jueves, 4 de noviembre de 2010

ALBUM DE BODAS - EL SECRETO DE SU OJO

Ustedes ya me han oído decir –los que gozan del tremendo privilegio de mi amistad- en gran cantidad de oportunidades, y con el énfasis necesario según el comentario, que “lo que escribo no necesariamente es autobiográfico”. Bueno, aunque lo que sigue les parezca salido de mi imaginación febril, les juro por todo el cancionero de Joan Manuel Serrat que es verdad.
Eduardo era (y creo que sigue siendo) un tipo alto, buen mozo, seductor, divertido y todo lo demás, pero al llegar a sus verdes ojos, algo no cerraba. Una como ausencia de expresión, un esquivar la mirada, un pestañear desparejo…
En algún momento de mi turbulenta adolescencia me pretendió brevemente, entre novios, haciéndome objeto de un acoso automovilístico que en aquellos años –no sé ahora- se llamaba “hacer la pasadita”: el tipo pasaba y pasaba y pasaba con el auto por la puerta de tu casa hasta que ¡zas! te enganchaba al salir y se ofrecía a llevarte. Bueno, de esa serie de escaramuzas sentimentales rápidamente abortadas por un compromiso matrimonial con un novio persistente y recidivo como las fiebres palúdicas, le había quedado el apodo de “Ojito” por parte de mis creativas amigas. Cada tanto, con el correr de los años, surgía su nombre y las chicas –ya no tan chicas- se preguntaban: ¿qué será de la vida de “Ojito”?
Bueno, Ojito reapareció en mi vida cuando ya había despachado un marido y estaba en ese oscuro período de rehabilitación amorosa en el que no sabemos si queremos repetir, más o menos como cuando se te muere un perro y vienen con la oferta de otro (perdonen la metáfora, jeje). Esta vez no desaprovechó la oportunidad dando vueltas con el auto y se bajó, encaró, insistió y obtuvo una cita. Como ya soy grande y aprendí mucho con los años –y ni les cuento todo lo que olvidé- en esa primera cita abordé el tema con mi inexistente diplomacia, y mirándolo fijamente le dije: Sólo te haré una pregunta: ¿Cuál es el bueno? La historia de qué era lo que le había pasado no viene al caso, la cuestión es que lo que había en el lugar del ojo era una obra maestra de la ciencia oculística (¿se dice así?)… pero no era su ojo. El muchacho era adinerado, y el dato viene al caso porque no es lo mismo uno de cinco pesos, que más se parece a una bolita de las que mi hermano atesoraba de niño y yo escamoteaba en planificadas venganzas, que el que portaba él, que parecía firmado por Miguel Ángel. Ni aún mirándolo a la luz del sol te dabas cuenta de que no era propio. Bueno, propio era, porque lo había pagado. No sólo ese, sino también su correspondiente repuesto. Cada tanto acudía a un centro especializado, donde una serie de… ¿ojólogos? se lo renovaban para que no desentonara con el otro. Uds. me dirán: ¿un ojo puede desentonar con el otro? ¡Si no cantan! No cantan pero se ven, señora, señor… y un tipo de cincuenta con un ojo de treinta y dos queda más o menos como yo con minishort, y no agregaré comentarios.
Bien, Ojito y yo nos casamos, previa advertencia de mi parte acerca de dos situaciones absolutamente prohibidas en la convivencia: tirarse uno (ya saben qué) y sacarse el ojo. Su lacónica respuesta fue: delante de ti no me lo voy a sacar, en cuanto a lo otro, bueno, tirarme no, pero se me puede caer (y no hablaba del ojo).
Yo aporté al matrimonio a mi vástago, por entonces de cuatro o cinco años, y él otros dos, varones también, de nueve y trece, con lo cual se compuso un trío de temer. Otro día les cuento las aventuras y desventuras de ser madre ajena y por unos días. Pero lo curioso en esta historia, además del ojo, es que la mamá de los niños aportados –o sea la ex de Ojito- y yo nos hicimos amigas. Claro, tanto chico que iba y venía, que por favor buscamelo en básquet que no llego, que tenemelo dos días que nos rajamos a la playa, que dale una mano en historia que si no lo mato, que fijate si te quedó alguna camisa de vestir que les vaya chica a los tuyos… hicimos causa común, además de marido, amistad que, despachado el marido que fue, continúa hasta hoy.
Con mi invalorable sentido del humor, acuñé varios apodos para el sujeto, todos referidos a su ojo falso: Polifemo, cíclope, o simplemente voscallatetuerto eran usados a mansalva, para festejo del hijerío mutuo e indiferencia sonriente de él, lo que me aseguraba que me seguía amando, que si no… Yo era consciente de que si continuaba a mi lado era porque sólo me veía medio gorda, medio loca, medio brava, lo que me daba una ventaja interesante.
Ojito había dejado tras de sí al abandonar el hogar matrimonial el ojo de repuesto anterior (no salga sin él) lo que como imaginarán me daba pie para comentarios tipo “el novio de tu ex mujer se debe sentir observado, pobre” y tonterías parecidas.
Una vez de las tantas que se reunía la familia disociada que habíamos compuesto con todos los ex y los vigentes, viene la mamá de los niños (me ha prohibido que la mencione con su nombre, así que Norita, juro que no lo haré) y le dice: Eduardo, a vos te va a parecer muy loco, pero… ¿puedo disponer del ojo que te dejaste en casa? Ojito la miró medio sorprendido (ya sabemos que todo lo veía a medias) y le dijo que sí. No era para una macumba, ella es incapaz de esas cuestiones, sino para una obra de bien, ya que conocía a una mamá que necesitaba una prótesis ocular (nombre culto de lo que todos conocemos como ojo ´e vidrio) para su hijo y ella, adelantándose (y seguro sorprendiendo también a la pobre mujer) se lo había ofrecido. Y allá fue el ojito viejo del Ojito, saliendo por fin del placard donde se encontraba obligado a presenciar escenas escabrosas protagonizadas por la madre de sus hijos y otro señor.
Como el tipo se ve que tenía la costumbre de andar dejando ojos por el camino, al separarnos también se dejó el repuesto en casa. Yo veía la cajita cada vez que buscaba el pasaporte. No me pregunten por qué estaba el coso ese donde yo guardo los documentos importantes. Yo misma desconozco la diversa entidad que le concedo a las cosas, ¡con decirles que en el estante de las especias guardo los recibos de sueldo!
Durante nuestro matrimonio me había negado rotundamente a contemplar el artefacto, cosa que después la escena no actuara negativamente a la hora del sesssso. Imaginen: una revolcándose en los brazos del amado y de pronto, en uno de los habituales piquetes que me hace mi única neurona se me apareciera el repuestito… adiós calentura, y además, imposible de explicar, pobre hombre.
Pero hete aquí que una noche, ya desaparecido el señor de mi estado civil, mi casa y mi presupuesto, estábamos con una amiga mirando tele, cómodamente desparramadas en la enorme cama que el propio Ojito tuvo el buen gusto de dejar también a su paso (la verdad, se la quiso llevar, pero la defendí con mi vida), la loca me dice: che, ¿si miramos el ojo de Eduardo? Total, ahora no te va a dar impresión. Coincidí con ella en que la película era aburridísima y mi vida sexual (que ya no coprotagonizaba Ojito) no correría peligro por ver el adminículo, así que abrí el cajón, abrí la cajita… y saltó la mirada verde y luminosa de Eduardo entre nosotras, tan vívida y carente de imaginación como el antiguo portador del artefacto… las dos pegamos un grito, espantadas (y mire que para espantarnos a nosotras hace falta bastante) y el ojito del Ojito quedó allí, entre el acolchado y las migas de las galletitas, acusándonos de sacrílegas.
Si su ex se deja la faja de la hernia, la redecilla del pelo, la pomada antihemorroidal, o algo igualmente asqueroso como las fotos de su mamá cuando era joven… me surgen dos reflexiones: bien echado que fue el tipo… y ud. también deja bastante que desear a la hora de buscar pareja.
Y lo digo yo, que fui mujer del Ojito.