La receta es la siguiente –lápiz y papel, señora, señor-:
Busquen en el mapa del mundo, planisferio como lo pedíamos en las librerías confiando en que el librero sí sabría qué quería decir, cerremos los ojos, demos media vuelta y con el dedito que nos escarbamos la nariz, marquemos un punto. Abrimos los ojos y ¡voilà!, nos tocó Bahía Blanca.
Es costa, pero no tiene mar. Ni mar, ni playa, ni nada. Si queremos comer pescado fresco o langostinos de mirada brillante, hay que hacer unos quince, veinte kilómetros y llegarnos hasta Ingeniero White, que sí es un puerto como Dios manda, con cantinas, marineros borrachos y chicas ligeras en varios idiomas. No nos van a dejar entrar al puerto propiamente dicho, porque se supone que si miramos fijo a un carguero lleno de… ¿soja? estaremos atentando contra la seguridad nacional, pero bueno, comimos rico, y los sábados y domingos, hay tortas en el Museo. Y si queremos playa, 120 kilómetros y podemos optar por el pueblecito pintoresco pero las horribles playas de Pehuen Co, o las hermosas playas pero la espantosa arquitectura de Monte Hermoso. Eso sí, en ambos lugares nos está esperando el Comité de Bienvenida Oficial, compuesto por el dúo cómico Aguaviva y Sudestada, que amenizan alternadamente nuestras sufridas vacaciones. Sin mencionar la presencia constante de esa otra especie en constante reproducción, Los Bahienses en Traje de Baño.
Estamos recostados en las sierras, pero no somos sierra. Mucho menos que sierra somos. Un pozo, si se fijan bien cuando se entra a la ciudad por uno de sus ingresos… el cementerio (esa sola imagen me exime de comentarios). Hay sierra, claro, pero para llegar a ella hay que hacerse también unos cuantos kilómetros… y entonces sí, arroyitos, la ventana que ya no está, alfajores caseros, cabañitas carísimas, hoteles venidos a menos… y la otra variante de la misma especie, Los Bahienses con Sombrero Tejano y Borcegos.
El clima es extremista, y ya les voy adelantando que es lo único extremista que hay. En verano, como ahora, 39º como si nada, que derriten hasta a los loritos que habitualmente musicalizan nuestros amaneceres y atardeceres con su ruidoso modo de tratar problemáticas familiares. En invierno, -10º justo justo a la hora que había que ir al colegio, escarchándonos hasta los mocos. Nuestro querido viento, que tan famosos nos ha hecho, y que con sus adorables ráfagas de 120 km por hora ha provocado más de un papelón, exhibiendo impúdicamente calzones al aire. Eso sí, humedad no hay. Por lo tanto, tampoco vegetación, excepto los míticos tamariscos, que con su habilidad para prenderse a cualquier cosa nos han servido para apodar con ese nombre a las señoritas fáciles de cada generación. Hay también cardos rusos, de esos que vemos rodar en las polvorientas calles de los westerns, placer que acá se nos niega porque se los lleva el viento antes de que digamos “Clint Eastwood”. Ah, me olvidaba, polvo también hay… tierra más bien. Mucha. ¿Y el agua? Han tocado ustedes un punto sensible de nuestra bahiensitud. Tenemos un dique cuyo nombre ya debería habernos anunciado la que se vendría, se llama Paso de las Piedras, y eso es precisamente lo único que pasa ahí, piedras, a veces adornadas con maravillosas algas indigeribles (pero ya estamos mutando, no desesperéis). Nos dijeron que con ese dique viviríamos felices por siempre, llenando pelopinchos a rebalsar y bañándonos hasta percudirnos… Hoy bebemos algo que no es ni inodoro, ni incoloro ni insípido. La factura tampoco lo es, pero hay que pagarla igual, no sea cosa que un día, el agua se decida a volver y nos encuentre morosos.
Y llegamos a la mejor parte. Nuestra envidiable situación de Puerta y Puerto del Sur Argentino (¿quién habrá sido el perverso que acuñó esa frase tragicómica?) hace que estemos rodeados por una entente militarista, lo que supondrán ha venido limando nuestra escasa inclinación democrática. Está el Comando Vº Cuerpo de Ejército, absurdamente ubicado frente a uno de los más conocidos hoteles de pareja de la ciudad, generando una convivencia imposible entre bigotudos esquemáticos y amantes de paso. Y la Base Naval de Puerto Belgrano, una especie de Disneylandia para elegidos, una mini ciudad estilo Tudor que fuera mantenida a fuerza de soldadesca obligatoria y ahora languidece mustia y descuidada. A su costado, casi como una rémora de esas que colean sobre las ballenas comiéndole los bichitos molestos, yace Punta Alta. Con los puntaltenses sostenemos una silenciosa e inútil rivalidad, casi como las Springfield y Shelbyville de Los Simpson –obviamente, nosotros somos Springfield, sorry vecinos- Nos ponemos frenéticos cuando algún despistado osa decir “ah, Bahía Blanca, Punta Alta, lo mismo”, como si nos hubieran mentado al Diablo. Por ahí también está la Base de Infantería de Marina Baterías, con una playa lindísima en la que se lucen por igual bikinis de las princesas de la Gran Familia Naval y camouflados en maniobras. Y por el mismo precio les entregamos la Base Aeronaval Comandante Espora en la que sobreviven tenaces muchachos que prefieren volar aviones de guerra vetustos y sin nafta antes que ser pilotos de una línea aérea privada (qué quieren, mi viejo era uno de ellos, no los puedo criticar demasiado).
Y si tanto uniforme no les lavó todavía el cerebro, les cuento que habemos un importante diario, cuyo conservadorismo es tal que festeja los advenimientos de gobiernos militares de facto y enlutece sus vidrieras al llegar la molesta democracia. Las castas sociales son rígidas e infranqueables: si naciste hijo de médico, serás médico y heredarás los hijos de los pacientes de tu padre, ojito con ser comerciante o artista (esto último ni se menciona, a lo sumo se susurra en reuniones secretas, como una maldición)
Y con todos estos ingredientes, mis queridos lectores, armen una ciudad, intenten ser librepensadores, amar sin condicionamientos y sostener la alegría porque sí… les deseo mucha suerte, la van a necesitar, ¡viven en la chacra asfaltada!
martes, 25 de enero de 2011
jueves, 20 de enero de 2011
La fama es una histérica depresiva
Agárrense que arranco culta.
“Fama” es un término que se empezó a usar en lengua castellana hace como diez siglos, pero ya venía. Del latín, donde se decía igualito pero con pollera de gajos de cuero o sábana enrollada, según Hollywood, y quería decir “noticia, rumor”. Y como ya sabemos, y si no se los voy a ir contando en mi estilo preciosista, los romanos no sólo se trajeron las estatuas y las aceitunas de Grecia, sino también las palabras (yo me pregunto, antes, ¿cómo hablaban?) En griego quiere decir hablar, anoticiar, comentar.
O sea, la fama es que hablen. El conocido “ladran, Sancho, señal que cabalgamos” del querido Quijote, que una tarde de hastío estudiantil adapté en “lanzan, Chancho, señal que han bebido mucho” de puro aburrida.
El que quiere fama sueña con que lo conozcan, que comenten de su vida, que lo saluden por la calle, que le pidan autógrafos, y sobre todo, que los ex compañeros de colegio y antiguos vecinos del barrio, se enteren… porque eso de ser profeta en la tierra de uno es primordial a la hora de la celebridad.
Todo este tema de soñar con la notoriedad, a la luz de los últimos tiempos, me ha despertado un par de reflexiones. Y yo no soy mujer de guardar reflexiones, miren si se me desreflexionan (el programita este delator de la compu ya me está advirtiendo que desreflexionar no existe, qué me importa, el artículo es mío y lo escribo como quiero). Así que se las cuento.
Una es el curioso proceso de aquellos que, en sus primeras apariciones públicas, ruborosos y transpirados, declaran no poder creer lo que están viviendo, que es su sueño hecho realidad, que al fin llegan, que estarán por siempre agradecidos a Zutano y Mengano por la oportunidad que les dieron (aclaración de ex periodista farandulera: Zutano y Mengano jamás son los verdaderos responsables del ingreso a las tapas de revistas, y en caso de ser así, si les dieron algo, seguro incluye alguna clase de acceso carnal). Bien. Van pasando las semanas, los meses, y aquella persona emocionada y agradecida va sufriendo una evidente transformación, casi casi como si hubiera ingerido una extraña droga.
Primero es el pelo: los agarra algún peluquero con ínfulas de ser llamado “estilista” y los transforma de normales en personajes de Dragonball Z, cargando extensiones y apliques que no superarían los detectores de los aeropuertos. Después es la ropa: otro arribista que pasó por una terrible infancia en el barrio por sus inclinaciones homosexuales y su amor por la bijouterie, se erige en “fashion expert” y le empieza a decir qué ponerse, cuándo ponérselo y cómo ponérselo, sin olvidar mencionar en cada ocasión posible las marcas auspiciantes. A esa altura la droga lleva un tiempo importante en el torrente sanguíneo del otrora humilde, y ya se la va creyendo. La metamorfosis continúa con los dos últimos aditamentos infaltables en la vida del famoso: el cirujano plástico y el agente de prensa. El primero se encarga de que el sujeto termine pareciéndose a Chuky, más los labios de Angelina Jolie y los pómulos de la Esfinge . Y el segundo termina la tarea decidiendo qué decir y a quién, y lo que es peor (y sucede casi siempre a espaldas del protagonista) cuánto se cobra por decirlo.
Y un día, aquel que nos conmoviera con su sencillez, ya no está más, y en su lugar no hay una persona de carne y hueso, sino una diva o divo que sufre crisis nerviosas cuando le preguntan si tiene pareja, o se niega a hablar de éxitos y fracasos, y sale corriendo asustado si lo ven haciendo algo tan común como comer, pasear o bailar…porque, según sus propias palabras, “¡no lo dejan vivir!”
El otro concepto que me intriga es el del mérito. Antes la fama era el colofón (consultar diccionario, se me fue el ataque pedagógico) de un largo camino que arrancaba con algún talento particular, sea la actuación, la danza, el canto, el deporte, la escritura, pintura, qué sé yo, algo que destaque. La notoriedad era por lo tanto un accesorio, un bonus que venía casi sin esperarlo, y que tenía que ver directamente con el deseo de que su arte se difundiera. El plus de la celebridad se toleraba con serenidad, esperando que con el tiempo se calmaran las aguas y quedara lo importante, aquello por lo que se habían preparado toda la vida. Supongo que si acá cito a Gran Hermano o cualquier otro reality la comparación se hace clarísima, pero como no les tengo mucha fe, se los detallo: ahora la fama se ha convertido en un fin en sí misma, en el OBJETIVO DE LOS OBJETIVOS. Basta con ver las entrevistas que hacen en los castings de cualquiera de esos programas: todos, sin excepción, manifiestan con un cierto brillo demente en la mirada, que lo único que quieren es ser famosos. Si yo fuera la entrevistadora –y por algo no lo soy- les preguntaría inmediatamente: ¿famoso por qué? Y se quedarían mudos, porque no tienen otra finalidad que esa, la fama. Estar expuestos hasta cuando se ponen un tampón a la vista de todo el mundo durante un par de semanas o, con suerte, meses, y luego, sufrir el acoso de fotógrafos, periodistas y fans. Volver a los orígenes un ratito nada más, si es que la picadora de carne que los contrató se los permite, tanto como para que degusten un segundo la tranquilidad que voluntariamente han perdido, y luego… ¡¡¡¡LA FAMA!!!!
Salir medio en pelotas en revistas, cuya calidad dependerá de los contactos del agente de prensa antes mencionado. Acudir a los programas de chimentos a contar el diámetro de los tampones o la calidad de su absorción, porque todos los demás datos la gente ya los tiene, los vio en todo su esplendor y miseria durante días y días. Vivir de las “presentaciones”, curioso invento que patentiza la decadencia del planeta –iba a poner Occidente, pero me parece que los hermanos asiáticos también se lucen en eso- y consiste en ir a una disco, un boliche, un restaurant o la pulpería de la esquina, y simplemente eso, “presentarse”. Se pasean por una pasarela saludando cual aspirante a reina de la vinagreta de berberechos, se sacan fotos con los marmotas que les hacen corro, y se les paga por eso. Si por casualidad en su entorno quedó alguien de la antigua vida que los quiera en serio y les advierta que se masca la tragedia, bueno, tal vez se aparten a tiempo con un dinerillo que invertirán en suplir el talento que jamás tuvieron y poner algún negocio medianamente lucrativo, donde las mieles de la fama les sacudirán cada tanto unas gotitas dulces al ser reconocidos por algún memorioso. Pero si no… Volvemos al ser torturado del ítem anterior, que se recluye, que escapa, que se emborracha, se empastilla, cambia de sexo, de pareja, de auto, que vive rodeado de una nube de oportunistas conocidos en mi país como “los amigos del campeón”… y que termina pidiendo a voz en cuello que lo dejen vivir en paz.
¿Qué paz, loco? ¿Esa que tenías cuando no eras famoso y lo único que querías era serlo? No te deprimas, hermano… ¡SOS FAMOSO!
“Fama” es un término que se empezó a usar en lengua castellana hace como diez siglos, pero ya venía. Del latín, donde se decía igualito pero con pollera de gajos de cuero o sábana enrollada, según Hollywood, y quería decir “noticia, rumor”. Y como ya sabemos, y si no se los voy a ir contando en mi estilo preciosista, los romanos no sólo se trajeron las estatuas y las aceitunas de Grecia, sino también las palabras (yo me pregunto, antes, ¿cómo hablaban?) En griego quiere decir hablar, anoticiar, comentar.
O sea, la fama es que hablen. El conocido “ladran, Sancho, señal que cabalgamos” del querido Quijote, que una tarde de hastío estudiantil adapté en “lanzan, Chancho, señal que han bebido mucho” de puro aburrida.
El que quiere fama sueña con que lo conozcan, que comenten de su vida, que lo saluden por la calle, que le pidan autógrafos, y sobre todo, que los ex compañeros de colegio y antiguos vecinos del barrio, se enteren… porque eso de ser profeta en la tierra de uno es primordial a la hora de la celebridad.
Todo este tema de soñar con la notoriedad, a la luz de los últimos tiempos, me ha despertado un par de reflexiones. Y yo no soy mujer de guardar reflexiones, miren si se me desreflexionan (el programita este delator de la compu ya me está advirtiendo que desreflexionar no existe, qué me importa, el artículo es mío y lo escribo como quiero). Así que se las cuento.
Una es el curioso proceso de aquellos que, en sus primeras apariciones públicas, ruborosos y transpirados, declaran no poder creer lo que están viviendo, que es su sueño hecho realidad, que al fin llegan, que estarán por siempre agradecidos a Zutano y Mengano por la oportunidad que les dieron (aclaración de ex periodista farandulera: Zutano y Mengano jamás son los verdaderos responsables del ingreso a las tapas de revistas, y en caso de ser así, si les dieron algo, seguro incluye alguna clase de acceso carnal). Bien. Van pasando las semanas, los meses, y aquella persona emocionada y agradecida va sufriendo una evidente transformación, casi casi como si hubiera ingerido una extraña droga.
Primero es el pelo: los agarra algún peluquero con ínfulas de ser llamado “estilista” y los transforma de normales en personajes de Dragonball Z, cargando extensiones y apliques que no superarían los detectores de los aeropuertos. Después es la ropa: otro arribista que pasó por una terrible infancia en el barrio por sus inclinaciones homosexuales y su amor por la bijouterie, se erige en “fashion expert” y le empieza a decir qué ponerse, cuándo ponérselo y cómo ponérselo, sin olvidar mencionar en cada ocasión posible las marcas auspiciantes. A esa altura la droga lleva un tiempo importante en el torrente sanguíneo del otrora humilde, y ya se la va creyendo. La metamorfosis continúa con los dos últimos aditamentos infaltables en la vida del famoso: el cirujano plástico y el agente de prensa. El primero se encarga de que el sujeto termine pareciéndose a Chuky, más los labios de Angelina Jolie y los pómulos de la Esfinge . Y el segundo termina la tarea decidiendo qué decir y a quién, y lo que es peor (y sucede casi siempre a espaldas del protagonista) cuánto se cobra por decirlo.
Y un día, aquel que nos conmoviera con su sencillez, ya no está más, y en su lugar no hay una persona de carne y hueso, sino una diva o divo que sufre crisis nerviosas cuando le preguntan si tiene pareja, o se niega a hablar de éxitos y fracasos, y sale corriendo asustado si lo ven haciendo algo tan común como comer, pasear o bailar…porque, según sus propias palabras, “¡no lo dejan vivir!”
El otro concepto que me intriga es el del mérito. Antes la fama era el colofón (consultar diccionario, se me fue el ataque pedagógico) de un largo camino que arrancaba con algún talento particular, sea la actuación, la danza, el canto, el deporte, la escritura, pintura, qué sé yo, algo que destaque. La notoriedad era por lo tanto un accesorio, un bonus que venía casi sin esperarlo, y que tenía que ver directamente con el deseo de que su arte se difundiera. El plus de la celebridad se toleraba con serenidad, esperando que con el tiempo se calmaran las aguas y quedara lo importante, aquello por lo que se habían preparado toda la vida. Supongo que si acá cito a Gran Hermano o cualquier otro reality la comparación se hace clarísima, pero como no les tengo mucha fe, se los detallo: ahora la fama se ha convertido en un fin en sí misma, en el OBJETIVO DE LOS OBJETIVOS. Basta con ver las entrevistas que hacen en los castings de cualquiera de esos programas: todos, sin excepción, manifiestan con un cierto brillo demente en la mirada, que lo único que quieren es ser famosos. Si yo fuera la entrevistadora –y por algo no lo soy- les preguntaría inmediatamente: ¿famoso por qué? Y se quedarían mudos, porque no tienen otra finalidad que esa, la fama. Estar expuestos hasta cuando se ponen un tampón a la vista de todo el mundo durante un par de semanas o, con suerte, meses, y luego, sufrir el acoso de fotógrafos, periodistas y fans. Volver a los orígenes un ratito nada más, si es que la picadora de carne que los contrató se los permite, tanto como para que degusten un segundo la tranquilidad que voluntariamente han perdido, y luego… ¡¡¡¡LA FAMA!!!!
Salir medio en pelotas en revistas, cuya calidad dependerá de los contactos del agente de prensa antes mencionado. Acudir a los programas de chimentos a contar el diámetro de los tampones o la calidad de su absorción, porque todos los demás datos la gente ya los tiene, los vio en todo su esplendor y miseria durante días y días. Vivir de las “presentaciones”, curioso invento que patentiza la decadencia del planeta –iba a poner Occidente, pero me parece que los hermanos asiáticos también se lucen en eso- y consiste en ir a una disco, un boliche, un restaurant o la pulpería de la esquina, y simplemente eso, “presentarse”. Se pasean por una pasarela saludando cual aspirante a reina de la vinagreta de berberechos, se sacan fotos con los marmotas que les hacen corro, y se les paga por eso. Si por casualidad en su entorno quedó alguien de la antigua vida que los quiera en serio y les advierta que se masca la tragedia, bueno, tal vez se aparten a tiempo con un dinerillo que invertirán en suplir el talento que jamás tuvieron y poner algún negocio medianamente lucrativo, donde las mieles de la fama les sacudirán cada tanto unas gotitas dulces al ser reconocidos por algún memorioso. Pero si no… Volvemos al ser torturado del ítem anterior, que se recluye, que escapa, que se emborracha, se empastilla, cambia de sexo, de pareja, de auto, que vive rodeado de una nube de oportunistas conocidos en mi país como “los amigos del campeón”… y que termina pidiendo a voz en cuello que lo dejen vivir en paz.
¿Qué paz, loco? ¿Esa que tenías cuando no eras famoso y lo único que querías era serlo? No te deprimas, hermano… ¡SOS FAMOSO!
sábado, 15 de enero de 2011
La casta de los pangolines
No la emprenderé una vez más con aquello de que “antes, bla bla bla” (aunque me muero de ganas). Además, ustedes no entenderían qué tiene que ver la nostalgia con los pangolines.
Para los que no ven Animal Planet y están pensando en una especie de locos con turbante que deambulan por calles polvorientas anunciando catástrofes o bendiciendo vacas, les cuento. Los pangolines son unos animalitos parecidos a nuestras autóctonas mulitas, también llamados quirquinchos o futuros charangos. Si el lector no es argentino… no sé qué hace leyéndome, pero en fin, un pangolín es como un erizo haaarto crecido, que en lugar de púas tiene unas escamas tipo alcaucil, medio puntudas e inexpugnables.
¿Y a qué viene todo eso?
Haga la prueba, dele. Vaya al cuarto de sus adorables crías, léase hijitos entre 13 y 25 años más o menos, párese cerca de la puerta y grite: ¡¡¡¡Por favor, ayuda!!!! y arroje algo pesado al suelo, como si fuera usted mismo. Espere unos segundos… luego espere unos minutos, después algunos minutos más, y cuando llegue a media hora, dese por vencido. No van a acudir.
Paso 2: irrumpa en el cuarto del o los susodichos. Si logra discernir dónde se encuentran (le aconsejo que use uno de esos sensores térmicos de actividad humana –bueh, humana…- como tenía Depredador) en medio de camas sin tender, medias huérfanas de compañeros, ropas varias con diferentes grados de mugre, puchos de sabe Dios qué, cajitas infelices de hamburguesas a medio comer, envases de diecisiete clases de bebidas gaseosas, e innumerables envoltorios de chicles, todos rodeando el cesto de los papeles, que claro, está vacío salvo por un par de escupidas que sí dieron en el blanco…sigo, si encuentra a sus vástagos, interpélelos ásperamente acerca de su indiferencia filial, tipo: -¿No escuchaste que te llamaba, que te necesitaba? Espere otra interminable tanda de minutos, y el diálogo será algo más o menos así:
-¿Eh?
-¡Que te estaba llamando!
-¿Qué hacés en MI cuarto?
-¡Te estaba llamando, te necesitaba!
-¿Y por qué entraste a MI cuarto?
-Te dije, porque te estuve llamando y nada…
-¿Nada qué, no ves que estaba ocupado?
-¿Ocupado? ¡Si estás como siempre, idiotizado frente a la pantalla de la computadora!
-Estoy bajando “La venganza de los vampiros babeantes”… ¿y vos qué hacés en MI cuarto?
-Te recuerdo que TU cuarto está en MI casa… y ya te dije, te necesitaba
-Ah sorry, TU casa, perdón por respirar, por existir, por estar… Pará, ¿no sonó el timbre? Cierto, TU timbre. ¿Podés ver si llegó MI novia que viene a ocupar un espacio de TU casa? ¿Hay comida?
Les ahorro el resto de la escena, porque sigue toda más o menos así. Y lo mismo si el tema es que usted está llorando, ardiendo de fiebre, ausente todo el fin de semana, o decide separarse de su marido, incluso si el marido es el propio padre de los engendros.
La respuesta será siempre igual: ninguna. Están como los monitos de las estatuitas: no escuchan, no ven, no hablan… con nosotros, claro. La indiferencia que los habita hacia todo lo que no tenga que ver con ese mundo exclusivo que se han creado a nuestra costa, es significativa. Y me recordaron a los animalejos esos.
Los pangolines usan las púas-escamas como medio de defensa. Nuestros hijos ni siquiera las usan, no tienen que defenderse de nadie, porque les hemos allanado tanto el camino que van a ciegas, con la vista fija en el ipod, mp4, blackberry o el culito de adelante. ¿Las escamas? Creen que son mugre, que ya saldrá cuando decidan bañarse… un día de estos.
¡Y nosotros que nos reíamos de las historietas con mutantes!
Para los que no ven Animal Planet y están pensando en una especie de locos con turbante que deambulan por calles polvorientas anunciando catástrofes o bendiciendo vacas, les cuento. Los pangolines son unos animalitos parecidos a nuestras autóctonas mulitas, también llamados quirquinchos o futuros charangos. Si el lector no es argentino… no sé qué hace leyéndome, pero en fin, un pangolín es como un erizo haaarto crecido, que en lugar de púas tiene unas escamas tipo alcaucil, medio puntudas e inexpugnables.
¿Y a qué viene todo eso?
Haga la prueba, dele. Vaya al cuarto de sus adorables crías, léase hijitos entre 13 y 25 años más o menos, párese cerca de la puerta y grite: ¡¡¡¡Por favor, ayuda!!!! y arroje algo pesado al suelo, como si fuera usted mismo. Espere unos segundos… luego espere unos minutos, después algunos minutos más, y cuando llegue a media hora, dese por vencido. No van a acudir.
Paso 2: irrumpa en el cuarto del o los susodichos. Si logra discernir dónde se encuentran (le aconsejo que use uno de esos sensores térmicos de actividad humana –bueh, humana…- como tenía Depredador) en medio de camas sin tender, medias huérfanas de compañeros, ropas varias con diferentes grados de mugre, puchos de sabe Dios qué, cajitas infelices de hamburguesas a medio comer, envases de diecisiete clases de bebidas gaseosas, e innumerables envoltorios de chicles, todos rodeando el cesto de los papeles, que claro, está vacío salvo por un par de escupidas que sí dieron en el blanco…sigo, si encuentra a sus vástagos, interpélelos ásperamente acerca de su indiferencia filial, tipo: -¿No escuchaste que te llamaba, que te necesitaba? Espere otra interminable tanda de minutos, y el diálogo será algo más o menos así:
-¿Eh?
-¡Que te estaba llamando!
-¿Qué hacés en MI cuarto?
-¡Te estaba llamando, te necesitaba!
-¿Y por qué entraste a MI cuarto?
-Te dije, porque te estuve llamando y nada…
-¿Nada qué, no ves que estaba ocupado?
-¿Ocupado? ¡Si estás como siempre, idiotizado frente a la pantalla de la computadora!
-Estoy bajando “La venganza de los vampiros babeantes”… ¿y vos qué hacés en MI cuarto?
-Te recuerdo que TU cuarto está en MI casa… y ya te dije, te necesitaba
-Ah sorry, TU casa, perdón por respirar, por existir, por estar… Pará, ¿no sonó el timbre? Cierto, TU timbre. ¿Podés ver si llegó MI novia que viene a ocupar un espacio de TU casa? ¿Hay comida?
Les ahorro el resto de la escena, porque sigue toda más o menos así. Y lo mismo si el tema es que usted está llorando, ardiendo de fiebre, ausente todo el fin de semana, o decide separarse de su marido, incluso si el marido es el propio padre de los engendros.
La respuesta será siempre igual: ninguna. Están como los monitos de las estatuitas: no escuchan, no ven, no hablan… con nosotros, claro. La indiferencia que los habita hacia todo lo que no tenga que ver con ese mundo exclusivo que se han creado a nuestra costa, es significativa. Y me recordaron a los animalejos esos.
Los pangolines usan las púas-escamas como medio de defensa. Nuestros hijos ni siquiera las usan, no tienen que defenderse de nadie, porque les hemos allanado tanto el camino que van a ciegas, con la vista fija en el ipod, mp4, blackberry o el culito de adelante. ¿Las escamas? Creen que son mugre, que ya saldrá cuando decidan bañarse… un día de estos.
¡Y nosotros que nos reíamos de las historietas con mutantes!
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