domingo, 28 de marzo de 2010

Verdades no pedidas... ¡comida para peces!

Desde que una es chiquita, le insisten con muchas cosas: que la bombachita tiene que estar limpita siempre porque no sabemos qué puede pasar (¿qué puede pasar? me pregunto hoy... que se enteren que la bombachita está sucia, y listo, no murió nadie, ni le van a hacer el adn a ver si el barro era de la plaza de la esquina o del patio de atrás, ni van a llamar a nuestros progenitores para recriminarles tan mala educación... además, ¿qué tiene que hacer alguien verificando el nivel de limpieza de nuestra ropa interior? un degenerado, seguro, con lo cual el otro tema pasa a un segundo plano, listo, otro mito al tacho), que no hay que pelearse jamás con el hermano (¡Como si hubiera otra víctima mejor! Le pegamos, lo sometemos a órdenes arbitrarias, y si osa reaccionar, chillamos como condenadas, y siempre, pero siempre, liga él que es el varónytenésquecuidaratuhermanitaqueeschiquitaynosepuededefender), que hay que saludar a los mayores (claro que no toman en cuenta que a los cinco años el mundo entero es mayor que uno, deberían establecer un rango un poco más preciso, tipo "saludar a los que se inclinan hacia nosotros con cara amable" pero ahí podemos tropezar con el asqueroso degenerado de recién, que luego nos revisará la bombachita etc etc etc)... y claro, que hay que decir siempre la verdad.
La verdad, amigos míos, es un elemento que como el mercurio, adquiere formas variadas, y como los clásicos que me tuve que deglutir en la facultad, tiene mil lecturas.
Si tu papá le dice a tu mamá: cuando llame Gutiérrez decile que no estoy... no es una mentira, eh, es un cheque rebotado, o uno que le quiere vender un seguro. Si mamá promete a la tía Clarita que no comentará con nadie que se tiene que operar las várices, y ni bien se va Clarita llama a Marta y se lo cuenta, no es que le mintió a Clarita, es que tiene una amistad más profunda con Marta.
Si papá nos mira a los ojos de modo penetrante y nos pregunta: nena, ¿vos todavía sos virgen? y le contestamos que sí a pesar de que Maxi primero y El Colo unos meses después nos hayan enseñado diversas piruetas amatorias en sitios por demás incómodos... no es una mentira, se llama piedad. Si esa pregunta la hace mamá, y recibe la misma respuesta, tampoco es una mentira, ni se llama piedad, sino simple supervivencia.
Y así, mientras vamos por la vida, comprendemos que aquella niñita que decía: sí, se me rompió a mí, y se comía varias semanas sin tele, se ha transformado en una dama que apenas parpadea al decir: no sé, vida, ¿estás seguro que no compraste nada más y te olvidaste que lo habías pagado con esa tarjeta?
Ahora bien, esa dama que fue niñita tiene amigas, personas que o se han criado con ella o simplemente la quieren y son correspondidas por un montón de otras razones. Esas amistades están basadas en un principio de igualdad, otro de ganas de compartir momentos, si es posible una coincidencia de talles, porque no hay nada más incómodo que una amiga que no te pueda prestar pilchas, y claro, la absoluta confianza en que nuestra amiga nos dirá siempre la verdad... jeje, acá las quería agarrar.
Porque ahí también la verdad asume diversos rostros. Eeeeeeeeeeeejemplo, gritábamos en clase cuando teníamos ganas de joder mientras el profe se desmelenaba en el pizarrón.
Llega Cecilia a casa hecha un mar de lágrimas, porque ha comprobado una vez más (ya llevamos dos años con la historia) que Ignacio no sólo sigue casado con "esa", sino que ahora "esa" está embarazada, a pesar de que, según Ignacio, hace años que duermen en cuartos separados, y sólo siguen viviendo juntos por los chicos (que ahora en vez de tres serán cuatro). Una es buena amiga, y ya ha intentado que Ceci comprenda que ese tremendo turro jamás se va a separar, porque entre otras cosas ella ya se la hizo fácil y aceptó mansamente la situación, y porque le sigue creyendo todos sus bolazos. Incluso Ceci se ha enojado con una porque "dice Nacho que no era él el que vos viste en Brasil con esa que se parece a la mujer, que él estaba en Formosa como me dijo a mí, y que vos sólo querés separarnos". Cientos de situaciones parecidas nos hacen comprender dos cosas: que es inútil que sigamos poniendo a Ceci frente a la verdad, porque no le interesa en lo más mínimo, y que igual la queremos y está sufriendo como una chiva. ¿Qué hacemos entonces? Abrimos los brazos, buscamos los pañuelos de papel, y repetimos como una letanía "pero sí, seguro que ella lo buscó, vas a ver que igual se va a separar más adelante, quedate tranquila, sí que te quiere, está confundido nomás" aunque por dentro el fuego sagrado de la furia asesina se alimenta lenta pero seguramente.
Ooooooooootro ejemplo: Juli se viene matando de hambre hace seis meses, con el noble propósito de entrar en su vestido de novia. Nosotras ya sabemos que Juli ES gordita, que no va a bajar nunca de peso y que Mario la quiere igual así, si no no se casaría, pero ella sigue pensando que si llega a la boda doce kilos más flaca, la va a querer más todavía. Nos mira, da una vueltita y dice: ¿Y? ¿No se nota que ya bajé un montón? No, no se nota, pensamos, pero cómo te quiero Juli de mi vida... y decimos: ¡Loca, estás re flaca!
Ustedes ya me conocen, no se piensen que me voy a quedar en estos pueriles ejemplos, era para ir calentando la máquina nomás.
Porque por fin llegamos al ámbito tan temido, el círculo del infierno que ni siquiera Dante se atrevió a perfilar: el de las confesiones de pareja.
Él pregunta, en medio de un abrazo candente, y luego de una bravía demostración de su capacidad amatoria: decime, ¿alguna vez hiciste esto? Una ni lo piensa, porque cómo nos vamos a poner a pensar algo que ya tenemos absolutamente decidido incluso antes de que él nos dejara tan agradablemente exhaustas, y contesta: Jamássssssssssss, nunca me había animado, pero claro, tenías que llegar vos.
O bien: ese Gustavo amigo tuyo, el novio de Marita, ¿no tuvo nunca nada con vos? Tampoco lo pensamos,porque si no tendríamos que recordar un par de gratificantes encuentros con Gus, que no pasaron de eso y sirvieron para que hoy Gus y una seamos amigos, e incluso para que Marita nos aprecie sin resquemores, así que el "¡Cuándo no! ¿Una mujer no puede tener un amigo sin que enseguida se piense que hubo algo? No, chuchi, nada que ver" sale naturalmente como agua de la canilla.
Podría seguir hasta el infinito, porque yo sé que ustedes están esperando reconocerse en alguna de las situaciones, no hay nada más divertido, bueno, sí hay, pero no mientras me leen a mí, o sí, siempre que no se distraigan demasiado, como estoy haciendo yo ahora en lugar de cerrar este artículo...
Resumiendo: en muchas ocasiones, decir la verdad no nos convierte en paladines de la justicia, sino en impiadosos egoístas que amparados en un ridículo principio que siempre se enunció con palabras pero rara vez se confirmó con los hechos, vamos por la vida proclamando la edad de una, las deudas de otro, los cuernos de un tercero... Y no me vengan con que soy una porquería de persona, porque cuando hace falta, cuando imagino que haré un bien en lugar de sacarme el gusto y joder al prójimo, nadie me calla.
La verdad no es popular, no hay nada que hacerle. Y miren que les estoy diciendo la pura verdad, eh.

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