jueves, 7 de octubre de 2010

Funciones irremplazables del artefacto marido

Una en la vida ha hecho muchas cosas, incluso varias de la misma, con resultado diverso.
Con el estudio me fue relativamente bien. Luego de algunos intentos fallidos, decidí que esto de las palabras y la comunicación era lo mío, y acá estoy, y más vale que digan que me sale lindo.
Con el amor ha sido diferente. Me casé varias veces, ya lo saben. Y si bien es un dato que no se incluye en un curriculum vitae, tampoco lo ando ocultando como una tara familiar… digamos que la ausencia de timidez y los ojos claros no compaginan con la malsana tendencia a coleccionar libretas de matrimonio.
Pero en este caso no me quiero detener a comentar el porqué de tanto maridaje, sino algunas observaciones que me han surgido a raíz de la acumulación de esponsales.
Existen innumerables chistes en cualquier folklore que se precie de tal dirigidos a reseñar para qué sirven los maridos. Internet se ha convertido en una fuente inagotable de envíos, siempre acompañados de alguna musiquita chascarrillera, animaciones simpáticas y errores de ortografía.
De mi ya establecida experiencia en eso de convivir con señores con el título de marido, he observado algunas tareas para las que son imposibles de remplazar. No, no se hagan ilusiones que no es ESO. En ESO es sumamente fácil remplazarlos, dependiendo, claro, de las aspiraciones o expectativas que una ponga en el empeño. Me refiero a cosillas, detalles de la vida doméstica, que de pronto, en medio de la tarea cotidiana, nos hacen que nos detengamos a decir: Caramba, ¿dónde está (aquí va el nombre del susodicho, o el apelativo cariñoso o despectivo con que lo llamemos según la necesidad)? Y vayamos nomás al tema, que se enfría el café.
Mover objetos pesados es algo para lo que las mujeres no estamos predestinadas. Ojo, me refiero a muebles que de pronto quedan horribles en el lugar donde estuvieron siempre, cajas llenas de objetos inútiles que consideramos imprescindibles, niños que se han quedado dormidos en las bodas de oro de los abuelos, herramientas que yacen olvidadas en el fondo del garaje de nuestros padres, pedido mensual del supermercado convertido en veintisiete bolsas plásticas de dudosa resistencia pero segura amenaza a la ecología, y cosas así. Otros objetos pesados sí sabemos. Una amiga que se nos instala a horas inadecuadas en el comedor diario de nuestra casa, una suegra que revisa con un ojo si limpiamos el horno mientras con el otro finge atender a nuestra incómoda charla, un candidato que se pone cursi o cachondo cuando no es el momento para ninguna de las dos cuestiones, son todas situaciones que resolvemos rápida y expeditivamente. Pero esa bruja aguerrida a la hora de despejar el escenario se torna en una débil princesita si tiene que correr la cama marinera de Franco para encontrar la media de fútbol que falta y que ya comienza a convertir en irrespirable el ambiente.
Item dos: Habrán notado mis amigas que, por muy bien construídas que estemos (y siempre lo estamos) hay un sector de nuestra espalda que nos queda fuera de la jurisdicción de nuestras manitos de hada al momento de subirnos el cierre del vestido. Y sí, podemos estar bellísimas con esos stilettos azabache, con ese pelo tan lacio y brillante que nadie se cree que sea natural… y justo el vestido correcto, ese que nos deja hechas un guante de seda es el que no nos podemos calzar solitas. Y casi sin querer nos sale un sonido gutural que suena a “Msgfbrbichiiiiiiii ¿podés venir?” Pero claro, el bichi ya fue exterminado simbólicamente tiempo ha, y no acude al llamado. Nuestros hijos o son tan niños que no alcanzan la zona maldita, o son tan grandes que no escuchan nuestros graznidos desesperados, porque el emepénosécuántos los provee de una burbuja antimadre. Así que salimos de la casa pegadas a la pared como el Inspector Ardilla en una misión secreta o Kate Hudson en una escena de cornisa de hotel californiano, y nos llegamos a lo de Alicia, que reúne varias ventajas: vive al lado, tiene manos grandes y conoce de esas emergencias, por eso usa calzas y remerones.
Y por último, queridísimas, llega el hit, el top, el must de de los must, aquello que nadie sabe hacer mejor que un marido, al punto que ningún mortal se atreve a intentar suplantarlo en tan encomiable tarea: sacar la basura. Nosotras jamás, una raina, así con a, no arrastra bolsas de cáscaras de papas y latas abiertas a menos que sea para arrojarlas dentro del auto del bichi que por casualidad está estacionado a la vuelta, en la puerta de nuestra ahora ex amiga lnés, que siempre se esponjaba el pelo cuando él entraba. ¿Nuestros hijos? JAAAAAAAAA (ustedes entienden, y si no, pregúntenle a alguna madre de adolescente) Si es “nena”, como ilusionadamente la seguimos llamando, no se va a arrugar el look; si es varón, directamente ni se entera, él no vive en este planeta. ¿El candidato? Él no está para eso…
Supongo que habrá muchos otros aportes a este apasionante tema. Algunas deslizarán una lagrimita recordando asados, mates y un desayuno excepcional de aniversario. Otras evocarán céspedes parejitos, canillas que no gotean y cables sin añadidos. Habrá también quienes rememoren boleros bien bailados, zapatos lustrosos y niños milagrosamente ausentes en tardes de estudio tardío o reglas dolorosas. Todos tienen su mérito, qué tanto… Incluso nosotras, que hemos podido sobrevivir. Aprendimos a comprar sillones plegables, usar telas elastizadas y tener trituradores de residuos… pero también, de vez en cuando, nos permitimos extrañar un poquito al ausente… y por otras cosas, claro.

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