Principio universal: la maternidad es maravillosa, un acto trascendental, un sentimiento intransferible, el amor más grande del mundo… bullshit, dirían los amigos de arriba del Río Bravo, y yo no traduciré porque para algo tiene que servir saber malas palabras en otros idiomas.
No es que no sea agradable ver un ser humano que construimos en local propio, que lleva gran parte de nuestros rasgos físicos y dotes naturales, más la cantidad necesaria de defectos que aportó la otra parte. Por lo menos, así funciona cuando una está divorciada del coautor del crimen. Salvadas estas cuestiones, pasemos a las otras.
Los primeros meses de la atención de un hijo implican una larga serie de actividades desagradables, como por ejemplo limpiar caca, recibir –en el caso de los varoncitos- más de un chorro de pis en el rostro cuando estamos ejecutando la tarea anterior, andar durante meses rodeada de un delicado aroma a vómito, que se produce en el momento menos esperado, como ser sobre la blusa de crêpe antes de salir, o en el civil de Mariana sobre el blazer de seda beige, entender que “gugu” significa “quiero de frutilla, la vainilla me parece francamente asquerosa” y “aaaaaba” no es “abuelita linda” sino “esa vieja pintarrajeada me está tapando con sus horribles morisquetas la diversión de las hojas de parra bailarinas de la casa del viejo que anda siempre con ella y tiene mal aliento, correla”.
Pasa esa etapa en la que las madres sólo somos proveedoras de comodidades básicas para la supervivencia, y alcanzamos la fase dos: la educación del engendro. Ahí comienzan las verdaderas pruebas de paciencia: tienen que aprender a caminar, con lo que se convierten en un misil teledirigido hacia los objetos más frágiles (y costosos) que supimos conseguir, llegan hasta los sitios recónditos, y se aparecen en medio de la cena con los jefes del marido munidos del juguetito ese que tenemos bien oculto y que no es precisamente para masajear el cuello, como dice su políticamente correcto folleto. Y como si caminar no fuera lo suficientemente peligroso… HABLAN LOS MALDITOS. Ya no hay que traducir el “glufru” sino explicar por qué llamaron de pronto “vieja pijotera” a nuestra querida y millonaria tía Marta, que no tiene herederos pero tampoco mucamas y viene a leer el diario a casa “para no gastar”.
Llega lo que pensamos que es un alivio, o sea la etapa escolar, pero no, los tormentos sólo cambian de forma y protagonistas. Ya no son las parientas mayores las que nos dictan cátedra sobre cómo debemos vestirlos, alimentarlos y atenderlos, sino una raza maldita conocida universalmente con el nombre de docentes, y que en realidad es una masonería secreta dedicada a destruir cualquier atisbo de orgullo maternal, en vistas a la dominación de la especie por aniquilación de egos. Jovencitas que sólo han visto un pañal en los avisos de la tele nos dicen cómo hemos errado hasta ahora en casi todo. Personalmente lo hacen cada tanto, dependiendo de la aberrante conducta de nuestro vástago, pero se regodean por escrito con su herramienta más poderosa, que los fabricantes de armamentos desconocen y por eso las guerras duran tanto: el cuaderno de comunicados.
Supongamos que ya sorteamos la bebez, la niñez y la escolaridad y hemos salido medianamente indemnes de todas ellas. Y cuando creemos que se comienza a ver una pálida luz de esperanza al final del túnel… el sujeto entra en la adolescencia.
Como ya hemos hablado acá de algunos de los padecimientos que vivimos los padres en esa era oscurantista, no los voy a aburrir. Hoy mi preocupación pasa por un tema en particular: la voluntad férrea con que los malvados se empecinan en permanecer en el bunker llamado adolescencia.
Haciendo memoria, recuerdo que cuando me tocó la pasé bastante bien. Hubo una petit etapa de mugrienta, rápidamente superada en cuanto me di cuenta que el sexo opuesto era interesante y tenía olfato, el colegio era divertido porque estaban mis amigas, se estudiaba poco y el uniforme quedaba lindo, los varones eran granujientos y tímidos, pero bailaban lentos y tenían plata para invitarnos a salir, los hermanos proveían una fuente inagotable de futuros candidatos, y si no, dábamos la vuelta al perro o hacíamos un asalto y algo aparecía. Los padres eran viejísimos y ridículos, pero como no participaban mucho y les respetábamos algunos límites, no pasaba a mayores… pero lo más importante, lo que nos comía el coco de impaciencia, porque significaba un montón de logros accesorios, era SER ADULTOS. No llegaba nunca el tan ansiado momento de manejar, trabajar, mandarnos solos y tener nuestro propio dinero, que nos permitiría rajar oportunamente del nido familiar, al que retornaríamos, claro, cada vez que quisiéramos comida rica y ropa limpia. Y más dinero, obvio.
Hoy es al revés. Los muy guachos se parapetan en la adolescencia, que se ha convertido en una Disneylandia etaria. Enumeremos someramente lo que incluye el pack adolescente: habitación propia, decorada a su gusto, con televisor, equipo de música, computadora, ninguna biblioteca ya que los libros que alguna vez fueron colocados allí con gran ilusión por abuelos y padres han sido reemplazados por colecciones de latas de cerveza que se tumban cada vez que logramos ingresar para pasar un plumero… y mejor que se caigan, porque las que se sostienen en el sitio, Dios sabe qué tienen adentro. Sigo. Baño privado no importa mucho porque no saben para qué se usa. El lavadero es donde se van a fumar porquerías, no a lavar ropa. La ropa es algo que fundamentalmente debe tener una marca específica, cualquiera sea su costo, y que se arroja al piso, ya que algún mecanismo que desconocen opera mientras duermen las catorce horas reglamentarias y aparece limpia y planchada y colgada en el placard, ese mueble que también desconocen y provoca el siguiente comentario: “¿y yo cómo iba a saber que estaba colgada ahí?” Trabajar es algo para que hagan los que ya no son adolescentes, los que viven del otro lado del muro. Total, el dinero que necesitan no es mucho, las chicas hoy se pagan todo, y siempre hay un pei, como llaman a los pesos dolorosa y honradamente ganados por nosotros, para comprar un cigarrillo suelto, una hora del ciber o una docena de facturas en cooperativa. ¿Estudiar? ¡Si recién termino el secundario! Esperate que tengo que pensarlo bien, ¿o qué querés? ¿Un hijo frustrado?
La lista continuaría eternamente, pero no quiero amargarlos, aunque me permitiré una última dosis de vinagre: fuimos nosotros quienes les armamos ese nidito, somos nosotros los que no ponemos límites, somos nosotros los que los miramos dormir plácidamente y sonreímos porque el nene está en casa… o sea, apechuguemos con nuestra obrita, y pensemos, haciendo un segundo de mea culpa: ¿a quién no le gustaría ser Peter Pan?
jueves, 28 de octubre de 2010
viernes, 22 de octubre de 2010
"Mudarse en tiempos de seca" -Capítulo Uno-
La lengua castellana es rica en matices y tonalidades. Ella es rica, aunque los castellanoparlantes no.
Por ejemplo, gozamos de la ventaja, compartida con algunos otros países, no muchos, de distinguir entre “ser” y “estar”, lo que no es pavada. Porque no es lo mismo “ser” presa de una locura de amor, que “estar” presa, punto. Ni “ser” cachonda, para vergüenza de nuestra familia, que estarlo, para felicidad de nuestro partenaire. Ser es algo como más permanente, casi casi inamovible, mientras que estar bien puede ser un ratito nomás. No me voy a perder acá en disquisiciones idiomáticas, que me encantan pero no los entretienen.
Porque lo que me sucede es que estoy pobre, pero no lo soy. Veamos. Una serie de malas elecciones (en maridos y empleos, fundamentalmente) hicieron que hoy por hoy goce de mucha libertad de criterio, movimientos y decisiones, pero pocos billetes en las alforjas. Pero como sigo teniendo un placard habitado por pieles costosas, un relox de esox caríximos, casa, auto y perfume importado, colijo (ven, hasta educación refinada tuve) que no soy pobre.
Pero a la hora de mudarse… ¡vaya que se nota!
Una cosa es mudarse con plata, o sea: llamar a una de esas empresas que te empacan todo, con cartelitos primorosos y cajas elegantes, te lo llevan, te lo acomodan y ordenan en el nuevo destino, que te recibe pintado, encerado y encortinado, y luego de dos relajantes noches de hotel entrás y tenés hasta la carne al horno con papas y el flan casero esperándote en la mesa con mantel planchado y servilletas al tono.
Y otra, muuuuuuuuy ooooooootra, es hacerlo sin el vil metal, o con escasas cantidades de él. Les cuento: la casa donde me mudo es mía (tanto a favor) pero calculo que fue construida cuando los hermanos aborígenes tehuelches eran los orgullosos pobladores del territorio (ahora les decimos “hermanos” pero en esos tiempos los corríamos con cañones, y ya se sabe, cañón mata lanza tehuelche… y tehuelche también) Es viejita mi casa, la pobre. Grande, luminosa, mucho patio, jardín, parrales, sombra bienhechora para el verano, calidez en invierno, habitaciones amplias, cielorrasos de madera, pisos sólidos, bla bla bla… así me la vendieron, por eso me acuerdo. Todo eso… pero vieja.
Antes que yo la habitaron mis inquilinos, una pareja gay que rompió con todos los estereotipos del tema y resultaron más mugrientos y desordenados que Lindsay Lohan y Amy Winehouse juntas de juerga. De recuerdo me dejaron las paredes pintadas de un rosa chicle estridente e incombinable con muebles provenzales (que arrastro de mi antigua vida de no pobre) y un inexplicable boquete en el piso de la cocina, por el que parecen haberse escapado todos los internos de la cárcel local… por el tamaño, calculo que lo hicieron con éxito, y mucho equipaje. Eso sí, se llevaron –los inquilinos, no los presos- la cocina, dos calefactores, y los medidores de gas y luz. Supongo que no lo hicieron con mala voluntad, y eso porque a la hora de suponer, soy bastante tarada, no cabe otra posibilidad.
Las empresas que te llevan y te traen los muebles, a juzgar por el precio que cobran, deberían llevarlos en limousine y lustrarlos en destino, pero no, te los arrojan donde se les da la gana y todavía te los miran despreciativamente, como diciendo “mirá que juntaste porquerías en la vida, eh”. Una trata de que se apuren, porque cobran por hora, pero ellos estudian el espacio disponible en el vehículo como si recién lo conocieran, con brazos cruzados y expresión preocupada… preocupada estoy yo que les tengo que pagar, grito silenciosamente para mis tripas.
Por fin dejan todo y se van, y una, zigzagueando entre cajas que dicen (de mi puño y letra) “OJO, FRÁGIL RECONTRAFRÁGIL- SI ME LO TOCÁS TE MATO-” y ahora están sepultadas debajo de otras tres que dicen “PESADO DALE SIN ASCO, TOTAL TIENE HERRAMIENTAS QUE ERAN DE MI EX”, descubre que las copas de la abuela serán objeto mañana de un melancólico comentario tipo “te acordás de cuando había doce” y que las cartas de poker nunca volverán a tener los cuatro comodines…
Falta contarles la odisea de la reinstalación de los medidores, la maravillosa e invalorable colaboración de mi hijo adolescente y sus adolecedores amigos, que a cada incursión decían: che, qué bueno que está para una joda… con lo cual a mí la mueca de agradecimiento maternal y promesa de futuras tortas de chocolate y milanesas con puré se me iba trocando en expresión alerta y autoritaria, de esas que jamás me han dado resultado, para qué negarlo.
Por ahora los dejo, tengo que desarmar la alacena, conseguir un gasista, encontrar las patas de la cama, guardar la ropa de invierno, suplicar a los albañiles, constatar que no me hayan robado el medidor antes de que lleguen las huestes de la compañía de electricidad… y sacar un pasaje a Larecalcadapelvisdelamangosta, paraje desierto y lejano donde la palabra “mudanza” no figura en el vocabulario… chau chau, les dejé comida en la heladera… disfrútenla… si encuentran la heladera… jeje.
Por ejemplo, gozamos de la ventaja, compartida con algunos otros países, no muchos, de distinguir entre “ser” y “estar”, lo que no es pavada. Porque no es lo mismo “ser” presa de una locura de amor, que “estar” presa, punto. Ni “ser” cachonda, para vergüenza de nuestra familia, que estarlo, para felicidad de nuestro partenaire. Ser es algo como más permanente, casi casi inamovible, mientras que estar bien puede ser un ratito nomás. No me voy a perder acá en disquisiciones idiomáticas, que me encantan pero no los entretienen.
Porque lo que me sucede es que estoy pobre, pero no lo soy. Veamos. Una serie de malas elecciones (en maridos y empleos, fundamentalmente) hicieron que hoy por hoy goce de mucha libertad de criterio, movimientos y decisiones, pero pocos billetes en las alforjas. Pero como sigo teniendo un placard habitado por pieles costosas, un relox de esox caríximos, casa, auto y perfume importado, colijo (ven, hasta educación refinada tuve) que no soy pobre.
Pero a la hora de mudarse… ¡vaya que se nota!
Una cosa es mudarse con plata, o sea: llamar a una de esas empresas que te empacan todo, con cartelitos primorosos y cajas elegantes, te lo llevan, te lo acomodan y ordenan en el nuevo destino, que te recibe pintado, encerado y encortinado, y luego de dos relajantes noches de hotel entrás y tenés hasta la carne al horno con papas y el flan casero esperándote en la mesa con mantel planchado y servilletas al tono.
Y otra, muuuuuuuuy ooooooootra, es hacerlo sin el vil metal, o con escasas cantidades de él. Les cuento: la casa donde me mudo es mía (tanto a favor) pero calculo que fue construida cuando los hermanos aborígenes tehuelches eran los orgullosos pobladores del territorio (ahora les decimos “hermanos” pero en esos tiempos los corríamos con cañones, y ya se sabe, cañón mata lanza tehuelche… y tehuelche también) Es viejita mi casa, la pobre. Grande, luminosa, mucho patio, jardín, parrales, sombra bienhechora para el verano, calidez en invierno, habitaciones amplias, cielorrasos de madera, pisos sólidos, bla bla bla… así me la vendieron, por eso me acuerdo. Todo eso… pero vieja.
Antes que yo la habitaron mis inquilinos, una pareja gay que rompió con todos los estereotipos del tema y resultaron más mugrientos y desordenados que Lindsay Lohan y Amy Winehouse juntas de juerga. De recuerdo me dejaron las paredes pintadas de un rosa chicle estridente e incombinable con muebles provenzales (que arrastro de mi antigua vida de no pobre) y un inexplicable boquete en el piso de la cocina, por el que parecen haberse escapado todos los internos de la cárcel local… por el tamaño, calculo que lo hicieron con éxito, y mucho equipaje. Eso sí, se llevaron –los inquilinos, no los presos- la cocina, dos calefactores, y los medidores de gas y luz. Supongo que no lo hicieron con mala voluntad, y eso porque a la hora de suponer, soy bastante tarada, no cabe otra posibilidad.
Las empresas que te llevan y te traen los muebles, a juzgar por el precio que cobran, deberían llevarlos en limousine y lustrarlos en destino, pero no, te los arrojan donde se les da la gana y todavía te los miran despreciativamente, como diciendo “mirá que juntaste porquerías en la vida, eh”. Una trata de que se apuren, porque cobran por hora, pero ellos estudian el espacio disponible en el vehículo como si recién lo conocieran, con brazos cruzados y expresión preocupada… preocupada estoy yo que les tengo que pagar, grito silenciosamente para mis tripas.
Por fin dejan todo y se van, y una, zigzagueando entre cajas que dicen (de mi puño y letra) “OJO, FRÁGIL RECONTRAFRÁGIL- SI ME LO TOCÁS TE MATO-” y ahora están sepultadas debajo de otras tres que dicen “PESADO DALE SIN ASCO, TOTAL TIENE HERRAMIENTAS QUE ERAN DE MI EX”, descubre que las copas de la abuela serán objeto mañana de un melancólico comentario tipo “te acordás de cuando había doce” y que las cartas de poker nunca volverán a tener los cuatro comodines…
Falta contarles la odisea de la reinstalación de los medidores, la maravillosa e invalorable colaboración de mi hijo adolescente y sus adolecedores amigos, que a cada incursión decían: che, qué bueno que está para una joda… con lo cual a mí la mueca de agradecimiento maternal y promesa de futuras tortas de chocolate y milanesas con puré se me iba trocando en expresión alerta y autoritaria, de esas que jamás me han dado resultado, para qué negarlo.
Por ahora los dejo, tengo que desarmar la alacena, conseguir un gasista, encontrar las patas de la cama, guardar la ropa de invierno, suplicar a los albañiles, constatar que no me hayan robado el medidor antes de que lleguen las huestes de la compañía de electricidad… y sacar un pasaje a Larecalcadapelvisdelamangosta, paraje desierto y lejano donde la palabra “mudanza” no figura en el vocabulario… chau chau, les dejé comida en la heladera… disfrútenla… si encuentran la heladera… jeje.
miércoles, 20 de octubre de 2010
"¡Agarrame el epíteto!"
Ser mujer tiene un montón de ventajas.
Ya saltarán las brujas a retrucarme que no, con un rosario interminable de reivindicaciones no logradas aún, de tareas que se enciman, de partos con espantosas secuelas estéticas, bla bla bla…
Muchachas, no intenten lincharme al mejor estilo de las películas del Oeste (del Oeste de Estados Unidos, aclaremos, en el Oeste de MI país la gente se castiga con otros métodos, que me parece que se llaman gobiernodeturno). No. A lo que yo me refiero es a esas antiguas prerrogativas de género que se nos otorgaban por el solo hecho de ser féminas.
Algunas son francamente pavotas, por no mencionar que su motivación de origen se ha perdido en la noche de los tiempos, junto con los almuerzos de domingo con los hijos adolescentes presentes (y despiertos). Como por ejemplo eso de que se nos obligue a ir del lado de adentro de la calle, donde terminamos siendo reservorio de volantes de publicidad compulsivamente entregados por jóvenes indolentes, nos perfuman al paso señoritas que se quedaron como proyectos de top model y su resentimiento no les permite escuchar que nograciasmepusemiperfumeybastantecaroquees, y sufrimos estoicamente el bombardeo de objetos preciosos que nos tientan desde las vidrieras, recordándonos que no podemos comprarlos.
Pero hay una, mis queridas, que tal vez ustedes no perciban, ya sea porque la toman como algo naturalmente establecido, o porque no se dedican tiempo a observaciones tontuelas, que viene a ser mi oficio. Hablo concretamente de la impunidad del insulto.
Las mujeres podemos denostar públicamente a cualquier pantalón sin recibir a cambio las esperables represalias que corresponderían si se tratara de otro macho. Opera en ellos una especie de freno ancestral, una cosa de “si le destrozo la cara, después no me podré reproducir y la especie está perdida” bajo la forma del tradicional “a una dama, ni con el pétalo de una flor” que repetía mi abuelo gallego, a quien los pétalos no le impedían sojuzgar a mi abuela en cientos de otras maneras, subyacentes y no, que ya detallaré cuando se me ocurra. Siendo periodista, lo pude comprobar muchas veces. Ante una pregunta irritante, agresiva, molesta, se me quedaban mirando una milésima de segundo, en la duda de si echarme del recinto, contestarme educadamente o invitarme a salir. Claro, porque hay que hacer la salvedad: un dato importante es estar buena (por aquel entonces yo lo estaba, esperen que me seco la lagrimita y sigo). Si la preguntona resulta ser poco agraciada, casi casi que rige lo mismo que si fuera hombre: te pego, te echo, te escupo.
Todo lo cual viene a abonar una vieja teoría que sostengo y pongo en práctica cuantas veces puedo (y puedo bastante seguido): cuando uno insulta en cuestiones de tránsito, no hay que recurrir a los epítetos tradicionales, que refieren generalmente a la fidelidad o falta de ella de la pareja en turno, a la escasa vida sexual del oponente, a las malas costumbres de sus ancestros, o al tamaño de sus atributos sexuales. Lo mejor es atacar en flancos desprotegidos frente a un extraño, sobre todo porque el infractor no espera que aludamos a ellos. Ejemplo: en medio de la maniobra, y cuando el tipo nos pasa con gesto sobrador y suficiente, aguardando a lo sumo un gestito importado con el dedo medio en alto, le arrojamos un “¡Estafador!” o “¡Mal hermano!”. El resultado es que se quedará inquieto, pensando de dónde lo conocemos, o cómo es que nos enteramos que no le pagó a Hugo el arreglo del radiador, o que se quedó con el reloj de oro del viejo pasando por encima de los derechos de su hermanita Graciela. Es infalible, se los aseguro. Ni siquiera atinan a seguirnos en actitud patotera, tirándonos el auto encima o atravesándose en nuestro camino. No, la duda y el remordimiento los corroerán durante todo el día, mientras se pierden preguntándose si por casualidad somos Virginia la cuñada del plomero, o la mujer de Carlos el que vive al lado de la tía Petra. Todas sus pasadas maldades serán sujeto de una revisión histórica llena de angustia, incluso hasta podemos lograr que repare alguno de esos daños cometidos en previsión de futuras develaciones… Cualquiera aguanta que supongan que la legítima anda con el cobrador de la rifa de los bomberos, o que crean que los testículos les arrastran al punto de dejar huella en el suelo… pero nadie soportaría que toda la cuadra sepa que no invitamos a Marcela al casamiento de la nena porque no regaló nada cuando la misma nena cumplió los quince, o que nuestra tía abuela Carmen languideció en el geriátrico esperando una visita que se pospuso hasta que la visitamos en el cementerio.
Mientras tanto, nosotras vamos airosas, con la lengua suelta y el pelo al viento, sabedoras de que poseemos un poder maravilloso, que les nubló el día a ellos pero que nos iluminó la jornada a nosotras… ¡Adelante, vengadoras!
Ya saltarán las brujas a retrucarme que no, con un rosario interminable de reivindicaciones no logradas aún, de tareas que se enciman, de partos con espantosas secuelas estéticas, bla bla bla…
Muchachas, no intenten lincharme al mejor estilo de las películas del Oeste (del Oeste de Estados Unidos, aclaremos, en el Oeste de MI país la gente se castiga con otros métodos, que me parece que se llaman gobiernodeturno). No. A lo que yo me refiero es a esas antiguas prerrogativas de género que se nos otorgaban por el solo hecho de ser féminas.
Algunas son francamente pavotas, por no mencionar que su motivación de origen se ha perdido en la noche de los tiempos, junto con los almuerzos de domingo con los hijos adolescentes presentes (y despiertos). Como por ejemplo eso de que se nos obligue a ir del lado de adentro de la calle, donde terminamos siendo reservorio de volantes de publicidad compulsivamente entregados por jóvenes indolentes, nos perfuman al paso señoritas que se quedaron como proyectos de top model y su resentimiento no les permite escuchar que nograciasmepusemiperfumeybastantecaroquees, y sufrimos estoicamente el bombardeo de objetos preciosos que nos tientan desde las vidrieras, recordándonos que no podemos comprarlos.
Pero hay una, mis queridas, que tal vez ustedes no perciban, ya sea porque la toman como algo naturalmente establecido, o porque no se dedican tiempo a observaciones tontuelas, que viene a ser mi oficio. Hablo concretamente de la impunidad del insulto.
Las mujeres podemos denostar públicamente a cualquier pantalón sin recibir a cambio las esperables represalias que corresponderían si se tratara de otro macho. Opera en ellos una especie de freno ancestral, una cosa de “si le destrozo la cara, después no me podré reproducir y la especie está perdida” bajo la forma del tradicional “a una dama, ni con el pétalo de una flor” que repetía mi abuelo gallego, a quien los pétalos no le impedían sojuzgar a mi abuela en cientos de otras maneras, subyacentes y no, que ya detallaré cuando se me ocurra. Siendo periodista, lo pude comprobar muchas veces. Ante una pregunta irritante, agresiva, molesta, se me quedaban mirando una milésima de segundo, en la duda de si echarme del recinto, contestarme educadamente o invitarme a salir. Claro, porque hay que hacer la salvedad: un dato importante es estar buena (por aquel entonces yo lo estaba, esperen que me seco la lagrimita y sigo). Si la preguntona resulta ser poco agraciada, casi casi que rige lo mismo que si fuera hombre: te pego, te echo, te escupo.
Todo lo cual viene a abonar una vieja teoría que sostengo y pongo en práctica cuantas veces puedo (y puedo bastante seguido): cuando uno insulta en cuestiones de tránsito, no hay que recurrir a los epítetos tradicionales, que refieren generalmente a la fidelidad o falta de ella de la pareja en turno, a la escasa vida sexual del oponente, a las malas costumbres de sus ancestros, o al tamaño de sus atributos sexuales. Lo mejor es atacar en flancos desprotegidos frente a un extraño, sobre todo porque el infractor no espera que aludamos a ellos. Ejemplo: en medio de la maniobra, y cuando el tipo nos pasa con gesto sobrador y suficiente, aguardando a lo sumo un gestito importado con el dedo medio en alto, le arrojamos un “¡Estafador!” o “¡Mal hermano!”. El resultado es que se quedará inquieto, pensando de dónde lo conocemos, o cómo es que nos enteramos que no le pagó a Hugo el arreglo del radiador, o que se quedó con el reloj de oro del viejo pasando por encima de los derechos de su hermanita Graciela. Es infalible, se los aseguro. Ni siquiera atinan a seguirnos en actitud patotera, tirándonos el auto encima o atravesándose en nuestro camino. No, la duda y el remordimiento los corroerán durante todo el día, mientras se pierden preguntándose si por casualidad somos Virginia la cuñada del plomero, o la mujer de Carlos el que vive al lado de la tía Petra. Todas sus pasadas maldades serán sujeto de una revisión histórica llena de angustia, incluso hasta podemos lograr que repare alguno de esos daños cometidos en previsión de futuras develaciones… Cualquiera aguanta que supongan que la legítima anda con el cobrador de la rifa de los bomberos, o que crean que los testículos les arrastran al punto de dejar huella en el suelo… pero nadie soportaría que toda la cuadra sepa que no invitamos a Marcela al casamiento de la nena porque no regaló nada cuando la misma nena cumplió los quince, o que nuestra tía abuela Carmen languideció en el geriátrico esperando una visita que se pospuso hasta que la visitamos en el cementerio.
Mientras tanto, nosotras vamos airosas, con la lengua suelta y el pelo al viento, sabedoras de que poseemos un poder maravilloso, que les nubló el día a ellos pero que nos iluminó la jornada a nosotras… ¡Adelante, vengadoras!
jueves, 7 de octubre de 2010
Funciones irremplazables del artefacto marido
Una en la vida ha hecho muchas cosas, incluso varias de la misma, con resultado diverso.
Con el estudio me fue relativamente bien. Luego de algunos intentos fallidos, decidí que esto de las palabras y la comunicación era lo mío, y acá estoy, y más vale que digan que me sale lindo.
Con el amor ha sido diferente. Me casé varias veces, ya lo saben. Y si bien es un dato que no se incluye en un curriculum vitae, tampoco lo ando ocultando como una tara familiar… digamos que la ausencia de timidez y los ojos claros no compaginan con la malsana tendencia a coleccionar libretas de matrimonio.
Pero en este caso no me quiero detener a comentar el porqué de tanto maridaje, sino algunas observaciones que me han surgido a raíz de la acumulación de esponsales.
Existen innumerables chistes en cualquier folklore que se precie de tal dirigidos a reseñar para qué sirven los maridos. Internet se ha convertido en una fuente inagotable de envíos, siempre acompañados de alguna musiquita chascarrillera, animaciones simpáticas y errores de ortografía.
De mi ya establecida experiencia en eso de convivir con señores con el título de marido, he observado algunas tareas para las que son imposibles de remplazar. No, no se hagan ilusiones que no es ESO. En ESO es sumamente fácil remplazarlos, dependiendo, claro, de las aspiraciones o expectativas que una ponga en el empeño. Me refiero a cosillas, detalles de la vida doméstica, que de pronto, en medio de la tarea cotidiana, nos hacen que nos detengamos a decir: Caramba, ¿dónde está (aquí va el nombre del susodicho, o el apelativo cariñoso o despectivo con que lo llamemos según la necesidad)? Y vayamos nomás al tema, que se enfría el café.
Mover objetos pesados es algo para lo que las mujeres no estamos predestinadas. Ojo, me refiero a muebles que de pronto quedan horribles en el lugar donde estuvieron siempre, cajas llenas de objetos inútiles que consideramos imprescindibles, niños que se han quedado dormidos en las bodas de oro de los abuelos, herramientas que yacen olvidadas en el fondo del garaje de nuestros padres, pedido mensual del supermercado convertido en veintisiete bolsas plásticas de dudosa resistencia pero segura amenaza a la ecología, y cosas así. Otros objetos pesados sí sabemos. Una amiga que se nos instala a horas inadecuadas en el comedor diario de nuestra casa, una suegra que revisa con un ojo si limpiamos el horno mientras con el otro finge atender a nuestra incómoda charla, un candidato que se pone cursi o cachondo cuando no es el momento para ninguna de las dos cuestiones, son todas situaciones que resolvemos rápida y expeditivamente. Pero esa bruja aguerrida a la hora de despejar el escenario se torna en una débil princesita si tiene que correr la cama marinera de Franco para encontrar la media de fútbol que falta y que ya comienza a convertir en irrespirable el ambiente.
Item dos: Habrán notado mis amigas que, por muy bien construídas que estemos (y siempre lo estamos) hay un sector de nuestra espalda que nos queda fuera de la jurisdicción de nuestras manitos de hada al momento de subirnos el cierre del vestido. Y sí, podemos estar bellísimas con esos stilettos azabache, con ese pelo tan lacio y brillante que nadie se cree que sea natural… y justo el vestido correcto, ese que nos deja hechas un guante de seda es el que no nos podemos calzar solitas. Y casi sin querer nos sale un sonido gutural que suena a “Msgfbrbichiiiiiiii ¿podés venir?” Pero claro, el bichi ya fue exterminado simbólicamente tiempo ha, y no acude al llamado. Nuestros hijos o son tan niños que no alcanzan la zona maldita, o son tan grandes que no escuchan nuestros graznidos desesperados, porque el emepénosécuántos los provee de una burbuja antimadre. Así que salimos de la casa pegadas a la pared como el Inspector Ardilla en una misión secreta o Kate Hudson en una escena de cornisa de hotel californiano, y nos llegamos a lo de Alicia, que reúne varias ventajas: vive al lado, tiene manos grandes y conoce de esas emergencias, por eso usa calzas y remerones.
Y por último, queridísimas, llega el hit, el top, el must de de los must, aquello que nadie sabe hacer mejor que un marido, al punto que ningún mortal se atreve a intentar suplantarlo en tan encomiable tarea: sacar la basura. Nosotras jamás, una raina, así con a, no arrastra bolsas de cáscaras de papas y latas abiertas a menos que sea para arrojarlas dentro del auto del bichi que por casualidad está estacionado a la vuelta, en la puerta de nuestra ahora ex amiga lnés, que siempre se esponjaba el pelo cuando él entraba. ¿Nuestros hijos? JAAAAAAAAA (ustedes entienden, y si no, pregúntenle a alguna madre de adolescente) Si es “nena”, como ilusionadamente la seguimos llamando, no se va a arrugar el look; si es varón, directamente ni se entera, él no vive en este planeta. ¿El candidato? Él no está para eso…
Supongo que habrá muchos otros aportes a este apasionante tema. Algunas deslizarán una lagrimita recordando asados, mates y un desayuno excepcional de aniversario. Otras evocarán céspedes parejitos, canillas que no gotean y cables sin añadidos. Habrá también quienes rememoren boleros bien bailados, zapatos lustrosos y niños milagrosamente ausentes en tardes de estudio tardío o reglas dolorosas. Todos tienen su mérito, qué tanto… Incluso nosotras, que hemos podido sobrevivir. Aprendimos a comprar sillones plegables, usar telas elastizadas y tener trituradores de residuos… pero también, de vez en cuando, nos permitimos extrañar un poquito al ausente… y por otras cosas, claro.
Con el estudio me fue relativamente bien. Luego de algunos intentos fallidos, decidí que esto de las palabras y la comunicación era lo mío, y acá estoy, y más vale que digan que me sale lindo.
Con el amor ha sido diferente. Me casé varias veces, ya lo saben. Y si bien es un dato que no se incluye en un curriculum vitae, tampoco lo ando ocultando como una tara familiar… digamos que la ausencia de timidez y los ojos claros no compaginan con la malsana tendencia a coleccionar libretas de matrimonio.
Pero en este caso no me quiero detener a comentar el porqué de tanto maridaje, sino algunas observaciones que me han surgido a raíz de la acumulación de esponsales.
Existen innumerables chistes en cualquier folklore que se precie de tal dirigidos a reseñar para qué sirven los maridos. Internet se ha convertido en una fuente inagotable de envíos, siempre acompañados de alguna musiquita chascarrillera, animaciones simpáticas y errores de ortografía.
De mi ya establecida experiencia en eso de convivir con señores con el título de marido, he observado algunas tareas para las que son imposibles de remplazar. No, no se hagan ilusiones que no es ESO. En ESO es sumamente fácil remplazarlos, dependiendo, claro, de las aspiraciones o expectativas que una ponga en el empeño. Me refiero a cosillas, detalles de la vida doméstica, que de pronto, en medio de la tarea cotidiana, nos hacen que nos detengamos a decir: Caramba, ¿dónde está (aquí va el nombre del susodicho, o el apelativo cariñoso o despectivo con que lo llamemos según la necesidad)? Y vayamos nomás al tema, que se enfría el café.
Mover objetos pesados es algo para lo que las mujeres no estamos predestinadas. Ojo, me refiero a muebles que de pronto quedan horribles en el lugar donde estuvieron siempre, cajas llenas de objetos inútiles que consideramos imprescindibles, niños que se han quedado dormidos en las bodas de oro de los abuelos, herramientas que yacen olvidadas en el fondo del garaje de nuestros padres, pedido mensual del supermercado convertido en veintisiete bolsas plásticas de dudosa resistencia pero segura amenaza a la ecología, y cosas así. Otros objetos pesados sí sabemos. Una amiga que se nos instala a horas inadecuadas en el comedor diario de nuestra casa, una suegra que revisa con un ojo si limpiamos el horno mientras con el otro finge atender a nuestra incómoda charla, un candidato que se pone cursi o cachondo cuando no es el momento para ninguna de las dos cuestiones, son todas situaciones que resolvemos rápida y expeditivamente. Pero esa bruja aguerrida a la hora de despejar el escenario se torna en una débil princesita si tiene que correr la cama marinera de Franco para encontrar la media de fútbol que falta y que ya comienza a convertir en irrespirable el ambiente.
Item dos: Habrán notado mis amigas que, por muy bien construídas que estemos (y siempre lo estamos) hay un sector de nuestra espalda que nos queda fuera de la jurisdicción de nuestras manitos de hada al momento de subirnos el cierre del vestido. Y sí, podemos estar bellísimas con esos stilettos azabache, con ese pelo tan lacio y brillante que nadie se cree que sea natural… y justo el vestido correcto, ese que nos deja hechas un guante de seda es el que no nos podemos calzar solitas. Y casi sin querer nos sale un sonido gutural que suena a “Msgfbrbichiiiiiiii ¿podés venir?” Pero claro, el bichi ya fue exterminado simbólicamente tiempo ha, y no acude al llamado. Nuestros hijos o son tan niños que no alcanzan la zona maldita, o son tan grandes que no escuchan nuestros graznidos desesperados, porque el emepénosécuántos los provee de una burbuja antimadre. Así que salimos de la casa pegadas a la pared como el Inspector Ardilla en una misión secreta o Kate Hudson en una escena de cornisa de hotel californiano, y nos llegamos a lo de Alicia, que reúne varias ventajas: vive al lado, tiene manos grandes y conoce de esas emergencias, por eso usa calzas y remerones.
Y por último, queridísimas, llega el hit, el top, el must de de los must, aquello que nadie sabe hacer mejor que un marido, al punto que ningún mortal se atreve a intentar suplantarlo en tan encomiable tarea: sacar la basura. Nosotras jamás, una raina, así con a, no arrastra bolsas de cáscaras de papas y latas abiertas a menos que sea para arrojarlas dentro del auto del bichi que por casualidad está estacionado a la vuelta, en la puerta de nuestra ahora ex amiga lnés, que siempre se esponjaba el pelo cuando él entraba. ¿Nuestros hijos? JAAAAAAAAA (ustedes entienden, y si no, pregúntenle a alguna madre de adolescente) Si es “nena”, como ilusionadamente la seguimos llamando, no se va a arrugar el look; si es varón, directamente ni se entera, él no vive en este planeta. ¿El candidato? Él no está para eso…
Supongo que habrá muchos otros aportes a este apasionante tema. Algunas deslizarán una lagrimita recordando asados, mates y un desayuno excepcional de aniversario. Otras evocarán céspedes parejitos, canillas que no gotean y cables sin añadidos. Habrá también quienes rememoren boleros bien bailados, zapatos lustrosos y niños milagrosamente ausentes en tardes de estudio tardío o reglas dolorosas. Todos tienen su mérito, qué tanto… Incluso nosotras, que hemos podido sobrevivir. Aprendimos a comprar sillones plegables, usar telas elastizadas y tener trituradores de residuos… pero también, de vez en cuando, nos permitimos extrañar un poquito al ausente… y por otras cosas, claro.
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