No se piensen que este blog será únicamente de creaciones literarias desopilantes o simplemente algo graciosas. Mi vida, que de eso se trata, es una fuente inagotable de situaciones de toda clase, y aquí pienso desahogarme de tanta locura cotidiana.
Por lo tanto, se tendrán que aguantar que cuente más o menos lo que me va pasando, que no es poco...
Cuando decidí ir a pasar fin de año a Perú, con mis amigos, no imaginaba la odisea que me esperaba.
Como mujer moderna que soy, primero busqué pasaje por internet. Listo, bastante barato, lo compro... oups, sólo se puede comprar con tarjeta de crédito, y yo, como soy una indocumentada voluntaria, no tengo. Otro día les cuento los porqués y pros y contras. Ahora no me interrumpan. Y pásenme un mate, ya que están.
Plan B: agencia de viajes de Buenos Aires. Munida de varias recomendaciones, llamé a una cuyo nombre sonaba poco serio -Inkaikantours- pero bueno, ya estábamos en la cuenta regresiva y no había margen para melindres.
La muchacha que me atendió lo hizo con una pachorra tan descomunal, que yo me la visualizaba con sus trenzas renegridas y su vestimenta multicolor, sentada en una vereda limeña y vendiendo chicha morada, y no despachando pasajes internacionales con agilidad y eficiencia. Sacando lo de la vestimenta, no me equivoqué. Tuve que llamar un promedio de catorce veces, sólo para obtener, amenazas mediante, que me vendieran un pasaje considerablemente más caro de lo que me habían ofrecido en mi primer contacto... luego venía el tema del pago. Como yo soy loca pero todavía no me muerdo la ropa, no vivo en Buenos Aires, donde no destacaría porque TODOS están locos. Se lo comento a la muchacha a efectos de que me proporcionara alguna opción para hacerle llegar el dinero, y me dice: ya pues señora, usté tendría que apersonarse por la agencia con el efectivo... ya pues mi cielo, repliqué, ¿Qué parte de "Vivo a 700 kms de distancia de la agencia" no comprendiste? La hermana latinoamericana sólo repetía el mismo texto con un despliegue de estolidez digno de otro empleo, y yo ya me estaba gastando en llamadas lo que iba a destinar a comprarme pisco y tejas, así que me resigné, hice la reserva, conseguí una amiga que viajaba y me llevara el dinero y me trajera el pasaje... esperen, ahí no termina. Al momento de hacer la reserva le había especificado a la niña que me esperaban para el 31 de diciembre, así que la ida debería ser entre Navidad y -como muuuuuuuuy tarde- el 30. Cuando mi amiga me trae el pasaje, leo estupefacta (¡Ay cómo me gusta decir estupefacta!) "partida: 31 de diciembre, 20:00 hs" ¡¡¡¡VEINTE HORAS!!!! ¡¡¡¡TREINTA Y UNO DE DICIEMBRE!!!! O sea, me tocaría pasar fin de año en vuelo... Pataleé hasta en quichua (¡Dios bendiga a mi tendencia a estudiar cosas que parecen inútiles!) con el resultado esperable: nada de nada. Es más: me fui en persona a la agencia, el día antes, para por lo menos darme el gusto de gritar en vivo y en directo... ¿Qué creen que obtuve? Nada... bueno, nada no, llamaron a Seguridad y casi voy presa, algo es algo.
Por fin, llegó el día. Me presenté en el aeropuerto con toda esa ridícula antelación que las empresas exigen... pregunta: si uno se ha gastado una suma considerable para viajar a otro país ¿no es innecesario que nos tengan como ganado díscolo, amontonados y aburridos, cuatro o cinco horas antes de volar? ¿Adónde nos vamos a ir si ya avisamos que viajábamos en avión, hicimos las valijas, nos despedimos de todos y contratamos un remise y chequeamos treinta y cuatro veces que el pasaporte y la plata estuvieran donde tenían que estar? ¿Ehhhhhhhhhhhhhhh?
En fin, no quise seguir ganándome enemigos, y me resigné a pasar varias horas haciendo crucigramas, comprando agua mineral a un costo exorbitante, tratando de adivinar la nacionalidad de mis eventuales compañeros de infortunio, mirando los precios del free shop (no sé para qué, siempre digo que lo hago para comparar, y siempre los olvido) y haciendo listas mentales de gentes y lugares que debía imprescindiblemente visitar durante mi estadía.
Como siempre, nos llamaron a embarcar y nadie entendió el número de puerta correspondiente... ¿vieron que se oye todo, menos eso? "Aerolíneas Satánicas anuncia la salida de su vuelo 666 con destino al Averno, se ruega embarcar por la puerta ffkfksmfrlplll" Todos nos miramos desconcertados, medio entumecidos por la ridícula espera... pero no falta un valiente que se la juega, y allí vamos todos atrás de él, haciendo honor a nuestra condición ovejuna, a hacer cola a pesar de tener absolutamente especificado nuestro número de asiento. Asiento que, compruebo una vez más, se ha reducido considerablemente de tamaño... antes de que digan nada, sí, yo aumenté (en peso, en edad y en achaques) pero la cuenta es sencilla: si antes había una fila de dos asientos y una de tres, y ahora hay dos filas de tres... es que nos están castigando por viajar en clase económica, no hay duda.
Si quedaba alguna (duda) de nuestra pobre condición, se me despejó ante el grotesco cattering que sufrimos, porque otra calificación no cabe: para un vuelo internacional, en plena noche de fin de año... un pebete de jamón y queso y medio vaso de gaseosa y un trozo del tamaño de una ficha de dominó de un bizcochuelo menos esponjoso que mi cabello al levantarme. Me sonreí para mis adentros, que son vastos y comprensivos y ya estaban además un poco hartos de tanto exabrupto, y seguí leyendo. De pronto, cuando todos estábamos medio dormidos, aparecieron las azafatas y el comisario de a bordo (¿qué es lo que comisarea ese muchacho, generalmente con pinta de "estoy haciendo esto mientras consigo un trabajo en serio"?) Venían en caravana, haciendo equilibrio por el angostísimo pasillo, con pitos, matracas y gorros, gritando a voz en cuello que ya estábamos en 2010, fracasando en su intento por generar una alegría que todos los que habíamos tenido que jodernos viajando a esa hora ese día no teníamos muchas ganas de compartir. Uds. me dirán, ellos también estaban ahí, pero la sutil diferencia... es que a ellos les pagan.
El avión aterrizó. Como siempre, nos amontonamos histéricamente manoteando bolsos, con la misma urgencia con que algunas horas antes pugnábamos por encorsetarnos en nuestros lugares.
"En superficie" como dicen ellos, el horario era diferente, dos horas menos que en nuestro país... o sea, me pregunté, cuando festejamos, ¿qué festejamos? Como era muy complicado responderme, y sabía que mis amigos me estaban esperando en una fiesta, abandoné a mis compañeros de vuelo y me metí en el baño del aeropuerto a cambiarme. Me sentía una especie de agente secreto cambiando el zapatófono por la cámara oculta en la peluca. Hice lo que pude, lo que después de seis horas de sardina en vuelo no era mucho, y salí, airosa yo, con mi vestidito negro, stillettos, chal con brillos... y enorme valija para dos meses de estadía. En el interin, los que habían viajado conmigo ya estarían rumbo a sus destinos, livianos de ropa como corresponde a quien viene del mismo hemisfero... y estaban llegando pasajeros de Noruega, abrigados hasta las pestañas. Me observaban educada y atentamente, como hacen las cosas los nórdicos, pero no pude evitar sentirme como una madama de los narcos que fuera abandonada entre vuelos caribeños después de una juerga desaforada.
Qué me importa, me estaban esperando, llegué a tiempo a la fiesta, doce menos siete minutos hora peruana, brindé con mis amigos, bailé la misma candonga de Ricardo Fort que se baila acá (Iknowyoulikeme, YouknowIwantyouuuuu) y en medio de la jarana pensé: algo bueno me traerá este año, seguramente, después de dos festejos.
Y acá estoy, esperando...
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario