lunes, 12 de abril de 2010

"Constipación y Conciencia"

No se asusten. No son las consignas de un nuevo partido político, ni la intersección de dos calles en alguna capital centroamericana. Son dos conceptos que a mi entender van estrechamente relacionados. Veamos.
Las mujeres somos constipadas. Es una realidad, amiga mía, que debemos enfrentar, aunque no nos guste que alguna deslenguada como yo lo ande proclamando por ahí. Y si no, pregúntenle a la industria farmacéutica cuántos productos lanza al mercado anualmente, con el único y patético fin de que podamos acudir al baño a algo más que maquillarnos. Ni hablar de los innumerables yogures con fibra, sin colesterol, con frutas enteras, con cereales y vitaminas, con crema, sin crema, con más o menos crema, en pack, en cartón, en sachet, en envase de plástico, en envase de vidrio, en dónde se ha visto que una tenga que tener tan claro qué yogur quiere, si a duras penas puede decidir qué ponerse... Y si somos de la tribu de las homeopáticas/naturistas/ecologistas, se abre otro panorama, aunque con envase reciclable: torta de frutas, salvado, compotas varias... Resumiendo, un calvario sin fin.
Ahora pregúntense por qué todo ese carnaval no va dirigido a ELLOS. Muy fácil: ellos no tienen ese problema... y ¿quieren saber por qué? Porque no tienen conciencia. Esa es la raíz de la cuestión.
Escena 1: a ud. la invita un señor a pasar un fin de semana romántico en algún paisaje maravilloso. Ud. y el señor hasta ahora han intimado poco y nada –o sea, o bien ya pasaron el 1º round, o están ahí, a punto de concretar- El paisaje lindo, el viaje entretenido, el hotel espléndido, el romance progresa... hasta que llega ese momento tan temido... La habitación es amplia, pero baño hay uno solo, y está ahí nomás, a escasos dos metros del caballero que tan solícito nos espera para ir a cenar, luego de un encuentro amoroso del que ya nos ocuparemos en otro momento, no me distraigan. Nuestro organismo reclama tiempo y espacio para cumplir con sus lógicas e inevitables funciones... cha chan cha chan... ¿qué hacemos? Yo se los digo. Nada. No hacemos nada, nos ponemos un corcho ya sabemos dónde, y confiamos en que el restaurant posea un baño lejos de la mesa, o que el señor tenga algún improbable asunto que atender en este recóndito lugar, que lo obligue a dejarnos solas por un rato. Solas y con desodorante de ambientes, enorme ventanal, sahumerios o algún otro rebusque que se nos ocurrirá para cubrir las huellas del crimen. Y si no sucede ninguna de esas cosas, volvemos el domingo a la noche, cansadas de tanto amar y fingir interés por lo que el señor cuenta, cuando en realidad somos conscientes de que en nuestro interior, o bien está por estallar el Big Bang o vamos camino a un estreñimiento feroz.
Escena 2: en realidad es la misma. Pero esta vez le toca al señor. O sea, sus interiores lo reclaman, y ¿qué hace el tipo? Nos dice: voy al baño y salimos al toque... y nada, va al baño. Se lleva el diario, si no hay diario porque quedaba fulero que estando en situación de romance fulminante se comprara uno, se lleva la Biblia de la mesa de luz, o el cartoncito con los internos del hotel, o la bolsa para el lavadero, no sé, algo tiene que leer. Tarda lo que tiene que tardar, y si en el transcurso se producen algunos ruidos intempestivos, ni se preocupa por taparlos con alguna tosecita de circunstancia, o subiendo la música funcional, o haciendo crujir las hojas de la Biblia... ni le calienta, además, que cuando salga lo siga una nube de vapores letales que reíte de Chernobyl. Con la misma actitud inconsciente con la que tal vez un par de años más tarde nos diga “ y bueno, ¡yo qué sabía que era tu amiga!” nos sonríe seductoramente y nos dice: ¿vamos, princesa?
Como espero ya hayan notado a esta altura, la gran diferencia entre la actitud de él y la nuestra es la conciencia. A ellos no les importa estropear una amistad, o una incipiente historia de amor. Siguen adelante, obedeciendo sus instintos, cual rinoceronte en celo que atropella con todo... y en el fondo, tienen razón, las idiotas somos nosotras. Así que hermana en el sufrimiento, arriesguemos todo, hagamos un desarreglo y sometámoslo al devastador efecto de mostrarnos tal cual somos... quién sabe, por ahí al tipo le gusta.

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