miércoles, 17 de marzo de 2010

La conspiración de los globos

La gente está cada día más loca, de eso no hay duda. Basta prender la tele para enterarnos de actos suicidas, asesinos “cereales” como decía mi hijo –imaginando un señor que asesinaba con avena o trigo, lo que suponía una gran creatividad por parte de ambos, el señor y mi hijo- catástrofes ambientalistas, enfrentamientos tribales por un simple partido de fútbol, y en fin, no les voy a amargar la jornada.
Desde hace un tiempo, la locura se actualizó. Está la locura “vintage”,la de antes, la de siempre, o sea, la loca de la cuadra, el loco del barrio, la vieja loca; esos locos entrañables, que a simple vista se ve que están locos, sin ningún tratado específico al respecto. Gente confiable, de la que podemos esperar vestimenta arbitraria, balbuceos incoherentes, actitudes desaforadas, un andar desparejo. Un loco como se debe, ni más ni menos.
Pero además de ellos está la raza oculta de los fóbicos. Bueno, no tan oculta. Las fobias son hoy por hoy el componente infaltable de la cartera de la dama y el bolsillo del caballero, como cantan los vendedores ambulantes. Nadie que quiera ser alguien en el mundo cool puede andar por ahí sin padecer de vértigo, claustrofobia, agorafobia, aracnofobia, y claro, el must de los must… los ataques de pánico. Creo que habría que implementar una página aparte en los curriculums para que los aspirantes a un buen trabajo puedan especificar cuál es su miedito, cosa de que los posibles empleadores se sientan identificados con ellos y los acepten en el círculo de los elegidos, esos que comparten teléfonos de terapeutas y direcciones de nuevos grupos de autoayuda…
Como yo me las doy de moderna, también tengo lo mío. Y lo mío son los globos. No, no me lo simplifiquen, eh. No es que me moleste o me aturda el ruido que hacen cuando explotan, eso sería bastante normalito, quién no se sobresalta cuando sucede… no, a mí lo que me asustan son ellos en sí mismos. Paso a explicarles todo lo brevemente que puedo, que no es mucho.
Básicamente, les desconfío. Tienen un comportamiento peligroso. Empezando porque rara vez andan solos. Como suelen ser la opción decorativa más barata y fácil de instalar, uno va y compra muchos, de muchos colores, o con variadas inscripciones, que según nuestra capacidad pulmonar, se leerán de corrido o con alguna contorsión previa. Y como una vez terminado el festejo de marras (que no es el cumpleaños de mi amigo Bocha Marra específicamente, sino cualquiera) no hay nada más incómodo que andar desmantelando globos, ¿qué se hace? Pues los entregamos a manos llenas, de a dos, de a tres, de a cuatro, piola larga, corta, como sea con tal de no tener que cargar con ellos junto con las botellas vacías y los ceniceros llenos de puchos. Y entonces llegan a la casa de uno subrepticia, arteramente. Lo hacen enroscados en las virginales manitos de nuestros hijos cuando son pequeños, acompañados de un montón de caramelos baratos y juguetitos de plástico absolutamente inútiles, que serán olvidados ni bien llegan a casa, porque, a quién se le ocurre que un niño puede estar interesado en jugar con… un mini reloj despertador, por ejemplo; o aparecen desparramados junto con corbatas retorcidas y ridículos sombreros de esponja cuando esos mismos hijitos, ya no tan inocentes, retornan de esa tortura para padres conocida como Los Quince de la Nena; o con formas pornográficas y colores poco tradicionales si el hijito ya es un soberano salame de casi 30 y sigue yendo a despedidas de soltero ajenas y nunca a la propia; o finalmente, como sostén aéreo de un marido bastante borracho y semi beligerante, volviendo de las bodas de plata de Mirta y Coco. Como sea, los tipos amanecen en nuestro reino privado, ese que solemos defender de vendedores de bolsas de residuos, cobradores de rifas y mormones de manga corta. Una pasa cerca y ellos, como si silbaran, se hacen los globos, ahí, redonditos, mansos, mire, si hasta parece que tuvieran las manos en los bolsillos… pero si por casualidad regresamos de sopetón al cuarto, alcanzaremos a percibir un ligero movimiento, un reacomodamiento súbito de los invasores.
Otra: son longevos y ubicuos. En lugar de seguir la ruta de sus compañeros de juerga, ya sean bananas gigantescas, bolsitas de recuerdos o portaligas baratos, que se arrojan vergonzosamente al canasto o se ocultan prudentemente de la censura, ellos siguen. A lo sumo se arrugan un poquito, se achican un algo… y no digamos qué nos recuerdan, pero la cosa es que no se van, a tal punto que ya no percibimos que de a poco, sin que nos demos cuenta, van ocupando territorio: primero era el cuarto, luego el escritorio, de ahí al quincho…
Desconozco sus motivos, si obedecen un plan secreto de un Big Brother cotillonesco o son seres de alguna otra galaxia que se están inflitrando en nuestro planeta con malas intenciones, porque no puedo imaginar que alguien quiera venir a ESTE planeta por placer, no jodamos…
Hágame caso, por favor: la próxima vez que alguien de su familia traiga uno de esos engendros al hogar, ejecútelo impiadosa y rápidamente. Un pinchazo a tiempo puede salvar a toda la especie humana, o bien simplemente darle la oportunidad de que se extermine por sí misma, como viene haciendo hasta ahora con bastante éxito.

1 comentario:

  1. Sin embargo, pueden ser lindos, sin hablar de las piñatas que, además son agradecidas
    http://picasaweb.google.com/lh/photo/8Vma7R6e0abU8PQ28SZIKA?feat=directlink
    Felicitaciones, escribis tan bien como me imaginaba

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