La vida nos ha ido pasando.
Por la cara, por el cuerpo, por el estado civil, por la balanza, por el placard, por el oculista, en fin, como el listado es lamentable no sigo. Pero no pasa en vano, nononono. Tanto que se ha caído, que ha aumentado de tamaño, que se ha ido o que se ha instalado para quedarse, ha dejado sus lecciones.
Una de ellas es la de conocerse a sí mismo. Es cierto, se extraña un poco esa sensación de corazón en la boca, de expectativa absoluta que nos tomaba de sorpresa ante un acontecimiento nuevo, y que resumíamos en : ¿y qué haría alguien como yo en esta situación? Ahora ya lo sabemos, porque hemos vivido, como la Scherezade del cuento, mil y una noches... con sus días, también, que no todo es copetines y bombachas.
Otra de las cosas que sabemos con bastante certeza es la de cómo debería un señor seducirnos. Bueno, seducirnos, digamos, llegar a nosotras con probabilidades de éxito, lograr algo más que el anodino cafecito a las ocho de la noche en un sitio medianamente concurrido pero no por nuestras amistades, que no compromete a nada si no queremos, y que puede terminar en una larga y deliciosa cena llena de confidencias y descubrimiento mutuo si queremos.
Pongámosle que ya pasamos por lo del cafecito, incluso por lo de la cena, aún más, hubo como tres cenas, decenas de llamados telefónicos, mails y sesiones de chat y un par de encuentros cercanos que resultaron gratos. El señor, por lo tanto, conoce nuestra situación de mujer independiente, librepensadora, divorciada reincidente, madre de un adolescente y joven bella y veleidosa en retiro efectivo. Seguramente también ha vislumbrado el corrosivo humor que nos habita, con el añadido de un sentido del ridículo tan desarrollado que limita considerablemente las iniciativas.
¿Qué hace el pobre tipo, entonces? Puede hacer mil cosas, todas ellas con resultados positivos. Pero como no es mi misión en este momento facilitarle taaaaaanto la tarea, le voy a advertir de una o dos que NO debe hacer.
Primer mandamiento: no hable mal de sus ex.
Aunque la predecesora haya sido efectivamente una bruja mal parida, avariciosa, egoísta e infiel, deje que una lo descubra de a poco o como resultante de exhaustivos interrogativos disfrazados de interés. O nunca. Pero por más que la herida siga sangrando, mucho o poco, a la altura del corazón o de la billetera, no lo ande declamando. No sólo no calienta a nadie, sino que constituye un pésimo antecedente, porque una inmediatamente tomará partido por la denostada, por la sencilla razón de que quizás simultáneamente, en otro restaurante igual de caro y mal iluminado, su ex está haciendo lo mismo que el señor en cuestión.
Segundo veto: no proclame su adhesión al no compromiso en la primera cita. Actualícese, caballero, las damas, sobre todo las que ya hemos pasado un par de veces por eso, generalmente TAMPOCO queremos compromiso, pero usted ni siquiera se ha tomado todavía el tiempo de averiguarlo, y se pone a abrir el ominoso paraguas del Porlasdudas, que ya no engaña a nadie. No es que usted no quiera volver a ser lastimado en sus sentimientos ni presentarle otra novia a su familia... ya ha quedado estadísticamente establecido que lo único que teme es que le asalten su patrimonio, y eso, mi querido, transforma lo que podría haber sido un buen comienzo en una batalla de género, que tal vez ninguno de los dos deseaba entablar.
Y por último: no intente llegar a ella a través de sus hijos. Todavía recuerdo una vez que entramos a casa con mi cachorro, él se abalanzó como siempre al contestador del teléfono, y luego de escuchar a un ignoto señor dirigiéndose a él, no a mí, y presentándose como alguien que llegaría a su vida para pasarla re bien juntos, me mira y me dice: Ja, otro que me quiere llevar a pescar. Lapidaria frase que resume una importante lección: los chicos quieren a la madre, la aman, la reverencian, la protegen... si usted la hace feliz, ellos lo apreciarán, porque ya la han visto pasarla mal. Dedíquese a ella, que la cría no es tonta.
De nada.
martes, 30 de marzo de 2010
domingo, 28 de marzo de 2010
Verdades no pedidas... ¡comida para peces!
Desde que una es chiquita, le insisten con muchas cosas: que la bombachita tiene que estar limpita siempre porque no sabemos qué puede pasar (¿qué puede pasar? me pregunto hoy... que se enteren que la bombachita está sucia, y listo, no murió nadie, ni le van a hacer el adn a ver si el barro era de la plaza de la esquina o del patio de atrás, ni van a llamar a nuestros progenitores para recriminarles tan mala educación... además, ¿qué tiene que hacer alguien verificando el nivel de limpieza de nuestra ropa interior? un degenerado, seguro, con lo cual el otro tema pasa a un segundo plano, listo, otro mito al tacho), que no hay que pelearse jamás con el hermano (¡Como si hubiera otra víctima mejor! Le pegamos, lo sometemos a órdenes arbitrarias, y si osa reaccionar, chillamos como condenadas, y siempre, pero siempre, liga él que es el varónytenésquecuidaratuhermanitaqueeschiquitaynosepuededefender), que hay que saludar a los mayores (claro que no toman en cuenta que a los cinco años el mundo entero es mayor que uno, deberían establecer un rango un poco más preciso, tipo "saludar a los que se inclinan hacia nosotros con cara amable" pero ahí podemos tropezar con el asqueroso degenerado de recién, que luego nos revisará la bombachita etc etc etc)... y claro, que hay que decir siempre la verdad.
La verdad, amigos míos, es un elemento que como el mercurio, adquiere formas variadas, y como los clásicos que me tuve que deglutir en la facultad, tiene mil lecturas.
Si tu papá le dice a tu mamá: cuando llame Gutiérrez decile que no estoy... no es una mentira, eh, es un cheque rebotado, o uno que le quiere vender un seguro. Si mamá promete a la tía Clarita que no comentará con nadie que se tiene que operar las várices, y ni bien se va Clarita llama a Marta y se lo cuenta, no es que le mintió a Clarita, es que tiene una amistad más profunda con Marta.
Si papá nos mira a los ojos de modo penetrante y nos pregunta: nena, ¿vos todavía sos virgen? y le contestamos que sí a pesar de que Maxi primero y El Colo unos meses después nos hayan enseñado diversas piruetas amatorias en sitios por demás incómodos... no es una mentira, se llama piedad. Si esa pregunta la hace mamá, y recibe la misma respuesta, tampoco es una mentira, ni se llama piedad, sino simple supervivencia.
Y así, mientras vamos por la vida, comprendemos que aquella niñita que decía: sí, se me rompió a mí, y se comía varias semanas sin tele, se ha transformado en una dama que apenas parpadea al decir: no sé, vida, ¿estás seguro que no compraste nada más y te olvidaste que lo habías pagado con esa tarjeta?
Ahora bien, esa dama que fue niñita tiene amigas, personas que o se han criado con ella o simplemente la quieren y son correspondidas por un montón de otras razones. Esas amistades están basadas en un principio de igualdad, otro de ganas de compartir momentos, si es posible una coincidencia de talles, porque no hay nada más incómodo que una amiga que no te pueda prestar pilchas, y claro, la absoluta confianza en que nuestra amiga nos dirá siempre la verdad... jeje, acá las quería agarrar.
Porque ahí también la verdad asume diversos rostros. Eeeeeeeeeeeejemplo, gritábamos en clase cuando teníamos ganas de joder mientras el profe se desmelenaba en el pizarrón.
Llega Cecilia a casa hecha un mar de lágrimas, porque ha comprobado una vez más (ya llevamos dos años con la historia) que Ignacio no sólo sigue casado con "esa", sino que ahora "esa" está embarazada, a pesar de que, según Ignacio, hace años que duermen en cuartos separados, y sólo siguen viviendo juntos por los chicos (que ahora en vez de tres serán cuatro). Una es buena amiga, y ya ha intentado que Ceci comprenda que ese tremendo turro jamás se va a separar, porque entre otras cosas ella ya se la hizo fácil y aceptó mansamente la situación, y porque le sigue creyendo todos sus bolazos. Incluso Ceci se ha enojado con una porque "dice Nacho que no era él el que vos viste en Brasil con esa que se parece a la mujer, que él estaba en Formosa como me dijo a mí, y que vos sólo querés separarnos". Cientos de situaciones parecidas nos hacen comprender dos cosas: que es inútil que sigamos poniendo a Ceci frente a la verdad, porque no le interesa en lo más mínimo, y que igual la queremos y está sufriendo como una chiva. ¿Qué hacemos entonces? Abrimos los brazos, buscamos los pañuelos de papel, y repetimos como una letanía "pero sí, seguro que ella lo buscó, vas a ver que igual se va a separar más adelante, quedate tranquila, sí que te quiere, está confundido nomás" aunque por dentro el fuego sagrado de la furia asesina se alimenta lenta pero seguramente.
Ooooooooootro ejemplo: Juli se viene matando de hambre hace seis meses, con el noble propósito de entrar en su vestido de novia. Nosotras ya sabemos que Juli ES gordita, que no va a bajar nunca de peso y que Mario la quiere igual así, si no no se casaría, pero ella sigue pensando que si llega a la boda doce kilos más flaca, la va a querer más todavía. Nos mira, da una vueltita y dice: ¿Y? ¿No se nota que ya bajé un montón? No, no se nota, pensamos, pero cómo te quiero Juli de mi vida... y decimos: ¡Loca, estás re flaca!
Ustedes ya me conocen, no se piensen que me voy a quedar en estos pueriles ejemplos, era para ir calentando la máquina nomás.
Porque por fin llegamos al ámbito tan temido, el círculo del infierno que ni siquiera Dante se atrevió a perfilar: el de las confesiones de pareja.
Él pregunta, en medio de un abrazo candente, y luego de una bravía demostración de su capacidad amatoria: decime, ¿alguna vez hiciste esto? Una ni lo piensa, porque cómo nos vamos a poner a pensar algo que ya tenemos absolutamente decidido incluso antes de que él nos dejara tan agradablemente exhaustas, y contesta: Jamássssssssssss, nunca me había animado, pero claro, tenías que llegar vos.
O bien: ese Gustavo amigo tuyo, el novio de Marita, ¿no tuvo nunca nada con vos? Tampoco lo pensamos,porque si no tendríamos que recordar un par de gratificantes encuentros con Gus, que no pasaron de eso y sirvieron para que hoy Gus y una seamos amigos, e incluso para que Marita nos aprecie sin resquemores, así que el "¡Cuándo no! ¿Una mujer no puede tener un amigo sin que enseguida se piense que hubo algo? No, chuchi, nada que ver" sale naturalmente como agua de la canilla.
Podría seguir hasta el infinito, porque yo sé que ustedes están esperando reconocerse en alguna de las situaciones, no hay nada más divertido, bueno, sí hay, pero no mientras me leen a mí, o sí, siempre que no se distraigan demasiado, como estoy haciendo yo ahora en lugar de cerrar este artículo...
Resumiendo: en muchas ocasiones, decir la verdad no nos convierte en paladines de la justicia, sino en impiadosos egoístas que amparados en un ridículo principio que siempre se enunció con palabras pero rara vez se confirmó con los hechos, vamos por la vida proclamando la edad de una, las deudas de otro, los cuernos de un tercero... Y no me vengan con que soy una porquería de persona, porque cuando hace falta, cuando imagino que haré un bien en lugar de sacarme el gusto y joder al prójimo, nadie me calla.
La verdad no es popular, no hay nada que hacerle. Y miren que les estoy diciendo la pura verdad, eh.
La verdad, amigos míos, es un elemento que como el mercurio, adquiere formas variadas, y como los clásicos que me tuve que deglutir en la facultad, tiene mil lecturas.
Si tu papá le dice a tu mamá: cuando llame Gutiérrez decile que no estoy... no es una mentira, eh, es un cheque rebotado, o uno que le quiere vender un seguro. Si mamá promete a la tía Clarita que no comentará con nadie que se tiene que operar las várices, y ni bien se va Clarita llama a Marta y se lo cuenta, no es que le mintió a Clarita, es que tiene una amistad más profunda con Marta.
Si papá nos mira a los ojos de modo penetrante y nos pregunta: nena, ¿vos todavía sos virgen? y le contestamos que sí a pesar de que Maxi primero y El Colo unos meses después nos hayan enseñado diversas piruetas amatorias en sitios por demás incómodos... no es una mentira, se llama piedad. Si esa pregunta la hace mamá, y recibe la misma respuesta, tampoco es una mentira, ni se llama piedad, sino simple supervivencia.
Y así, mientras vamos por la vida, comprendemos que aquella niñita que decía: sí, se me rompió a mí, y se comía varias semanas sin tele, se ha transformado en una dama que apenas parpadea al decir: no sé, vida, ¿estás seguro que no compraste nada más y te olvidaste que lo habías pagado con esa tarjeta?
Ahora bien, esa dama que fue niñita tiene amigas, personas que o se han criado con ella o simplemente la quieren y son correspondidas por un montón de otras razones. Esas amistades están basadas en un principio de igualdad, otro de ganas de compartir momentos, si es posible una coincidencia de talles, porque no hay nada más incómodo que una amiga que no te pueda prestar pilchas, y claro, la absoluta confianza en que nuestra amiga nos dirá siempre la verdad... jeje, acá las quería agarrar.
Porque ahí también la verdad asume diversos rostros. Eeeeeeeeeeeejemplo, gritábamos en clase cuando teníamos ganas de joder mientras el profe se desmelenaba en el pizarrón.
Llega Cecilia a casa hecha un mar de lágrimas, porque ha comprobado una vez más (ya llevamos dos años con la historia) que Ignacio no sólo sigue casado con "esa", sino que ahora "esa" está embarazada, a pesar de que, según Ignacio, hace años que duermen en cuartos separados, y sólo siguen viviendo juntos por los chicos (que ahora en vez de tres serán cuatro). Una es buena amiga, y ya ha intentado que Ceci comprenda que ese tremendo turro jamás se va a separar, porque entre otras cosas ella ya se la hizo fácil y aceptó mansamente la situación, y porque le sigue creyendo todos sus bolazos. Incluso Ceci se ha enojado con una porque "dice Nacho que no era él el que vos viste en Brasil con esa que se parece a la mujer, que él estaba en Formosa como me dijo a mí, y que vos sólo querés separarnos". Cientos de situaciones parecidas nos hacen comprender dos cosas: que es inútil que sigamos poniendo a Ceci frente a la verdad, porque no le interesa en lo más mínimo, y que igual la queremos y está sufriendo como una chiva. ¿Qué hacemos entonces? Abrimos los brazos, buscamos los pañuelos de papel, y repetimos como una letanía "pero sí, seguro que ella lo buscó, vas a ver que igual se va a separar más adelante, quedate tranquila, sí que te quiere, está confundido nomás" aunque por dentro el fuego sagrado de la furia asesina se alimenta lenta pero seguramente.
Ooooooooootro ejemplo: Juli se viene matando de hambre hace seis meses, con el noble propósito de entrar en su vestido de novia. Nosotras ya sabemos que Juli ES gordita, que no va a bajar nunca de peso y que Mario la quiere igual así, si no no se casaría, pero ella sigue pensando que si llega a la boda doce kilos más flaca, la va a querer más todavía. Nos mira, da una vueltita y dice: ¿Y? ¿No se nota que ya bajé un montón? No, no se nota, pensamos, pero cómo te quiero Juli de mi vida... y decimos: ¡Loca, estás re flaca!
Ustedes ya me conocen, no se piensen que me voy a quedar en estos pueriles ejemplos, era para ir calentando la máquina nomás.
Porque por fin llegamos al ámbito tan temido, el círculo del infierno que ni siquiera Dante se atrevió a perfilar: el de las confesiones de pareja.
Él pregunta, en medio de un abrazo candente, y luego de una bravía demostración de su capacidad amatoria: decime, ¿alguna vez hiciste esto? Una ni lo piensa, porque cómo nos vamos a poner a pensar algo que ya tenemos absolutamente decidido incluso antes de que él nos dejara tan agradablemente exhaustas, y contesta: Jamássssssssssss, nunca me había animado, pero claro, tenías que llegar vos.
O bien: ese Gustavo amigo tuyo, el novio de Marita, ¿no tuvo nunca nada con vos? Tampoco lo pensamos,porque si no tendríamos que recordar un par de gratificantes encuentros con Gus, que no pasaron de eso y sirvieron para que hoy Gus y una seamos amigos, e incluso para que Marita nos aprecie sin resquemores, así que el "¡Cuándo no! ¿Una mujer no puede tener un amigo sin que enseguida se piense que hubo algo? No, chuchi, nada que ver" sale naturalmente como agua de la canilla.
Podría seguir hasta el infinito, porque yo sé que ustedes están esperando reconocerse en alguna de las situaciones, no hay nada más divertido, bueno, sí hay, pero no mientras me leen a mí, o sí, siempre que no se distraigan demasiado, como estoy haciendo yo ahora en lugar de cerrar este artículo...
Resumiendo: en muchas ocasiones, decir la verdad no nos convierte en paladines de la justicia, sino en impiadosos egoístas que amparados en un ridículo principio que siempre se enunció con palabras pero rara vez se confirmó con los hechos, vamos por la vida proclamando la edad de una, las deudas de otro, los cuernos de un tercero... Y no me vengan con que soy una porquería de persona, porque cuando hace falta, cuando imagino que haré un bien en lugar de sacarme el gusto y joder al prójimo, nadie me calla.
La verdad no es popular, no hay nada que hacerle. Y miren que les estoy diciendo la pura verdad, eh.
martes, 23 de marzo de 2010
De cuando intentamos salvar al niño de las llamas del infierno
Una tuvo una educación.
Fue hace mucho, pero creo recordar que algo hubo.
Como doce años en manos de una extraña sociedad de mujeres vestidas anacrónicamente de negro, con trapos en la cabeza, una especie de babero de tela enyesada blanco, y un collar rarísimo, con pelotas mal ensartadas (qué linda imagen, de todas maneras) que terminaba en dos palos cruzados con un pobre señor acostado sobre ellos, con aspecto de no estar pasándola bien. Monjas se llamaban, ya me acordé.
Mi hermano pasó por una experiencia similar, pero a cargo de señores pollerudos con malas costumbres, que iban desde pegarles reglazos en los dedos a los niños díscolos, a sentarlos en sus rodillas y decirles que buscaran caramelos en su laaaaaaaaaaaaargos bolsillos, proceso que según recuerdan los ex niñitos, generaba amplias sonrisas en los rostros de los educadores.
Mis padres tuvieron buena voluntad, no los culpo. Y si tengo que hacer el balance, no fue tan terrible. Lo pasábamos bien, todas mujeres, ocupando nuestro tiempo en organizar travesuras que a la luz de lo que hacen los delincuentes juveniles de hoy eran para Plaza Sésamo. Pero otro día se los cuento.
La cosa es que, salidos ambos de esos marmóreos y carísimos claustros, nos empacamos, mi hermano y yo, en no seguir practicando esa religión. Calculamos que las misas, rosarios y vía crucis ya deglutidos nos garantizarían por lo menos un salvoconducto precario, cuestión de llegar frente al Encargado del Edificio y ahí sí, hacer valer nuestros bonus y conseguir por lo menos una buena ubicación, lejos del tan temido Subsuelo, a cargo del Tipo de Colorado.
Mi padre asumió la decepción con su habitual ironía y sentido del humor, comentando a cada observación hereje de nuestra parte: plata tirada... refiriéndose a las cuotas, uniformes, libros y donaciones que eran compulsivamente exigidas con el único placebo de una sonrisa amable, que duraba lo que la entrega efectiva de la donación.
Mi madre, que era bastante más combativa, a pesar de que el militar era él, gritó, pataleó, denostó, criticó, puso cara de oler vinagre, amenazó con retirar afecto, ñoquis caseros y desayunos en la cama... sólo obtuvo que alguna de tantas veces que lo hicimos, nos casáramos por iglesia, más por la joda posterior que por la santidad del sacramento, que a esa altura de nuestras vidas significaba un palito de masa con mermelada adentro, o jamón y queso, que se comía con el mate o en la ruta a mar del plata, y no una institución insoslayable de nuestras creencias.
Yo siempre fui más rebeldona que el divino de mi hermano. Ya se van a enterar por el anecdotario con el que pienso aburrirlos por acá. Así que cuando mi hijo nació, hubo miradas ansiosas, y una consulta tímida: ¿Lo vas a bautizar? Consejo: no tomen decisiones apresuradas cuando estén recién paridas, una está con las defensas bajas, exceso de peso y poco sueño. Y el niño fue bautizado en una bella ceremonia, que no fue en una iglesia sino en una especie de gruta (con permiso especial, mis padres hacían cualquier gestión con tal de salvar a su nieto del Purgatorio, que les aclaro, no es un sitio donde les dan laxantes todo el tiempo, sino algo como una tierra de nadie, un Hotel de Inmigrantes donde esperan que el trámite se concluya con éxito... no sé, a mí no me parece tan terrible, pero como dije, estaba flojita de principios) Hubo torta, padrinos contentos, abuelos idem, padres exhaustos, y listo, a casa que el chico ya es cristiano.
Pero los sacramentos acosan, y llegó la edad de la Primera Comunión. Mi viejo ya no estaba (después de unos años acá, se fue a volar donde él quería, en un cielo sin límites sobre el mar, disculpen, pero lo quise mucho y todavía lo extraño), así que mi mamá, que sí estaba, arremetió discreta pero efectivamente con comentarios tipo: mmmm, a esa edad ustedes ya iban a catecismo... o: ¿viste que el nieto de (aquí va el apodo de la década del cuarenta que les guste: Chuchú/Teté/Cocó/Beba/etc) tomó la comunión la semana pasada? Y tiene la misma edad que tu hijo... Como la viudez no le sentaba bien a mi madre, y le debo una infancia feliz y una adolescencia bastante tolerante, averigué un poco, y me dirigí hacia la parroquia que me recomendaron con la efectiva frase : es el cura más "open" de la ciudad.
El sacerdote parecía simpático. Le dije: mire padre, vengo porque mi hijo cree que Los Apóstoles es una compañía de seguros, y pretendo que tenga una base de contenidos religiosos desde los cuales decidir más adelante qué hacer. Yo no voy a venir nunca, así que no se molesten en enviarme notificaciones de reuniones. Ya no soy católica, sólo cristiana... ¿Lo toma o lo deja? Se ve que estaba acostumbrado a escuchar cualquier cosa, acuérdense que ellos confiesan gente, así que sonrió y dijo: acá no dejamos escapar ningún cliente, señora, que venga nomás. Se ganó mi respeto, y un alumno más para catequesis, que así se llama el adoctrinamiento previo al evento.
El primer día aguardé ansiosa la salida del paganito, a ver cuál era su reacción ante la impartición de la fe... el tipito salió corriendo y tropezándose, como hizo hasta que nos dimos cuenta que tenía pie plano, bueno che, no se puede estar en todo, se subió al auto y me dice: Ma, esto de Jesús, María y José está de re copete... expresión que en los años 90 equivalía al "alta clase, chabón" que hubiera dicho hoy... el comentario siguiente fue: hoy aprendimos lo de La Noticia... me devané los sesos tratando de recordar a qué noticia podía referise, y luego caí en la cuenta. Hijo de periodista al fin, consideraba que si un ángel venía y despertaba a una señora con trompetas y le avisaba que iba a tener un hijo sin test de embarazo previo ni análisis ni otras cuestiones que todavía no tenía muy claras, pues era un notición, no La Anunciación.
Y así llegó a la Primera Comunión, saltando entre bancos de la iglesia, escupiendo a los transeúntes desde arriba del campanario, dibujando abstractas versiones del Espíritu Santo y hostias bastante torcidas, organizando incursiones a la sacristía para beberse el vino de misa a escondidas... Y el día en cuestión, las abuelas estaban chochas, el niño lucía desconocido con corbata y una breve expresión de seriedad en el rostro, el padrino sacaba fotos, luego comieron torta en casa, y se fueron a jugar a la vereda.
Alguna vez lo veo persignarse al pasar frente a una iglesia, o comentar algo acerca de principios de samaritanismo y el valor de una vida humana sobre cualquier cosa, o expresar criterios acerca del amor al prójimo (aunque la mayoría del tiempo su idea del prójimo es una niña de entre 15 y 20 años con el pelo en la cara y mascando chicle)... y me digo: bueno, tan malo no ha sido. Y confirmo que de vez en cuando, conceder no es tan terrible.
Fue hace mucho, pero creo recordar que algo hubo.
Como doce años en manos de una extraña sociedad de mujeres vestidas anacrónicamente de negro, con trapos en la cabeza, una especie de babero de tela enyesada blanco, y un collar rarísimo, con pelotas mal ensartadas (qué linda imagen, de todas maneras) que terminaba en dos palos cruzados con un pobre señor acostado sobre ellos, con aspecto de no estar pasándola bien. Monjas se llamaban, ya me acordé.
Mi hermano pasó por una experiencia similar, pero a cargo de señores pollerudos con malas costumbres, que iban desde pegarles reglazos en los dedos a los niños díscolos, a sentarlos en sus rodillas y decirles que buscaran caramelos en su laaaaaaaaaaaaargos bolsillos, proceso que según recuerdan los ex niñitos, generaba amplias sonrisas en los rostros de los educadores.
Mis padres tuvieron buena voluntad, no los culpo. Y si tengo que hacer el balance, no fue tan terrible. Lo pasábamos bien, todas mujeres, ocupando nuestro tiempo en organizar travesuras que a la luz de lo que hacen los delincuentes juveniles de hoy eran para Plaza Sésamo. Pero otro día se los cuento.
La cosa es que, salidos ambos de esos marmóreos y carísimos claustros, nos empacamos, mi hermano y yo, en no seguir practicando esa religión. Calculamos que las misas, rosarios y vía crucis ya deglutidos nos garantizarían por lo menos un salvoconducto precario, cuestión de llegar frente al Encargado del Edificio y ahí sí, hacer valer nuestros bonus y conseguir por lo menos una buena ubicación, lejos del tan temido Subsuelo, a cargo del Tipo de Colorado.
Mi padre asumió la decepción con su habitual ironía y sentido del humor, comentando a cada observación hereje de nuestra parte: plata tirada... refiriéndose a las cuotas, uniformes, libros y donaciones que eran compulsivamente exigidas con el único placebo de una sonrisa amable, que duraba lo que la entrega efectiva de la donación.
Mi madre, que era bastante más combativa, a pesar de que el militar era él, gritó, pataleó, denostó, criticó, puso cara de oler vinagre, amenazó con retirar afecto, ñoquis caseros y desayunos en la cama... sólo obtuvo que alguna de tantas veces que lo hicimos, nos casáramos por iglesia, más por la joda posterior que por la santidad del sacramento, que a esa altura de nuestras vidas significaba un palito de masa con mermelada adentro, o jamón y queso, que se comía con el mate o en la ruta a mar del plata, y no una institución insoslayable de nuestras creencias.
Yo siempre fui más rebeldona que el divino de mi hermano. Ya se van a enterar por el anecdotario con el que pienso aburrirlos por acá. Así que cuando mi hijo nació, hubo miradas ansiosas, y una consulta tímida: ¿Lo vas a bautizar? Consejo: no tomen decisiones apresuradas cuando estén recién paridas, una está con las defensas bajas, exceso de peso y poco sueño. Y el niño fue bautizado en una bella ceremonia, que no fue en una iglesia sino en una especie de gruta (con permiso especial, mis padres hacían cualquier gestión con tal de salvar a su nieto del Purgatorio, que les aclaro, no es un sitio donde les dan laxantes todo el tiempo, sino algo como una tierra de nadie, un Hotel de Inmigrantes donde esperan que el trámite se concluya con éxito... no sé, a mí no me parece tan terrible, pero como dije, estaba flojita de principios) Hubo torta, padrinos contentos, abuelos idem, padres exhaustos, y listo, a casa que el chico ya es cristiano.
Pero los sacramentos acosan, y llegó la edad de la Primera Comunión. Mi viejo ya no estaba (después de unos años acá, se fue a volar donde él quería, en un cielo sin límites sobre el mar, disculpen, pero lo quise mucho y todavía lo extraño), así que mi mamá, que sí estaba, arremetió discreta pero efectivamente con comentarios tipo: mmmm, a esa edad ustedes ya iban a catecismo... o: ¿viste que el nieto de (aquí va el apodo de la década del cuarenta que les guste: Chuchú/Teté/Cocó/Beba/etc) tomó la comunión la semana pasada? Y tiene la misma edad que tu hijo... Como la viudez no le sentaba bien a mi madre, y le debo una infancia feliz y una adolescencia bastante tolerante, averigué un poco, y me dirigí hacia la parroquia que me recomendaron con la efectiva frase : es el cura más "open" de la ciudad.
El sacerdote parecía simpático. Le dije: mire padre, vengo porque mi hijo cree que Los Apóstoles es una compañía de seguros, y pretendo que tenga una base de contenidos religiosos desde los cuales decidir más adelante qué hacer. Yo no voy a venir nunca, así que no se molesten en enviarme notificaciones de reuniones. Ya no soy católica, sólo cristiana... ¿Lo toma o lo deja? Se ve que estaba acostumbrado a escuchar cualquier cosa, acuérdense que ellos confiesan gente, así que sonrió y dijo: acá no dejamos escapar ningún cliente, señora, que venga nomás. Se ganó mi respeto, y un alumno más para catequesis, que así se llama el adoctrinamiento previo al evento.
El primer día aguardé ansiosa la salida del paganito, a ver cuál era su reacción ante la impartición de la fe... el tipito salió corriendo y tropezándose, como hizo hasta que nos dimos cuenta que tenía pie plano, bueno che, no se puede estar en todo, se subió al auto y me dice: Ma, esto de Jesús, María y José está de re copete... expresión que en los años 90 equivalía al "alta clase, chabón" que hubiera dicho hoy... el comentario siguiente fue: hoy aprendimos lo de La Noticia... me devané los sesos tratando de recordar a qué noticia podía referise, y luego caí en la cuenta. Hijo de periodista al fin, consideraba que si un ángel venía y despertaba a una señora con trompetas y le avisaba que iba a tener un hijo sin test de embarazo previo ni análisis ni otras cuestiones que todavía no tenía muy claras, pues era un notición, no La Anunciación.
Y así llegó a la Primera Comunión, saltando entre bancos de la iglesia, escupiendo a los transeúntes desde arriba del campanario, dibujando abstractas versiones del Espíritu Santo y hostias bastante torcidas, organizando incursiones a la sacristía para beberse el vino de misa a escondidas... Y el día en cuestión, las abuelas estaban chochas, el niño lucía desconocido con corbata y una breve expresión de seriedad en el rostro, el padrino sacaba fotos, luego comieron torta en casa, y se fueron a jugar a la vereda.
Alguna vez lo veo persignarse al pasar frente a una iglesia, o comentar algo acerca de principios de samaritanismo y el valor de una vida humana sobre cualquier cosa, o expresar criterios acerca del amor al prójimo (aunque la mayoría del tiempo su idea del prójimo es una niña de entre 15 y 20 años con el pelo en la cara y mascando chicle)... y me digo: bueno, tan malo no ha sido. Y confirmo que de vez en cuando, conceder no es tan terrible.
miércoles, 17 de marzo de 2010
La conspiración de los globos
La gente está cada día más loca, de eso no hay duda. Basta prender la tele para enterarnos de actos suicidas, asesinos “cereales” como decía mi hijo –imaginando un señor que asesinaba con avena o trigo, lo que suponía una gran creatividad por parte de ambos, el señor y mi hijo- catástrofes ambientalistas, enfrentamientos tribales por un simple partido de fútbol, y en fin, no les voy a amargar la jornada.
Desde hace un tiempo, la locura se actualizó. Está la locura “vintage”,la de antes, la de siempre, o sea, la loca de la cuadra, el loco del barrio, la vieja loca; esos locos entrañables, que a simple vista se ve que están locos, sin ningún tratado específico al respecto. Gente confiable, de la que podemos esperar vestimenta arbitraria, balbuceos incoherentes, actitudes desaforadas, un andar desparejo. Un loco como se debe, ni más ni menos.
Pero además de ellos está la raza oculta de los fóbicos. Bueno, no tan oculta. Las fobias son hoy por hoy el componente infaltable de la cartera de la dama y el bolsillo del caballero, como cantan los vendedores ambulantes. Nadie que quiera ser alguien en el mundo cool puede andar por ahí sin padecer de vértigo, claustrofobia, agorafobia, aracnofobia, y claro, el must de los must… los ataques de pánico. Creo que habría que implementar una página aparte en los curriculums para que los aspirantes a un buen trabajo puedan especificar cuál es su miedito, cosa de que los posibles empleadores se sientan identificados con ellos y los acepten en el círculo de los elegidos, esos que comparten teléfonos de terapeutas y direcciones de nuevos grupos de autoayuda…
Como yo me las doy de moderna, también tengo lo mío. Y lo mío son los globos. No, no me lo simplifiquen, eh. No es que me moleste o me aturda el ruido que hacen cuando explotan, eso sería bastante normalito, quién no se sobresalta cuando sucede… no, a mí lo que me asustan son ellos en sí mismos. Paso a explicarles todo lo brevemente que puedo, que no es mucho.
Básicamente, les desconfío. Tienen un comportamiento peligroso. Empezando porque rara vez andan solos. Como suelen ser la opción decorativa más barata y fácil de instalar, uno va y compra muchos, de muchos colores, o con variadas inscripciones, que según nuestra capacidad pulmonar, se leerán de corrido o con alguna contorsión previa. Y como una vez terminado el festejo de marras (que no es el cumpleaños de mi amigo Bocha Marra específicamente, sino cualquiera) no hay nada más incómodo que andar desmantelando globos, ¿qué se hace? Pues los entregamos a manos llenas, de a dos, de a tres, de a cuatro, piola larga, corta, como sea con tal de no tener que cargar con ellos junto con las botellas vacías y los ceniceros llenos de puchos. Y entonces llegan a la casa de uno subrepticia, arteramente. Lo hacen enroscados en las virginales manitos de nuestros hijos cuando son pequeños, acompañados de un montón de caramelos baratos y juguetitos de plástico absolutamente inútiles, que serán olvidados ni bien llegan a casa, porque, a quién se le ocurre que un niño puede estar interesado en jugar con… un mini reloj despertador, por ejemplo; o aparecen desparramados junto con corbatas retorcidas y ridículos sombreros de esponja cuando esos mismos hijitos, ya no tan inocentes, retornan de esa tortura para padres conocida como Los Quince de la Nena; o con formas pornográficas y colores poco tradicionales si el hijito ya es un soberano salame de casi 30 y sigue yendo a despedidas de soltero ajenas y nunca a la propia; o finalmente, como sostén aéreo de un marido bastante borracho y semi beligerante, volviendo de las bodas de plata de Mirta y Coco. Como sea, los tipos amanecen en nuestro reino privado, ese que solemos defender de vendedores de bolsas de residuos, cobradores de rifas y mormones de manga corta. Una pasa cerca y ellos, como si silbaran, se hacen los globos, ahí, redonditos, mansos, mire, si hasta parece que tuvieran las manos en los bolsillos… pero si por casualidad regresamos de sopetón al cuarto, alcanzaremos a percibir un ligero movimiento, un reacomodamiento súbito de los invasores.
Otra: son longevos y ubicuos. En lugar de seguir la ruta de sus compañeros de juerga, ya sean bananas gigantescas, bolsitas de recuerdos o portaligas baratos, que se arrojan vergonzosamente al canasto o se ocultan prudentemente de la censura, ellos siguen. A lo sumo se arrugan un poquito, se achican un algo… y no digamos qué nos recuerdan, pero la cosa es que no se van, a tal punto que ya no percibimos que de a poco, sin que nos demos cuenta, van ocupando territorio: primero era el cuarto, luego el escritorio, de ahí al quincho…
Desconozco sus motivos, si obedecen un plan secreto de un Big Brother cotillonesco o son seres de alguna otra galaxia que se están inflitrando en nuestro planeta con malas intenciones, porque no puedo imaginar que alguien quiera venir a ESTE planeta por placer, no jodamos…
Hágame caso, por favor: la próxima vez que alguien de su familia traiga uno de esos engendros al hogar, ejecútelo impiadosa y rápidamente. Un pinchazo a tiempo puede salvar a toda la especie humana, o bien simplemente darle la oportunidad de que se extermine por sí misma, como viene haciendo hasta ahora con bastante éxito.
Desde hace un tiempo, la locura se actualizó. Está la locura “vintage”,la de antes, la de siempre, o sea, la loca de la cuadra, el loco del barrio, la vieja loca; esos locos entrañables, que a simple vista se ve que están locos, sin ningún tratado específico al respecto. Gente confiable, de la que podemos esperar vestimenta arbitraria, balbuceos incoherentes, actitudes desaforadas, un andar desparejo. Un loco como se debe, ni más ni menos.
Pero además de ellos está la raza oculta de los fóbicos. Bueno, no tan oculta. Las fobias son hoy por hoy el componente infaltable de la cartera de la dama y el bolsillo del caballero, como cantan los vendedores ambulantes. Nadie que quiera ser alguien en el mundo cool puede andar por ahí sin padecer de vértigo, claustrofobia, agorafobia, aracnofobia, y claro, el must de los must… los ataques de pánico. Creo que habría que implementar una página aparte en los curriculums para que los aspirantes a un buen trabajo puedan especificar cuál es su miedito, cosa de que los posibles empleadores se sientan identificados con ellos y los acepten en el círculo de los elegidos, esos que comparten teléfonos de terapeutas y direcciones de nuevos grupos de autoayuda…
Como yo me las doy de moderna, también tengo lo mío. Y lo mío son los globos. No, no me lo simplifiquen, eh. No es que me moleste o me aturda el ruido que hacen cuando explotan, eso sería bastante normalito, quién no se sobresalta cuando sucede… no, a mí lo que me asustan son ellos en sí mismos. Paso a explicarles todo lo brevemente que puedo, que no es mucho.
Básicamente, les desconfío. Tienen un comportamiento peligroso. Empezando porque rara vez andan solos. Como suelen ser la opción decorativa más barata y fácil de instalar, uno va y compra muchos, de muchos colores, o con variadas inscripciones, que según nuestra capacidad pulmonar, se leerán de corrido o con alguna contorsión previa. Y como una vez terminado el festejo de marras (que no es el cumpleaños de mi amigo Bocha Marra específicamente, sino cualquiera) no hay nada más incómodo que andar desmantelando globos, ¿qué se hace? Pues los entregamos a manos llenas, de a dos, de a tres, de a cuatro, piola larga, corta, como sea con tal de no tener que cargar con ellos junto con las botellas vacías y los ceniceros llenos de puchos. Y entonces llegan a la casa de uno subrepticia, arteramente. Lo hacen enroscados en las virginales manitos de nuestros hijos cuando son pequeños, acompañados de un montón de caramelos baratos y juguetitos de plástico absolutamente inútiles, que serán olvidados ni bien llegan a casa, porque, a quién se le ocurre que un niño puede estar interesado en jugar con… un mini reloj despertador, por ejemplo; o aparecen desparramados junto con corbatas retorcidas y ridículos sombreros de esponja cuando esos mismos hijitos, ya no tan inocentes, retornan de esa tortura para padres conocida como Los Quince de la Nena; o con formas pornográficas y colores poco tradicionales si el hijito ya es un soberano salame de casi 30 y sigue yendo a despedidas de soltero ajenas y nunca a la propia; o finalmente, como sostén aéreo de un marido bastante borracho y semi beligerante, volviendo de las bodas de plata de Mirta y Coco. Como sea, los tipos amanecen en nuestro reino privado, ese que solemos defender de vendedores de bolsas de residuos, cobradores de rifas y mormones de manga corta. Una pasa cerca y ellos, como si silbaran, se hacen los globos, ahí, redonditos, mansos, mire, si hasta parece que tuvieran las manos en los bolsillos… pero si por casualidad regresamos de sopetón al cuarto, alcanzaremos a percibir un ligero movimiento, un reacomodamiento súbito de los invasores.
Otra: son longevos y ubicuos. En lugar de seguir la ruta de sus compañeros de juerga, ya sean bananas gigantescas, bolsitas de recuerdos o portaligas baratos, que se arrojan vergonzosamente al canasto o se ocultan prudentemente de la censura, ellos siguen. A lo sumo se arrugan un poquito, se achican un algo… y no digamos qué nos recuerdan, pero la cosa es que no se van, a tal punto que ya no percibimos que de a poco, sin que nos demos cuenta, van ocupando territorio: primero era el cuarto, luego el escritorio, de ahí al quincho…
Desconozco sus motivos, si obedecen un plan secreto de un Big Brother cotillonesco o son seres de alguna otra galaxia que se están inflitrando en nuestro planeta con malas intenciones, porque no puedo imaginar que alguien quiera venir a ESTE planeta por placer, no jodamos…
Hágame caso, por favor: la próxima vez que alguien de su familia traiga uno de esos engendros al hogar, ejecútelo impiadosa y rápidamente. Un pinchazo a tiempo puede salvar a toda la especie humana, o bien simplemente darle la oportunidad de que se extermine por sí misma, como viene haciendo hasta ahora con bastante éxito.
lunes, 15 de marzo de 2010
Arriving Lima...
No se piensen que este blog será únicamente de creaciones literarias desopilantes o simplemente algo graciosas. Mi vida, que de eso se trata, es una fuente inagotable de situaciones de toda clase, y aquí pienso desahogarme de tanta locura cotidiana.
Por lo tanto, se tendrán que aguantar que cuente más o menos lo que me va pasando, que no es poco...
Cuando decidí ir a pasar fin de año a Perú, con mis amigos, no imaginaba la odisea que me esperaba.
Como mujer moderna que soy, primero busqué pasaje por internet. Listo, bastante barato, lo compro... oups, sólo se puede comprar con tarjeta de crédito, y yo, como soy una indocumentada voluntaria, no tengo. Otro día les cuento los porqués y pros y contras. Ahora no me interrumpan. Y pásenme un mate, ya que están.
Plan B: agencia de viajes de Buenos Aires. Munida de varias recomendaciones, llamé a una cuyo nombre sonaba poco serio -Inkaikantours- pero bueno, ya estábamos en la cuenta regresiva y no había margen para melindres.
La muchacha que me atendió lo hizo con una pachorra tan descomunal, que yo me la visualizaba con sus trenzas renegridas y su vestimenta multicolor, sentada en una vereda limeña y vendiendo chicha morada, y no despachando pasajes internacionales con agilidad y eficiencia. Sacando lo de la vestimenta, no me equivoqué. Tuve que llamar un promedio de catorce veces, sólo para obtener, amenazas mediante, que me vendieran un pasaje considerablemente más caro de lo que me habían ofrecido en mi primer contacto... luego venía el tema del pago. Como yo soy loca pero todavía no me muerdo la ropa, no vivo en Buenos Aires, donde no destacaría porque TODOS están locos. Se lo comento a la muchacha a efectos de que me proporcionara alguna opción para hacerle llegar el dinero, y me dice: ya pues señora, usté tendría que apersonarse por la agencia con el efectivo... ya pues mi cielo, repliqué, ¿Qué parte de "Vivo a 700 kms de distancia de la agencia" no comprendiste? La hermana latinoamericana sólo repetía el mismo texto con un despliegue de estolidez digno de otro empleo, y yo ya me estaba gastando en llamadas lo que iba a destinar a comprarme pisco y tejas, así que me resigné, hice la reserva, conseguí una amiga que viajaba y me llevara el dinero y me trajera el pasaje... esperen, ahí no termina. Al momento de hacer la reserva le había especificado a la niña que me esperaban para el 31 de diciembre, así que la ida debería ser entre Navidad y -como muuuuuuuuy tarde- el 30. Cuando mi amiga me trae el pasaje, leo estupefacta (¡Ay cómo me gusta decir estupefacta!) "partida: 31 de diciembre, 20:00 hs" ¡¡¡¡VEINTE HORAS!!!! ¡¡¡¡TREINTA Y UNO DE DICIEMBRE!!!! O sea, me tocaría pasar fin de año en vuelo... Pataleé hasta en quichua (¡Dios bendiga a mi tendencia a estudiar cosas que parecen inútiles!) con el resultado esperable: nada de nada. Es más: me fui en persona a la agencia, el día antes, para por lo menos darme el gusto de gritar en vivo y en directo... ¿Qué creen que obtuve? Nada... bueno, nada no, llamaron a Seguridad y casi voy presa, algo es algo.
Por fin, llegó el día. Me presenté en el aeropuerto con toda esa ridícula antelación que las empresas exigen... pregunta: si uno se ha gastado una suma considerable para viajar a otro país ¿no es innecesario que nos tengan como ganado díscolo, amontonados y aburridos, cuatro o cinco horas antes de volar? ¿Adónde nos vamos a ir si ya avisamos que viajábamos en avión, hicimos las valijas, nos despedimos de todos y contratamos un remise y chequeamos treinta y cuatro veces que el pasaporte y la plata estuvieran donde tenían que estar? ¿Ehhhhhhhhhhhhhhh?
En fin, no quise seguir ganándome enemigos, y me resigné a pasar varias horas haciendo crucigramas, comprando agua mineral a un costo exorbitante, tratando de adivinar la nacionalidad de mis eventuales compañeros de infortunio, mirando los precios del free shop (no sé para qué, siempre digo que lo hago para comparar, y siempre los olvido) y haciendo listas mentales de gentes y lugares que debía imprescindiblemente visitar durante mi estadía.
Como siempre, nos llamaron a embarcar y nadie entendió el número de puerta correspondiente... ¿vieron que se oye todo, menos eso? "Aerolíneas Satánicas anuncia la salida de su vuelo 666 con destino al Averno, se ruega embarcar por la puerta ffkfksmfrlplll" Todos nos miramos desconcertados, medio entumecidos por la ridícula espera... pero no falta un valiente que se la juega, y allí vamos todos atrás de él, haciendo honor a nuestra condición ovejuna, a hacer cola a pesar de tener absolutamente especificado nuestro número de asiento. Asiento que, compruebo una vez más, se ha reducido considerablemente de tamaño... antes de que digan nada, sí, yo aumenté (en peso, en edad y en achaques) pero la cuenta es sencilla: si antes había una fila de dos asientos y una de tres, y ahora hay dos filas de tres... es que nos están castigando por viajar en clase económica, no hay duda.
Si quedaba alguna (duda) de nuestra pobre condición, se me despejó ante el grotesco cattering que sufrimos, porque otra calificación no cabe: para un vuelo internacional, en plena noche de fin de año... un pebete de jamón y queso y medio vaso de gaseosa y un trozo del tamaño de una ficha de dominó de un bizcochuelo menos esponjoso que mi cabello al levantarme. Me sonreí para mis adentros, que son vastos y comprensivos y ya estaban además un poco hartos de tanto exabrupto, y seguí leyendo. De pronto, cuando todos estábamos medio dormidos, aparecieron las azafatas y el comisario de a bordo (¿qué es lo que comisarea ese muchacho, generalmente con pinta de "estoy haciendo esto mientras consigo un trabajo en serio"?) Venían en caravana, haciendo equilibrio por el angostísimo pasillo, con pitos, matracas y gorros, gritando a voz en cuello que ya estábamos en 2010, fracasando en su intento por generar una alegría que todos los que habíamos tenido que jodernos viajando a esa hora ese día no teníamos muchas ganas de compartir. Uds. me dirán, ellos también estaban ahí, pero la sutil diferencia... es que a ellos les pagan.
El avión aterrizó. Como siempre, nos amontonamos histéricamente manoteando bolsos, con la misma urgencia con que algunas horas antes pugnábamos por encorsetarnos en nuestros lugares.
"En superficie" como dicen ellos, el horario era diferente, dos horas menos que en nuestro país... o sea, me pregunté, cuando festejamos, ¿qué festejamos? Como era muy complicado responderme, y sabía que mis amigos me estaban esperando en una fiesta, abandoné a mis compañeros de vuelo y me metí en el baño del aeropuerto a cambiarme. Me sentía una especie de agente secreto cambiando el zapatófono por la cámara oculta en la peluca. Hice lo que pude, lo que después de seis horas de sardina en vuelo no era mucho, y salí, airosa yo, con mi vestidito negro, stillettos, chal con brillos... y enorme valija para dos meses de estadía. En el interin, los que habían viajado conmigo ya estarían rumbo a sus destinos, livianos de ropa como corresponde a quien viene del mismo hemisfero... y estaban llegando pasajeros de Noruega, abrigados hasta las pestañas. Me observaban educada y atentamente, como hacen las cosas los nórdicos, pero no pude evitar sentirme como una madama de los narcos que fuera abandonada entre vuelos caribeños después de una juerga desaforada.
Qué me importa, me estaban esperando, llegué a tiempo a la fiesta, doce menos siete minutos hora peruana, brindé con mis amigos, bailé la misma candonga de Ricardo Fort que se baila acá (Iknowyoulikeme, YouknowIwantyouuuuu) y en medio de la jarana pensé: algo bueno me traerá este año, seguramente, después de dos festejos.
Y acá estoy, esperando...
Por lo tanto, se tendrán que aguantar que cuente más o menos lo que me va pasando, que no es poco...
Cuando decidí ir a pasar fin de año a Perú, con mis amigos, no imaginaba la odisea que me esperaba.
Como mujer moderna que soy, primero busqué pasaje por internet. Listo, bastante barato, lo compro... oups, sólo se puede comprar con tarjeta de crédito, y yo, como soy una indocumentada voluntaria, no tengo. Otro día les cuento los porqués y pros y contras. Ahora no me interrumpan. Y pásenme un mate, ya que están.
Plan B: agencia de viajes de Buenos Aires. Munida de varias recomendaciones, llamé a una cuyo nombre sonaba poco serio -Inkaikantours- pero bueno, ya estábamos en la cuenta regresiva y no había margen para melindres.
La muchacha que me atendió lo hizo con una pachorra tan descomunal, que yo me la visualizaba con sus trenzas renegridas y su vestimenta multicolor, sentada en una vereda limeña y vendiendo chicha morada, y no despachando pasajes internacionales con agilidad y eficiencia. Sacando lo de la vestimenta, no me equivoqué. Tuve que llamar un promedio de catorce veces, sólo para obtener, amenazas mediante, que me vendieran un pasaje considerablemente más caro de lo que me habían ofrecido en mi primer contacto... luego venía el tema del pago. Como yo soy loca pero todavía no me muerdo la ropa, no vivo en Buenos Aires, donde no destacaría porque TODOS están locos. Se lo comento a la muchacha a efectos de que me proporcionara alguna opción para hacerle llegar el dinero, y me dice: ya pues señora, usté tendría que apersonarse por la agencia con el efectivo... ya pues mi cielo, repliqué, ¿Qué parte de "Vivo a 700 kms de distancia de la agencia" no comprendiste? La hermana latinoamericana sólo repetía el mismo texto con un despliegue de estolidez digno de otro empleo, y yo ya me estaba gastando en llamadas lo que iba a destinar a comprarme pisco y tejas, así que me resigné, hice la reserva, conseguí una amiga que viajaba y me llevara el dinero y me trajera el pasaje... esperen, ahí no termina. Al momento de hacer la reserva le había especificado a la niña que me esperaban para el 31 de diciembre, así que la ida debería ser entre Navidad y -como muuuuuuuuy tarde- el 30. Cuando mi amiga me trae el pasaje, leo estupefacta (¡Ay cómo me gusta decir estupefacta!) "partida: 31 de diciembre, 20:00 hs" ¡¡¡¡VEINTE HORAS!!!! ¡¡¡¡TREINTA Y UNO DE DICIEMBRE!!!! O sea, me tocaría pasar fin de año en vuelo... Pataleé hasta en quichua (¡Dios bendiga a mi tendencia a estudiar cosas que parecen inútiles!) con el resultado esperable: nada de nada. Es más: me fui en persona a la agencia, el día antes, para por lo menos darme el gusto de gritar en vivo y en directo... ¿Qué creen que obtuve? Nada... bueno, nada no, llamaron a Seguridad y casi voy presa, algo es algo.
Por fin, llegó el día. Me presenté en el aeropuerto con toda esa ridícula antelación que las empresas exigen... pregunta: si uno se ha gastado una suma considerable para viajar a otro país ¿no es innecesario que nos tengan como ganado díscolo, amontonados y aburridos, cuatro o cinco horas antes de volar? ¿Adónde nos vamos a ir si ya avisamos que viajábamos en avión, hicimos las valijas, nos despedimos de todos y contratamos un remise y chequeamos treinta y cuatro veces que el pasaporte y la plata estuvieran donde tenían que estar? ¿Ehhhhhhhhhhhhhhh?
En fin, no quise seguir ganándome enemigos, y me resigné a pasar varias horas haciendo crucigramas, comprando agua mineral a un costo exorbitante, tratando de adivinar la nacionalidad de mis eventuales compañeros de infortunio, mirando los precios del free shop (no sé para qué, siempre digo que lo hago para comparar, y siempre los olvido) y haciendo listas mentales de gentes y lugares que debía imprescindiblemente visitar durante mi estadía.
Como siempre, nos llamaron a embarcar y nadie entendió el número de puerta correspondiente... ¿vieron que se oye todo, menos eso? "Aerolíneas Satánicas anuncia la salida de su vuelo 666 con destino al Averno, se ruega embarcar por la puerta ffkfksmfrlplll" Todos nos miramos desconcertados, medio entumecidos por la ridícula espera... pero no falta un valiente que se la juega, y allí vamos todos atrás de él, haciendo honor a nuestra condición ovejuna, a hacer cola a pesar de tener absolutamente especificado nuestro número de asiento. Asiento que, compruebo una vez más, se ha reducido considerablemente de tamaño... antes de que digan nada, sí, yo aumenté (en peso, en edad y en achaques) pero la cuenta es sencilla: si antes había una fila de dos asientos y una de tres, y ahora hay dos filas de tres... es que nos están castigando por viajar en clase económica, no hay duda.
Si quedaba alguna (duda) de nuestra pobre condición, se me despejó ante el grotesco cattering que sufrimos, porque otra calificación no cabe: para un vuelo internacional, en plena noche de fin de año... un pebete de jamón y queso y medio vaso de gaseosa y un trozo del tamaño de una ficha de dominó de un bizcochuelo menos esponjoso que mi cabello al levantarme. Me sonreí para mis adentros, que son vastos y comprensivos y ya estaban además un poco hartos de tanto exabrupto, y seguí leyendo. De pronto, cuando todos estábamos medio dormidos, aparecieron las azafatas y el comisario de a bordo (¿qué es lo que comisarea ese muchacho, generalmente con pinta de "estoy haciendo esto mientras consigo un trabajo en serio"?) Venían en caravana, haciendo equilibrio por el angostísimo pasillo, con pitos, matracas y gorros, gritando a voz en cuello que ya estábamos en 2010, fracasando en su intento por generar una alegría que todos los que habíamos tenido que jodernos viajando a esa hora ese día no teníamos muchas ganas de compartir. Uds. me dirán, ellos también estaban ahí, pero la sutil diferencia... es que a ellos les pagan.
El avión aterrizó. Como siempre, nos amontonamos histéricamente manoteando bolsos, con la misma urgencia con que algunas horas antes pugnábamos por encorsetarnos en nuestros lugares.
"En superficie" como dicen ellos, el horario era diferente, dos horas menos que en nuestro país... o sea, me pregunté, cuando festejamos, ¿qué festejamos? Como era muy complicado responderme, y sabía que mis amigos me estaban esperando en una fiesta, abandoné a mis compañeros de vuelo y me metí en el baño del aeropuerto a cambiarme. Me sentía una especie de agente secreto cambiando el zapatófono por la cámara oculta en la peluca. Hice lo que pude, lo que después de seis horas de sardina en vuelo no era mucho, y salí, airosa yo, con mi vestidito negro, stillettos, chal con brillos... y enorme valija para dos meses de estadía. En el interin, los que habían viajado conmigo ya estarían rumbo a sus destinos, livianos de ropa como corresponde a quien viene del mismo hemisfero... y estaban llegando pasajeros de Noruega, abrigados hasta las pestañas. Me observaban educada y atentamente, como hacen las cosas los nórdicos, pero no pude evitar sentirme como una madama de los narcos que fuera abandonada entre vuelos caribeños después de una juerga desaforada.
Qué me importa, me estaban esperando, llegué a tiempo a la fiesta, doce menos siete minutos hora peruana, brindé con mis amigos, bailé la misma candonga de Ricardo Fort que se baila acá (Iknowyoulikeme, YouknowIwantyouuuuu) y en medio de la jarana pensé: algo bueno me traerá este año, seguramente, después de dos festejos.
Y acá estoy, esperando...
sábado, 13 de marzo de 2010
Reivindicación de los círculos viciosos
Nunca entendí muy bien eso de que si son viciosos, tengan necesariamente que ser círculos. ¿Qué pasa, no puede haber un rombo vicioso, por ejemplo? Yo entiendo, la idea es la de la ronda catonga, el hamster atrapado en su calesita particular, que, la verdad, es el sueño de todo niño, tenga la cantidad de patas que tenga... Ahí tienen, el hamster, ¿sabe por ventura que está encerrado en un círculo vicioso? Yo nunca lo oí pedir auxilio... claro que los hamsters no hablan, y que además como agravante jamás he tenido uno, ni he estado lo suficientemente cerca como para percibir un gesto, una mirada de desesperación de sus mofletudos rostros. Ahora que lo pienso, voy a tener más cuidado en el futuro. Cuando vaya a una tienda de animales, que antes era el viejo vivero del barrio, y ahora se llaman Pet Shops y vienen a ser una mala inversión de los papás de Marcelito que se recibió de veterinario y no saben qué hacer con él, digo, cuando vaya, me voy a arrimar a la jaulita de esos adorables bichitos, que siempre me sugirieron Navidad, tal vez porque combinan un lejanísimo parentesco con los renos y un parecido no tan remoto a Papá Noel, sigo, me acercaré y aprovechando algún descuido de los responsables del lugar, para que no piensen o mejor dicho sospechen la cruda verdad, o sea que estoy loca, miraré fijamente al proyecto de peluche y le susurraré: ¿Cacho, tenés algo que decirme? ¿Te tratan bien acá? ¿Te saco la ruedita, te traigo una novia, algo para leer, puchos? Incluso puedo acercar la mano por si el tipo me quiere pasar alguna notita, algo como: "¡Socorro, soy alérgico al balanceado!" o "¡El dálmata de la jaula de la izquierda quiere algo conmigo!". Bien, lo anotaré en el larguísimo pergamino de Tareas Pendientes, y sigo con la idea, que también estaba en la lista.
Decía, que me parece discriminatorio achacarle la cosa de los vicios al pobre círculo. Aunque le da un protagonismo interesante, es sabido que a las mujeres nos gustan los guachos pistola con cara de violadores potenciales. Imagínense por un momento en el Mundo de los Cuerpos Geométricos. Ustedes van caminando fascinadas ante tanta simetría, prolijidad y sensatez... y de frente vienen tres amigos: un paralelepípedo trabajador, un isósceles atento con los ancianos... y un círculo vicioso. Ni lo dudamos, ¿verdad? Que el paralelepípedo, Pipi para los amigos, y el otro, Iso, se hagan la del monkey, nosotras nos vamos con Chicho, que seguramente nos hará sufrir como... como a una equilátera, pero hostias, en el trayecto... ¡qué bien la pasaremos!
Además, ¿qué vicios puede tener un círculo? ¿Rodar y rodar? Los Stones hicieron una fortuna con esa idea, y eso que vicios tienen, eh... ¿Olvidarse de lo que los rodea? ¡Si TODO los rodea! ¿No bajar de peso? Corren el riesgo de convertirse en óvalos y pasar a ser un plan de ahorro de automóviles, o algo con las órbitas planetarias...
Redondeando, y nunca mejor usada la expresión: dejad de joder a los círculos, si son viciosos, sus motivos tendrán, como ya vimos, y dediquemos un tiempo también a los conos de sombra, los triángulos amorosos, los boludos al cubo... todos tienen su lugarcito bajo el sol, qué tanto.
Decía, que me parece discriminatorio achacarle la cosa de los vicios al pobre círculo. Aunque le da un protagonismo interesante, es sabido que a las mujeres nos gustan los guachos pistola con cara de violadores potenciales. Imagínense por un momento en el Mundo de los Cuerpos Geométricos. Ustedes van caminando fascinadas ante tanta simetría, prolijidad y sensatez... y de frente vienen tres amigos: un paralelepípedo trabajador, un isósceles atento con los ancianos... y un círculo vicioso. Ni lo dudamos, ¿verdad? Que el paralelepípedo, Pipi para los amigos, y el otro, Iso, se hagan la del monkey, nosotras nos vamos con Chicho, que seguramente nos hará sufrir como... como a una equilátera, pero hostias, en el trayecto... ¡qué bien la pasaremos!
Además, ¿qué vicios puede tener un círculo? ¿Rodar y rodar? Los Stones hicieron una fortuna con esa idea, y eso que vicios tienen, eh... ¿Olvidarse de lo que los rodea? ¡Si TODO los rodea! ¿No bajar de peso? Corren el riesgo de convertirse en óvalos y pasar a ser un plan de ahorro de automóviles, o algo con las órbitas planetarias...
Redondeando, y nunca mejor usada la expresión: dejad de joder a los círculos, si son viciosos, sus motivos tendrán, como ya vimos, y dediquemos un tiempo también a los conos de sombra, los triángulos amorosos, los boludos al cubo... todos tienen su lugarcito bajo el sol, qué tanto.
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