si le gusta, y hágalo repasar todo el Kamasutra si quiere, pero no porque la sacó a cenar... porque le gusta, nomás. Y después, encima, otórguese el placer de ser usted la que diga: te llamo yo, ¿eh?

sábado, 10 de abril de 2010

Los tres imposibles

Hay tres cosas que ningún hombre sabe hacer. Sí, ya sé, hay un montón, me dirán ustedes, pero yo me refiero a ESAS tres cosas universales. Y conste que hablo desde la autoridad que me confieren cinco maridos e inconfesable cantidad de señores de paso, con variada permanencia en mi vida.
Una es buscar algo. No hablo de buscar un futuro mejor, ni la felicidad, ni la cura del cáncer, ni esas cosas abstractas para las que, según ellos, nosotras estamos inhabilitadas. Yo digo buscar las gotas para la nariz, los lentes de repuesto, las llaves del auto, el celular... Ubíquese en la siguiente escena: ud. se está duchando, o haciendo salsa blanca, por poner dos actividades que se pueden mencionar acá y que implican dedicación exclusiva en el lugar de origen. Él pega el grito: ¿viste la fotocopia de la tarjeta verde del auto? ¡En el primer cajón del placard! contesta una, tratando de contrastar el tonito agresivo y exasperado con una respuesta sabia y suficiente... y se queda esperando el inevitable: ¡No está! ¿Buscaste bien? replica una, saboreando por anticipado las mieles del triunfo. ¡Te digo que no está! Y allá vamos, vencedoras morales, a buscar la fotocopia, que por supuesto estaba en el cajón. Para encontrarla sólo había que levantar el recibo de la luz, pero claro, no saltaba como araña de goma a la cara del inútil...
Oooootro tema: no saben enfermarse. Mejor dicho, sí saben enfermarse, lo que no saben es hacerlo de acuerdo con la gravedad de la dolencia. Así como desconocen las diferencias existentes entre el fucsia, rosa chicle y rosa bebé, tampoco entienden que no es lo mismo un catarro que una neumonía doble. Para ellos SIEMPRE es neumonía doble. Se arrastran por la casa sólo el trayecto necesario para ir de la cama al baño, y eso únicamente porque no tenemos ni chata ni papagayo. Cada vez que una entra inadvertidamente al cuarto, solicitan algún servicio, ya sea alcanzarles una almohada, tomarles la inexistente fiebre, o acercarles el control del televisor, de la video, del expansor de canales, el celular, la calculadora y otros aparatos de igual apariencia e idéntica capacidad de perderse entre las sábanas a milímetros del doliente. Y si una comete el gravísimo error de pretender que la casa y la vida deben seguir la función a pesar del moribundo, éste resucitará furioso, recriminando el poco interés que tenemos en él, lo egoístas que somos, capaces de estar hablando con la tía Chela en lugar de llamar a su mamá para que nos dé las innumerables instrucciones acerca del tratamiento de “eso que me agarra cada vez que tomo frío”... y que la Real Academia bautizó en su momento como resfrío.
El último item les parecerá tonto, pero es infaliblemente cierto: jamás reponen los cubitos de hielo de la cubetera. Ya sé, ahora existen para los pudientes o los que no han tenido que separar patrimonio en varias oportunidades, las heladeras que arrojan los cubitos directamente al vaso o hielera a la menor provocación. Pero hagamos memoria... ¿qué hacía el energúmeno antes de que compraran esa heladera, eh? Yo se los digo, sin tener el gusto de conocer al energúmeno: o sacaba el hielo que necesitaba, dejando el agujero culpable y acusador en la cubetera, o dejaba la cubetera culo pa´rriba en la pileta de los platos, demostrando un absoluto desprecio por la vida. Me refiero a su propia vida, pues en el apuro del partido de truco o el chiste verdoso que se está perdiendo, olvida que luego, cuando vayamos a reparar los daños y encontremos la exánime cubetera entre retazos de mustias lechugas y piolines de chorizos, la utilizaremos como proyectil virtual o literal.
No desesperemos, saben hacer otras cosas. Como de pronto, en medio de una espantosa seguidilla de “días de furia”, recordar que se cumplen dieciocho años de “aquella” noche, y aparecerse por casa a horas intempestivas, con una sonrisa de fauno en el rostro, dispuesto a reconstruir la escena... mentira, no sucede jamás, pero me gustaba como cierre.

jueves, 8 de abril de 2010

Amigos eran los de antes... ¿o los de ahora?

Hay cosas, objetos, recuerdos a los que uno se aferra toda la vida. Y si no, pónganse a pensar cuántos años hace que tienen esa blusa que fue sucesivamente ajustada y desajustada para poder seguir los dictados de la moda y los de nuestra balanza. O ese cuaderno de recetas de cocina ya ilegible de tanta mancha de aceite, que recopila casi nada más que buenas intenciones, puesto que inevitablemente seguimos cocinando las cinco o seis cosas que nos salen bien... Pero hoy no me quiero dedicar a los objetos, que en mi historia personal adquieren en algunos casos personalidades concretas y presencia más permanente en mi vida que la mayoría de mis maridos. En esta oportunidad quiero hablar de personas, de esa gente que participa de diferentes ámbitos y acontecimientos de nuestra vida con el pomposo y omnicomprensivo nombre de “amigos”.
Para poder hacer un análisis lo más profundo que mi única neurona y el poco espacio me permiten, a fin de que no se aburran y se pongan a leer el horóscopo, haré una importante clasificación en dos grupos: los amigos-parientes y los amigos-elegidos.
Los que llamo “amigos-parientes” son esos que vienen con nosotros desde tiempo inmemorial. Ya ni nos acordamos cuándo los conocimos, si fue en la escuela, en el barrio, en un cumpleaños de una primita... Están ahí, y una ya ni se los cuestiona. Son los que tienen el carnet de socios fundadores, lo que los habilita a poseer una imponderable cantidad de información, la que, para desgracia nuestra, surge en los momentos más inesperados. Saben, por ejemplo, que hubo un tiempo en que una no fue una rubia natural. Que aquel muchachito al que hoy una se refiere como “Carlos, el hermano de Alejandra” nos quitó el sueño y el apetito durante un par de años interminables –porque en la adolescencia los años son interminables, los 20 no llegan jamás- y fue motivo de papelones memorables, patrullajes a bordo de autos prestados buscando al veleidoso, y otras vergüenzas que prefiero no mencionar. Saben también que hemos introducido sutiles cambios en determinados plazos de caducidad de novios, cosa de que no se produzcan superposiciones molestas para la imagen de mujeres honestas y prolijas que le queremos dar al candidato de turno. Cuentan con la confianza de nuestros familiares, que los conocen desde siempre y encima se confabulan con ellos para arruinarnos la maravillosa e impoluta biografía que hemos elaborado como documento oficial... Ejemplo: ¿Por qué decís que nunca saliste con un compañero de trabajo? Y el abogado ese que trabajaba en el estudio jurídico, eh, acordate... Una desearía de pronto tener las zapatillas de Michael Jordan- y el pie también, claro- para cerrarle la boca de un pisotón, pero tampoco sirve, porque gritarían: Eh, ¿qué hacés en zapatillas, si vos nunca hiciste ejercicio?... Y el caballero de turno se sonríe educadamente, recordando los comentarios que le hicimos respecto de la cantidad de kilómetros que recorremos por día en bicicleta, para mantener un cuerpo sano en una mente que, ahora lo están comprobando, está bastante enferma.
En la otra punta del espectro están los “amigos-elegidos”. Son los que llegan después, cuando se supone que una terminó de crecer y ya es un producto terminado, para bien o para mal. Surgen casi espontáneamente en el trabajo, o en la universidad, o se heredan como resto de alguna pareja eventual con la que no llegamos a tener ni la octava parte de afinidades que tenemos con ellos. Y sí, porque de eso se trata, de afinidades. Les gusta el mismo cine que a nosotros, prefieren los mismos programas de televisión, votan los mismos candidatos políticos, eligen los mismos sitios para ir de vacaciones, educan a sus hijos con los mismos errores y aciertos, incluso se casan y se separan por las mismas razones que nosotros. Cuando los llamamos por teléfono no tenemos que hablar primero quince minutos con sus padres para que sepan cómo está toda nuestra familia, entre otras cosas porque ya no viven con sus padres, claro.
De todo lo dicho podría surgir equivocadamente la conclusión de que los que elegimos son los mejores. Nononononono. No son ni mejores ni peores, son diferentes. En mis cincuenta y tantos años (y no habrá tortura capaz de hacerme precisar la cifra) he acumulado, por suerte, muchos amigos, de las dos categorías. Y les puedo decir con toda seguridad que todos ellos, sin distinción de origen, han sufrido con mis dolores y aclamado mis éxitos como propios. También han desaprobado mis ocasionales inconductas, sin dejar por eso de ayudarme frente a las consecuencias agoreramente anunciadas. Han estado cuando los necesitaba a gritos y cuando pretendía que podía bastarme sola; me han dicho verdades no pedidas y mentiras piadosas... Por eso es que resumo: no importa de dónde vengan, si de cuando usábamos trenzas con moños escoceses o de ahora, que nos planchamos aquellos rulos con pequeños y carísimos instrumentos de tortura. Importa saber que los tenemos, y cuidarlos, y conservarlos, porque recuerden: las parejas, pasan... los amigos quedan. Así que si a su marido no le gusta “esa” amiga, ni siquiera se detenga a escuchar las retorcidas motivaciones con las que pretende ocultar los celos evidentes: hágale pito catalán, cíteme, si quiere, me hago cargo, y siga adelante. Cuando él sea un viejo cascarrabias o haya huído, “esa” amiga seguramente estará a tiro de teléfono o de taxi para escucharla. Punto.

miércoles, 7 de abril de 2010

Sexo con el ex

En las relaciones de pareja hay innumerables situaciones que me resultan incomprensibles, casi tantas como parejas se forman en el mundo. Pero hay una en particular que me llama poderosamente la atención. Y uds. saben que yo soy una persona que no deja pasar situación sin analizar.

Me refiero a tener sexo con el ex. Y cuando digo ex quiero decir no un señor que pasó por nuestra vida en un lapso relativamente corto, dejando problemas sin sondear, historias sin contar, relaciones pasadas sin blanquear, infancia sin detallar... estoy aludiendo a un ex con toda la regla, a un marido o concubino con una permanencia digamos promedio de cinco años. Cinco años de convivencia significan muchas cosas. Por ejemplo, que ya hemos cruzado, como el Dante, la puerta donde se abandonan todas las esperanzas, ingresando al tenebroso reino de la rutina doméstica, donde hasta el más seductor un día ronca y otro día no se afeita y al siguiente pide disculpas por no haberse bañado y luego ... bien, llega ESE día tan temido en el que nos damos cuenta de que ya muchas ganas no tenemos, o que mejor me hago la dormida cuando salga del baño porque total tampoco vamos a descubrir nada nuevo. Cinco años también significan hijos, que claro, nadie va a negarlo, son el mejor premio, la alegría de nuestra vida, el consuelo de nuestra vejez... y la tumba de nuestra vida sexual. Porque no es lo mismo ponerse el conjuntito de satén y encaje, prender unas velitas sugestivas y poner el cd de Luis Miguel, que llegar al dormitorio con la remera de promoción de la mayonesa que le regalaron en el supermercado y descubrir que no sólo se olvidó de cambiar las sábanas esa mañana, sino que además la cama se encuentra ocupada por tres hombres, lo que en otro caso sería su fantasía más oscura hecha realidad, si no fuera porque uno tiene su edad y los otros cuatro y dos años, y son respectivamente su marido y sus dos retoños, que se niegan a abandonar el lecho porque “se escuchan ruidos raros en nuestro cuarto”. En realidad, los ruidos son de los ronquidos del papá, que descansa al lado de sus pichones con la boca ladeada y chorreando saliva por un costado...
¿excitante, no?

Bien, supongamos que ese caballero ha pasado a revistar la nutrida (por lo menos en mi caso) categoría de ex. Y un día, sabe Dios por qué, porque si yo lo supiera no estaría escribiendo esto, ud. se encuentra con él por casualidad o por maldad del destino, y la siguiente escena se desarrolla en el inconfortable departamento de él, o en el hotel más cercano que encontraron. Porque el elemento primordial de esa situación es ese: la urgencia. Supongo que se debe a que ambos saben que si se dan la oportunidad de pensarlo, no lo hacen.
O, si nos ponemos románticos, se autoengañan pensando que qué bueno que todavía tengan ganas de tener un “encuentro cercano” con semejante apresuramiento.

No vamos a detallar las instancias del evento, como dicen los cronistas deportivos, porque ahí sí que depende de cada historia. Me interesa el después. Se suceden una serie de silencios incómodos, claro, ninguno de los dos sabe de qué hablar, partiendo de la base de que ya no hay cuentas que pagar en común, ni paredes que pintar, ni niños indóciles y/o jefes injustos de los cuales quejarse, ni llamados de parientes que comentar... un vacío que ud. trata de llenar con comentarios absurdos acerca del tiempo, como si estuvieran compartiendo un ascensor y no un cuadrilátero amoroso. Ud. silba bajito por dentro, pensando cuándo es el momento de levantarse y vestirse sin que parezca una falta de delicadeza. Y por fin lo hace, y parece que la posición vertical les devuelve a ambos la alegría, porque logran esbozar algún comentario ocurrente (sólo alguno, nadie es Woody Allen luego de semejante encontronazo con su pasado).

Y mientras ud. se vuelve a su vida de siempre, en la que él retorna a ser “el papá de los chicos” o “mi ex” - y seguramente hay otro señor o las ganas de tenerlo- yo me quedo pensando: ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué lo hacemos o nos lo planteamos por lo menos en alguna oportunidad? ¿Qué extraño morbo nos lleva a probar otra vez lo que hemos descartado en su momento con la absoluta certeza de “nunca más”?

Yo creo que definitivamente no vale la pena tomarse el trabajo de tanto análisis posterior. Dejemos que el piadoso manto de olvido cubra el desliz, sigamos mirando para adelante, perdónemonos como hacemos siempre esas manifestaciones de nuestro lado oscuro... y sonriamos sádicamente diciéndonos: jeje, seguro que lo dejé sorprendido, ni se imaginaba que yo era así de buena en la cama.

Ya lo dijeron otros filósofos de tocador antes que yo: el sexo con el ex es como fumar un cigarrillo que uno mismo apagó antes; es el mismo cigarrillo, pero tiene otro gusto.

martes, 6 de abril de 2010

¿Se acuerdan de la virginidad?

Hace muuuucho tiempo, en una comarca lejana, existía una costumbre, ya perdida en la niebla de los siglos: las niñas, las jóvenes, debían casarse vírgenes. Virginidad, así con ge y ve corta, se llamaba el concepto.
Yo provengo de esa comarca, y tengo muuuuuchos años, así que les voy a contar en qué consistía dicho anacronismo: fisiológicamente no era la gran cosa (consultar enciclopedias de ediciones antiguas), pero lo serio, lo importante, era lo intangible, el pecado terrible que se cometía si se perpetraba semejante crimen.
El crimen en cuestión era acostarse con un señor (eso de hacer porquerías con gente de su mismo sexo ni siquiera se pensaba, así que tampoco se enunciaba). Ehhhhhh me dirán ustedes, cómo va a ser un crimen acostarse con un señor? Bueno, “acostarse” era reemplazado por otros eufemismos como “hacer porquerías”, “entregarse”, “darle la prueba de amor” y, los más avanzados “hacer el amor”, por no mencionar un montón de palabrotas que en cada país encuentran su equivalente, indescifrable para otras culturas, por cierto.
Pero ahí no terminaba, lo pior no era eso... lo pior era si después el caballero –bueno, no se lo consideraba un caballero, tampoco- no se casaba con una.
Porque en mis tiempos, no importaba mucho si una tenía o no dinero, si era inteligente, estudiosa o trabajadora, si tenía mal aliento o no se depilaba las piernas... importaba si llegaba virgen o no al matrimonio. Un poco como los avisos de autos usados, las chicas llevábamos escritas en la frente, con una tinta sólo visible para los machos de nuestro entorno, distintas categorizaciones, que se convertían en separadores de castas más férreos que en la India.
En el fondo del recipiente estaban las parias, o sea, “las que se dejaban”. Hoy debo admitir que si bien las demás las mirábamos un poco de costado, y las marginábamos sutilmente con esa inevitable crueldad que trae aparejada la adolescencia, eran las que tenían mejor cutis, y ni hablar del humor. Una no se lo explicaba mucho... digo yo, si así no van a conseguir novio, como dice mi mamá, por qué se las ve tan contentas? me preguntaba.
También estaban “las que se dejaban con el novio”, casta intermedia, que conseguía una especie de perdón o benevolencia, una “probation” indefinida, porque se consideraba –recuerden que les estoy hablando de épocas muy antiguas, donde ni siquiera existía la lycra, imagínense- que era un modo relativamente válido de retener al jovenzuelo o no tanto a su lado en la esperanza que semejante entrega tuviera su premio frente al altar. A veces fallaba, como el Challenger. El abusador no cumplía sus promesas, y la infeliz descendía inmediatamente, casi como en el Monopoly, al escalón inferior.
Y por último estábamos nosotras, las honestas “vírgenes hasta el casamiento”, “las que no se dejaban”... o sea, las más aburridas del mundo, pero con los codos más punzantes que se puedan imaginar. Porque los codos, llegado el caso, se constituían en armas defensivas de primera; eran utilizados a diversas alturas del cuerpo del señor, según el entorno y la coyuntura. Si el joven se hacía el vivo bailando, queriendo acortar distancias y “apoyar” justo la parte de abajo del cinturón contra nuestro infartante hot pant, el codo apuntaba hacia el esternón, más o menos. Si estábamos en el auto del impertinente, el codo apuntaba de forma relativamente certera al instrumento con que el sujeto pretendía arrebatarnos el futuro... ustedes entienden, no me obliguen a perder un trabajo que me gusta tanto.
En fin, que una era una chica decente, que no se reía de los chistes subidos de tono, que no daba pie para encuentros a solas, que jamasdelosjamases por muy enamorada que estuviera permitía que le desabrocharan el corpiño... y que recién después de los veinte años se cuestionó seriamente la utilidad de semejante actitud, reflexionó brevemente –no más de diez segundos, debo admitir- ... y comenzó, como Proust, una cruzada en busca del tiempo perdido. Tampoco creo estar arrepentida de la espera, todo sucedió con quien y cuando debía, sobre todo si recuerdo el plantel que había disponible por entonces... pero la honestidad es mi lema, y no me puedo despedir sin añadir una última confesión...amiga mía, ahora comprendo la sabia sonrisa de la peor de la cuadra!

domingo, 4 de abril de 2010

Un día en la vida de Marge Simpson

El despertador… no sonó, para empezar, porque ya no se usan, todos dependemos de esas cajitas de chicles llamadas celulares que han reemplazado relojes, máquinas de escribir, agendas, amigos, diccionarios, calculadoras, televisores, cámaras de fotos… y creo que también sirven para hablar por teléfono. Les decía, no sonó porque no anda. Así que en lugar de despertarme arrullada por el canto de los pajaritos o el rumor de las acacias de la vereda, o en su defecto con el ringtone que mi retoño haya dispuesto que es “cool” esta semana para MI celular (haciendo gala de la tiranía que les hemos concedido a los hijos) me despertaron los habituales gritos de la obra de enfrente: ¡CAAAAAACHO, SUBIME LA MESSSSSSSSSSSSSSCLA!!!! (porque estoy segura que lo dice con ese) y arias parecidas. Cuando logré despejar la bruma de la feliz inconsciencia que acompaña al sueño, recordé bruscamente que tenía cita con el sicólogo de mi hijo… y sólo me quedaban veinte minutos para ducharme, cambiarme, desayunar y lograr coordinar cerebro y movimientos para sacar el auto del garage, que no es poca cosa, teniendo en cuenta que el garage debe haber sido construido cuando la gente sólo andaba en dos ruedas.
Como mi hijo está de vacaciones con su padre (¡Dios bendiga al inventor del divorcio!) no tengo que tener la heladera llena de porquerías que no alimentan pero colorean la foto… o sea que me tuve que conformar con un yogurt al que no quise carear con su fecha de vencimiento… ácido por ácido, estoy yo, me dije. Café había, porque sepan todos que somos pobres pero dignos, por ahí no tenemos leche ni pan ni esas estupideces, pero champagne, café y vino en esta casa no faltan, señor Juez. Encendí la coqueta notebook que hace un año es la continuación de mis manos y la proveedora de mis ingresos, con la intención de enterarme si debo ir a algún velorio, los cambios de gabinete del día, y qué hay para ver en el cine… ah, y los doscientos cincuenta y seis mails que me anuncian que una virgen está por pasar por mi casa, que no abra precisamente ese correo que me lo está advirtiendo, y amenazas parecidas. La bichita se prendió, claro, mientras yo buscaba una taza (parece sencillo, pero estoy en medio de una mudanza, así que para encontrar algo debo recordar en qué caja lo embalé), oteé la cafetera que quedó de anoche y olvidé guardar en la heladera… sobrenadaban unas cascaritas transparentes que no auguraban nada bueno, pero cualquier cosa es preferible a enfrentar al sicólogo de mi hijo sin la ayuda del café. Así que recordé que los griegos decían: el fuego purifica, y a falta de fuego (porque hace demasiado calor y las hornallas son una antesala del averno) metí la taza en el microondas y, como siempre, equivoqué los botones (¡ja! Ojalá fueran botones, son unos imperceptibles dibujitos que pueden calentar tu café o disgregar el planeta, según dónde apoyes tus inocentes huellas digitales) Bien, ya con la taza de café (hervido) en la mano me siento frente a la pantalla, y oh sorpresa, la diosa madre de la sabiduría universal, más conocida como Internet, no funcionaba… apreté desesperada las teclas correspondientes, y luego, como suelo hacer, las no correspondientes, y después todas, a manos llenas… y nada… Inmediatamente, una idea surgió en mi mente: ¡Daniel no pagó el abono! Daniel es un señor que durante un tiempo fue una especie de novio, período en el cual la tarada (o sea yo) le dio una suma relativamente importante de dinero para, según él, “invertir”, inversión que jamás se produjo. Bueno, la cosa es que para saldar su deuda, me va pagando las cuentas que con delicadeza y antelación le arrimo… andá a cobrarle una deuda a un ex, se debería llamar el tango.
En fin, no era el mejor comienzo de día, pero seguía llegando tarde al sico, así que logré sacar el auto entre los comentarios de los muchachos de UOCRA de enfrente, y me fui para allí.
Pensaba utilizar esa horita para desahogarme, recibir consuelo, hablar de mis problemas, sentirme “contenida” como se dice ahora… nananana, resulté culpable de todo, desde el fallido desembarco yanqui en Bahía de Cochinos hasta la extinción del tatú carreta. Pobre, él no tiene la culpa (el sicólogo, digo)… claro, cómo la va a tener él si es toda mía. Como un comentario recurrente durante la charla fue “vos deberías hacer terapia individual” decidí al salir ir a mi obra social a averiguar si por un azar del destino se les hubiera ocurrido que los problemas sicológicos podían ser contemplados como una necesidad a cubrir, pero claro, a quién se le ocurre, esos son avances del siglo… veinte, que acá todavía no llegaron. Igual, como si lo hubieran hecho, porque las chicas, con la misma sonrisa que me atienden siempre (a veces dudo que sean personas de tan atentas que son, y sospecho una confabulación tipo Las mujeres de Stepford, en la que reemplazaban a las esposas díscolas y modernosas con muñecas robóticas que usaban voladitos y hacían flan casero) decía, las amables empleadas me comunicaron que ya no tenía obra social… caramba, llevo diez años trabajando en una radio cuyo dueño parece considerar que pagar una obra social es un gasto inútil… Salí de allí indignada, dolida, amargada, caliente, en fin, la mezcla habitual que acompaña a las desventuras burocráticas. Tampoco pude averiguar el motivo de semejante desamparo, porque el dueño de la radio debía estar junto con mi ex noviete en esa Tierra de Nadie llamada Noatiendoelcelularnicontestomensajesdetexto, paraje que, sospecho, ya debe sufrir de un alto índice de superpoblación.
Hice un nudo con mis tripas, me subí a mi ya recalentado autito y decidí que para despejarme, lo mejor era cambiar de vehículo, y hacer en bicicleta las restantes cuestiones pendientes. Claro, tuve que ir a buscar la bici al señor que las arregla, porque a pesar de los vetos, alambres electrificados, amenazas de muerte y demás, mi adorable hijito había estado haciendo abuso de la pobre… cuando digo abuso, créanme, por algo el niño necesita sicólogo. El bicicletero me recibió con el comentario de siempre: che, te la agarró tu hijo, no, porque está hecha mierda… me temí un sacudón financiero, pero no, Fabio es razonable y con dos marrones (ojo con lo que piensan) lo arreglamos. Paré en una verdulería, donde los zapallitos, tomates y lechuga habían sufrido un baño de oro desde la semana anterior, a juzgar por su precio… Con el espíritu y el auto cada vez más pesado, no así mi billetera, llegué a casa, descargué bici, me cambié el look “madre mañanera preocupada por la salud mental de su hijo” por el de “veterana ridícula tratando de reducir cachas en bici” y salí en medio del aire caliente del ya casi mediodía a seguir mi lucha… que ya sabemos, es cruel y es mucha. Me apersoné en la ventanilla del servidor de internet, cable y programas locales que nadie mira pero algunos hacemos, y le dije: te vengo a pagar internet… el cajero de mirada perdida y rizos morenos me cobró una suma desorbitada y me dio un papel verde, y me fui más pobre pero segura de que al regresar tendría la dichosa “señal”. Pero esperen que ahí no termina. Fui hasta el service de celulares, a ver qué tenía mi otra conexión con el mundo. La señora que me atendió, que más parecía estar a punto de barrer la vereda que de evacuar una consulta tecnológica, me sorprendió con su sabiduría: mi telefonito tenía el flex estropeado, por eso no se ve bien en la pantalla, y el sonido… no sale porque, señora, me dijo con una sonrisa suficiente que me hizo arrepentir de haber dudado de su capacidad, hay que apretar este botoncito y regresa. El repuesto del famoso flex tenía una buena y una mala noticia: era caro, pero no había, con lo cual el daño a mi presupuesto se pospuso, para mi alivio. Hice un stop en la librería donde el día anterior había comprado el respuesto de agenda… del 2007, según pude verificar luego. La atenta y regordeta muchachita presentó las disculpas del caso, dándome la extraña explicación de que “todavía –fin de marzo 2010- no entraron los repuestos”, pero que yo me quedara tranquila, que en cuanto Guttemberg los terminara, me cambiaban la compra. Como una sonrisa puede mucho, me conformé, al fin y al cabo, qué me hace esperar hasta Junio para tener la agenda al día, si tampoco puedo anotar la cita del médico porque no tengo obra social… Monté en mi bici, y haciéndome la pizpireta, pero esquivando los baches porque ya saben que no tengo bla bla bla, volví a casa, me comí una ensalada con los tomates recalentados y… SÍ, SEÑORES, ME DORMÍ UNA SIESTA!!!! Ventajas de vivir en el interior, que, según decía otro novio, será chato y choto, pero conserva casi intactas algunas instituciones, como la de saber de la vida sexual de todos y todas, total si no sabemos la inventamos, descreer de la publicidad porque parece ser un invento del demonio, que se administra cuidadosamente por una sola agencia monopólica, no hacer citas porque nos encontramos siempre en cualquier lugar con todo el mundo… y cerrar a cal y canto persianas y puertas de una a cinco de la tarde.
Me desperté babeante y acalorada al ritmo de los chimentos de Jorge Rial y sus Intrusos, mi Biblia cotidiana… lo sé, lo sé, ustedes me tenían como una chica “currrrrta”, lamento desilusionarlos… me puede ese programa, saber si Jessica Cirio tiene novio nuevo, o si Nazarena Vélez cayó por fin en un coma medicamentoso me resultan datos imprescindibles para continuar mi vida, que ya es bastante miserable por sí misma.
Me arrastré hasta el comedor diario, sorteando cajas de embalaje y a la tortuga que olvidé alimentar y se había venido desde el patio al living con intenciones piqueteras. Me serví otro café, le tiré al quelonio medio zapallito y unas hojas de lechuga, con lo cual depuso su beligerante actitud, y me senté, ahora sí, a conectarme con el resto del mundo… eso pensaba yo. El dibujito del costado de la pantalla, para el cual ya mi neurona Matilde está condicionada, mostraba las … las… pantallitas tachadas!!!!! Oh Señor, voto a Bill Gates, seguía sin conexión!!!!
Llamé al número que aparece como Mesa de Ayuda, pero que sospecho fue organizado y coordinado por el Marqués de Sade antes de escribir con caca sus memorias desde la cárcel… el gentil muchacho (no demasiado gentil, más bien… “qué querés a esta hora, que seguro vos dormiste siesta y yo no”) me comunicó que mi abono seguía sin pagar, pataleé como cuando mi mamá me quería hacer trenzas y me dieron con la Sección Comercial, donde otra sádica me comunicó que lo que había pagado era el cable, no internet… Pedazo de boludo el morocho de rulos, pensé pero no dije porque se supone que soy una dama.
Monté nuevamente en mi autito, porque la bici ya me había dejado las nalgas un poco ardidas. El que pensaba ahorcar había sido reemplazado por la sádica que me atendió telefónicamente, con la que ya no tenía fuerzas para enfrentarme. Ovejunamente como buen argento que se precie, pagué otra suma exorbitante, con costas y todo, para que me devolvieran mi conexión a Internet. Una vez el recibo en mano, me di el patético gusto de hacer algún comentario hiriente que fue recibido con la estólida actitud de quienes están acostumbrados a ser puteados en todos los idiomas posibles.
Pero no todo son cardos en este baldío, señores míos… Fui a buscar la aspiradora al service, que como corresponde, queda a la altura donde está Atlas sosteniendo el mundo. La pobre había resoplado como una marsopa herida cuando intentaba limpiar el cuarto de mi hijo, aprovechando su ausencia para requisar puchos, bombachitas de señoritas y otras manifestaciones de esa enfermedad llamada adolescencia. Quedarse sin aspiradora en medio de una mudanza no es lo mejor que puede sucederle a una obsesiva de la limpieza como, como, como… yo, así que la llevé al doctor de aspiradoras. Me bajé en medio de un sol abrasador con el que Kristina nos kastiga a las siete y media de la tarde por haber hecho algo tan terrible como votarla (menos yo, claro). Y cuando me disponía a pagar otra suma absurdamente elevada, luego, por supuesto, de ayudar a la mujer del aspiradorólogo a encontrarla entre un montón de artefactos, y bajarla yo que soy más alta… los cielos se abrieron, cayó un rayo luminoso y beatífico sobre mi atribulada sesera y escuché las palabras mágicas: “está en garantía, no debés nada”.
Sí, me dije, Dios existe, y aunque hasta ese momento su socio y vecino de medianera, el Demonio, había regido mis desventuras, consideré que esa pequeña alegría valía por mil desgracias, y volví a mi futura ex vivienda contenta como perro de taller mecánico (¿vieron que nadie los baña, ni los obliga a ir al veterinario, y comen facturas y restos de asado, cómo no van a ser felices?)… no sin antes permitirme un autocomentario sarcástico: caramba, la aspiradora SÍ tenía obra social.
Terminé mi día de furia comiendo pollo frío y pelones calientes, la fruta y los hombres me gustan así, y mirando películas por cable que sí pagué, y chateando con amigos por internet que también pagué…al fin y al cabo, nada es tan grave que un buen vaso de vino blanco berreta con mucho hielo y las patas en alto no puedan solucionar.
Pero se reciben ofertas, eh.