martes, 30 de marzo de 2010

Sencillas lecciones de tiro al blanco

La vida nos ha ido pasando.
Por la cara, por el cuerpo, por el estado civil, por la balanza, por el placard, por el oculista, en fin, como el listado es lamentable no sigo. Pero no pasa en vano, nononono. Tanto que se ha caído, que ha aumentado de tamaño, que se ha ido o que se ha instalado para quedarse, ha dejado sus lecciones.
Una de ellas es la de conocerse a sí mismo. Es cierto, se extraña un poco esa sensación de corazón en la boca, de expectativa absoluta que nos tomaba de sorpresa ante un acontecimiento nuevo, y que resumíamos en : ¿y qué haría alguien como yo en esta situación? Ahora ya lo sabemos, porque hemos vivido, como la Scherezade del cuento, mil y una noches... con sus días, también, que no todo es copetines y bombachas.
Otra de las cosas que sabemos con bastante certeza es la de cómo debería un señor seducirnos. Bueno, seducirnos, digamos, llegar a nosotras con probabilidades de éxito, lograr algo más que el anodino cafecito a las ocho de la noche en un sitio medianamente concurrido pero no por nuestras amistades, que no compromete a nada si no queremos, y que puede terminar en una larga y deliciosa cena llena de confidencias y descubrimiento mutuo si queremos.
Pongámosle que ya pasamos por lo del cafecito, incluso por lo de la cena, aún más, hubo como tres cenas, decenas de llamados telefónicos, mails y sesiones de chat y un par de encuentros cercanos que resultaron gratos. El señor, por lo tanto, conoce nuestra situación de mujer independiente, librepensadora, divorciada reincidente, madre de un adolescente y joven bella y veleidosa en retiro efectivo. Seguramente también ha vislumbrado el corrosivo humor que nos habita, con el añadido de un sentido del ridículo tan desarrollado que limita considerablemente las iniciativas.
¿Qué hace el pobre tipo, entonces? Puede hacer mil cosas, todas ellas con resultados positivos. Pero como no es mi misión en este momento facilitarle taaaaaanto la tarea, le voy a advertir de una o dos que NO debe hacer.
Primer mandamiento: no hable mal de sus ex.
Aunque la predecesora haya sido efectivamente una bruja mal parida, avariciosa, egoísta e infiel, deje que una lo descubra de a poco o como resultante de exhaustivos interrogativos disfrazados de interés. O nunca. Pero por más que la herida siga sangrando, mucho o poco, a la altura del corazón o de la billetera, no lo ande declamando. No sólo no calienta a nadie, sino que constituye un pésimo antecedente, porque una inmediatamente tomará partido por la denostada, por la sencilla razón de que quizás simultáneamente, en otro restaurante igual de caro y mal iluminado, su ex está haciendo lo mismo que el señor en cuestión.
Segundo veto: no proclame su adhesión al no compromiso en la primera cita. Actualícese, caballero, las damas, sobre todo las que ya hemos pasado un par de veces por eso, generalmente TAMPOCO queremos compromiso, pero usted ni siquiera se ha tomado todavía el tiempo de averiguarlo, y se pone a abrir el ominoso paraguas del Porlasdudas, que ya no engaña a nadie. No es que usted no quiera volver a ser lastimado en sus sentimientos ni presentarle otra novia a su familia... ya ha quedado estadísticamente establecido que lo único que teme es que le asalten su patrimonio, y eso, mi querido, transforma lo que podría haber sido un buen comienzo en una batalla de género, que tal vez ninguno de los dos deseaba entablar.
Y por último: no intente llegar a ella a través de sus hijos. Todavía recuerdo una vez que entramos a casa con mi cachorro, él se abalanzó como siempre al contestador del teléfono, y luego de escuchar a un ignoto señor dirigiéndose a él, no a mí, y presentándose como alguien que llegaría a su vida para pasarla re bien juntos, me mira y me dice: Ja, otro que me quiere llevar a pescar. Lapidaria frase que resume una importante lección: los chicos quieren a la madre, la aman, la reverencian, la protegen... si usted la hace feliz, ellos lo apreciarán, porque ya la han visto pasarla mal. Dedíquese a ella, que la cría no es tonta.
De nada.

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