domingo, 2 de mayo de 2010

Mañana de domingo (con nota al pie)

Entre la niebla de la inconsciencia, escucho un tipo que me susurra a cuánto estuvo el kilo vivo en la semana... ¿el kilo vivo de qué? me pregunto. No logro distinguir si es Richard Gere, que en mi sueño estaba justito por desprenderme el corpiño y llevarse una desagradable sorpresa, y se adelantó al papelón distrayéndome con un comentario absurdo, o es la radio reloj, desde donde un señor voluntarioso y estentóreo me cuenta cómo anduvo el Mercado de Liniers, como si a mí me importara. Ah, claro, es domingo, me digo... ¿y qué hago un domingo con despertador? ¡Oh Señor, debo llevar a mi hijo a su partido de rugby!
De reojo observo esperanzada a mi joven compañero, a ver si tiene un gesto de piedad y se ofrece a llevarlo. Inútil el intento, el sujeto cierra sus ojos tan fuertemente como si Vlad Tepes se los hubiera cosido en una de las tantas parrandas que le valieron el apodo de Drácula... claro, lo disculpo, en definitiva no es su hijo... y a todo esto, si no es su hijo, el padre del crío... ¿dónde está? No durmiendo conmigo, por supuesto, esas cosas actualmente no se hacen si una es “progre”. En fin, manoteo mis estilizadas zapatillas de ballet (una chica Almodóvar no usa chancletas, ¡qué largo y agotador es el reglamento!) y zarpo hacia el comedor diario.
Ni bien logro ubicar dónde está el jarro de desayuno de mi hijo, y empiezo a especular cuánto tiempo tengo para leer el diario y tomarme un café, escucho bajar al niño de su cuarto, haciendo sonar los tapones de sus botines cual si fuera el elenco completo de “Cats” repasando un número... che, vieja, llego tarde, dice, metele... como se supone que la vieja soy yo, me apuro, voy hasta mi cuarto mientras él engulle las doscientas tostadas con manteca y dulce de leche y los dos jarros de chocolate, y me pongo lo primero que encuentro –vieja mentira que ya nadie cree- un jean cuidadosamente desflecado y roto estratégicamente en los únicos sitios que aún puedo mostrar, botas vaqueras que jamás vieron una vaca de cerca, una polera lo suficientemente corta como para no transgredir la moda y lo suficientemente larga como para tapar el salvavidas, una campera de gamuza y cuero legado de alguna ex suegra que no advirtió el valor de la prenda, y allá voy, a intentar que mi escarabajo 58 arranque. El es el único que me entiende, tal vez porque somos casi contemporáneos, y arranca, el pobre. Allá vamos... dónde vamos? La criatura no recuerda dónde es el partido, hay que llamar al entrenador, que como también es contemporáneo mío tampoco lo recuerda, pero por diferentes razones que mi hijo... por fin, se hace la luz y Francisco dice: ¡por allá ma, seguilo al Ruso! No veo a Sofovich por ninguna parte, así que deduzco que el Ruso es el niño que va vestido igual que mi hijo y hace morisquetas desde la luneta trasera de una 4 x 4 que va delante de mí.
Todos, pero todos los clubes de rugby que conozco son lejanos, polvorientos y caretas, sé que es difícil juntar tres adjetivos así, pero a mí me gustan los retos. Pero la cosa no es simplemente llegar, nonono. Hay que bajar (una no se vistió así para que no la vea nadie, el lugar seguramente está atestado de ex novios que se quedaron con las ganas y hay que recordárselo) y conseguir que algún alma caritativa se ofrezca a traer al engendro de vuelta, porque de algo estoy segura: mi tarea como madre no incluye quedarme a ver el partido. Así que retorno a mi cálida cama y a mi joven y dormido novio, el que seguramente cuando llegue se habrá ido a correr en bicicleta, correr en jogging, correr a alguna adolescente, no sé, pero mi mañana de domingo de sexo, café y diarios ha quedado definitivamente relegada para una época en la que seguramente no podré leer el diario sin lupa, el café me hará mal a la vesícula, el joven ya haya emigrado y el sexo consista en depilarme... era verdad, los hijos hay que tenerlos a los veinte y no a los cuarenta!

Nota de la autora: este artículo fue escrito hace varios años, cuando mi hijo era un niño estudioso y rugbier, yo tenía cuarenti y un novio de treinti... hoy no rigen ninguna de todas esas categorías, o sea: mi hijo es un adolescente tardío, que reemplazó el book por el facebook, la guinda por el skate, el guardapolvo por una serie de remeras raídas y jeans rotos de diversa procedencia pero monocromáticamente negros, al igual que su carácter... yo ya tengo cincuenti,
al novio de treinti me lo crucé el otro día y tiene cuarenti y está pelado como un kiwi y me mira como diciendo mecagastelavida cuando en realidad le hice un favor haciéndolo disponible para un montón de mujeres de su edad... y sigo escribiendo tonteras, esta vez en una notebook... y no me rindo! Así que otro día les cuento de mis actuales mañanas de domingo.

1 comentario:

  1. Viviana estoy enamorado de vos, tu pseudo novio, no es tal, te usa, lo único que le interesa es lo que le das en la cama, yo te amo ,
    escuchame, e investigá no miento.
    Con amor Eduardo

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