Todos somos cholulos. No me lo nieguen, no tiene sentido porque lo he comprobado un montón de veces. Porque ojo, cholulo no se es únicamente de los famosos de la tele, nonono. Conozco cholulos científicos, literarios, políticos, deportivos. Tuve un marido que se ponía como loco cuando me venía a saludar algún personaje conocido, resabio de mis épocas de periodista farandulera, y se perdía en una catarata de reproches a mis frívolas amistades... pero se desvivía por sacarse fotos junto a los jugadores de Boca, cuando yo le conseguía -amigos famosos mediante- alguna platea en el palco oficial con ingreso a vestuarios. O sea, que todos tenemos nuestro rinconcito Radiolandia, por llamarlo así.
Bueno, a mí me ha tocado en la vida una opaca pero envidiada función: ser la amiga de la estrella. Y sí, tengo una amiga famosa, que no voy a nombrar acá, no sea cosa que dejen de leer esto y se pongan a tratar de ubicarme para que les consiga un autógrafo. Ella no me lo perdonaría, entre otras cosas.
Los famosos tienen un carisma especial, ya sea por su talento particular –mi amiga canta, y muy bien- o por su capacidad de comunicarse con los demás, o por su belleza, o por un nosequé que hace que la gente se dé vuelta por la calle a mirarlos. Pero también tienen sus falencias, sus taras. Una de ellas es el tema de los amigos. Y claro, pónganse en el lugar de ellos: ¿cómo saben que una los quiere porque sí, y no porque son “ellos”? Eso los convierte en amigos “testeadores”. Viven poniendo a prueba nuestra lealtad, nuestro afecto, y en definitiva, nuestra paciencia. Basta que en algún periodicucho de algún pueblo perdido en el Himalaya salga una crítica negativa a su trabajo, para que nos llame y nos pregunte, furibunda: “¿lo leíste? no estarás de acuerdo, ¿no? ¿lo conocés? ¿sabés por qué lo dijo?” sinononoséesunresentidoquenosabenada, tiene que responder una, todo rapidito y bien aprendidito y sin mencionarle a la semidiosa que son las cuatro de la mañana y estábamos haciendo porquerías con un señor muuuuuy agradable que además, posee la virtud de no saber que somos amigas de ELLA.
Una tiene que estar siempre disponible, acompañarla a las grabaciones, conseguirle agua mineral, tranquilizarla si algo sale mal, sentarse en primera fila, poner cara de atención exclusiva aunque sea la milésima vez que la escuchamos interpretar lo mismo. Hace poco, se me ocurrió en medio de un recital hacerle un comentario a su hija, sufrida adolescente que ya ha pasado por todo lo mismo que yo, pero con el beneficio sucesorio. De pronto, sentimos como si un rayo laser se nos clavara en el pecho, por partida doble: era la mirada asesina de ELLA, que nos observaba de reojo desde el escenario, como diciendo “cómo se atreven a estar charlando cuando yo estoy pasando por esto”, siendo “esto” su vocación, y bien paga, por cierto.
Luego viene la salida a cenar, después del recital. Ahí es cuando la amiga pasa a ser un borroso manchón, una cosita de nada que se ubica en una silla en el restaurant y se ocupa de pedir la comida que ella no tiene tiempo ni de probar, tanto saludo y felicitaciones que recibe. Y mientras una trata de evitar que el hijo de la famosa se tome el champagne que nos envió el dueño del local, o que la hija huya con su noviecito amparada en el tumulto, o que el marido empiece a roncar sobre el mantel, ella resplandece en su hora de triunfo.
No todo son espinas. Yo no soy masoquista, así que algún beneficio tiene que tener. Y lo tiene. Sin mencionar las entradas gratis, los viajes, las opíparas e impagas cenas, mi amiga es de oro, platino iridiado, me atrevo a decir. Hace más de veinte años que la conozco, veinte años de fama, y jamás, pero jamás, me falló...sólo es cuestión de esperar que sus “ataques de Garbo”, como los llamo yo, pasen. En promedio, duran cinco días, dos antes del recital, y tres después. Y entonces es cuando se vuelve una persona real, de carne y hueso, que me llama a una hora normal para pedirme la receta de la tarta de zapallitos, o para simplemente, saber cómo estoy yo. Y lo maravilloso es que me escucha, y le interesa... Ah, si me ven por la calle con ella, yo soy la rubia, la que siempre queda aplastada por la multitud, pero tiene las llaves del auto y el comprobante de la cochera. Bah, la amiga de la estrella.
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