Ser mujer tiene un montón de ventajas.
Ya saltarán las brujas a retrucarme que no, con un rosario interminable de reivindicaciones no logradas aún, de tareas que se enciman, de partos con espantosas secuelas estéticas, bla bla bla…
Muchachas, no intenten lincharme al mejor estilo de las películas del Oeste (del Oeste de Estados Unidos, aclaremos, en el Oeste de MI país la gente se castiga con otros métodos, que me parece que se llaman gobiernodeturno). No. A lo que yo me refiero es a esas antiguas prerrogativas de género que se nos otorgaban por el solo hecho de ser féminas.
Algunas son francamente pavotas, por no mencionar que su motivación de origen se ha perdido en la noche de los tiempos, junto con los almuerzos de domingo con los hijos adolescentes presentes (y despiertos). Como por ejemplo eso de que se nos obligue a ir del lado de adentro de la calle, donde terminamos siendo reservorio de volantes de publicidad compulsivamente entregados por jóvenes indolentes, nos perfuman al paso señoritas que se quedaron como proyectos de top model y su resentimiento no les permite escuchar que nograciasmepusemiperfumeybastantecaroquees, y sufrimos estoicamente el bombardeo de objetos preciosos que nos tientan desde las vidrieras, recordándonos que no podemos comprarlos.
Pero hay una, mis queridas, que tal vez ustedes no perciban, ya sea porque la toman como algo naturalmente establecido, o porque no se dedican tiempo a observaciones tontuelas, que viene a ser mi oficio. Hablo concretamente de la impunidad del insulto.
Las mujeres podemos denostar públicamente a cualquier pantalón sin recibir a cambio las esperables represalias que corresponderían si se tratara de otro macho. Opera en ellos una especie de freno ancestral, una cosa de “si le destrozo la cara, después no me podré reproducir y la especie está perdida” bajo la forma del tradicional “a una dama, ni con el pétalo de una flor” que repetía mi abuelo gallego, a quien los pétalos no le impedían sojuzgar a mi abuela en cientos de otras maneras, subyacentes y no, que ya detallaré cuando se me ocurra. Siendo periodista, lo pude comprobar muchas veces. Ante una pregunta irritante, agresiva, molesta, se me quedaban mirando una milésima de segundo, en la duda de si echarme del recinto, contestarme educadamente o invitarme a salir. Claro, porque hay que hacer la salvedad: un dato importante es estar buena (por aquel entonces yo lo estaba, esperen que me seco la lagrimita y sigo). Si la preguntona resulta ser poco agraciada, casi casi que rige lo mismo que si fuera hombre: te pego, te echo, te escupo.
Todo lo cual viene a abonar una vieja teoría que sostengo y pongo en práctica cuantas veces puedo (y puedo bastante seguido): cuando uno insulta en cuestiones de tránsito, no hay que recurrir a los epítetos tradicionales, que refieren generalmente a la fidelidad o falta de ella de la pareja en turno, a la escasa vida sexual del oponente, a las malas costumbres de sus ancestros, o al tamaño de sus atributos sexuales. Lo mejor es atacar en flancos desprotegidos frente a un extraño, sobre todo porque el infractor no espera que aludamos a ellos. Ejemplo: en medio de la maniobra, y cuando el tipo nos pasa con gesto sobrador y suficiente, aguardando a lo sumo un gestito importado con el dedo medio en alto, le arrojamos un “¡Estafador!” o “¡Mal hermano!”. El resultado es que se quedará inquieto, pensando de dónde lo conocemos, o cómo es que nos enteramos que no le pagó a Hugo el arreglo del radiador, o que se quedó con el reloj de oro del viejo pasando por encima de los derechos de su hermanita Graciela. Es infalible, se los aseguro. Ni siquiera atinan a seguirnos en actitud patotera, tirándonos el auto encima o atravesándose en nuestro camino. No, la duda y el remordimiento los corroerán durante todo el día, mientras se pierden preguntándose si por casualidad somos Virginia la cuñada del plomero, o la mujer de Carlos el que vive al lado de la tía Petra. Todas sus pasadas maldades serán sujeto de una revisión histórica llena de angustia, incluso hasta podemos lograr que repare alguno de esos daños cometidos en previsión de futuras develaciones… Cualquiera aguanta que supongan que la legítima anda con el cobrador de la rifa de los bomberos, o que crean que los testículos les arrastran al punto de dejar huella en el suelo… pero nadie soportaría que toda la cuadra sepa que no invitamos a Marcela al casamiento de la nena porque no regaló nada cuando la misma nena cumplió los quince, o que nuestra tía abuela Carmen languideció en el geriátrico esperando una visita que se pospuso hasta que la visitamos en el cementerio.
Mientras tanto, nosotras vamos airosas, con la lengua suelta y el pelo al viento, sabedoras de que poseemos un poder maravilloso, que les nubló el día a ellos pero que nos iluminó la jornada a nosotras… ¡Adelante, vengadoras!
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