lunes, 26 de abril de 2010

Soy la amiga de la estrella

Todos somos cholulos. No me lo nieguen, no tiene sentido porque lo he comprobado un montón de veces. Porque ojo, cholulo no se es únicamente de los famosos de la tele, nonono. Conozco cholulos científicos, literarios, políticos, deportivos. Tuve un marido que se ponía como loco cuando me venía a saludar algún personaje conocido, resabio de mis épocas de periodista farandulera, y se perdía en una catarata de reproches a mis frívolas amistades... pero se desvivía por sacarse fotos junto a los jugadores de Boca, cuando yo le conseguía -amigos famosos mediante- alguna platea en el palco oficial con ingreso a vestuarios. O sea, que todos tenemos nuestro rinconcito Radiolandia, por llamarlo así.
Bueno, a mí me ha tocado en la vida una opaca pero envidiada función: ser la amiga de la estrella. Y sí, tengo una amiga famosa, que no voy a nombrar acá, no sea cosa que dejen de leer esto y se pongan a tratar de ubicarme para que les consiga un autógrafo. Ella no me lo perdonaría, entre otras cosas.
Los famosos tienen un carisma especial, ya sea por su talento particular –mi amiga canta, y muy bien- o por su capacidad de comunicarse con los demás, o por su belleza, o por un nosequé que hace que la gente se dé vuelta por la calle a mirarlos. Pero también tienen sus falencias, sus taras. Una de ellas es el tema de los amigos. Y claro, pónganse en el lugar de ellos: ¿cómo saben que una los quiere porque sí, y no porque son “ellos”? Eso los convierte en amigos “testeadores”. Viven poniendo a prueba nuestra lealtad, nuestro afecto, y en definitiva, nuestra paciencia. Basta que en algún periodicucho de algún pueblo perdido en el Himalaya salga una crítica negativa a su trabajo, para que nos llame y nos pregunte, furibunda: “¿lo leíste? no estarás de acuerdo, ¿no? ¿lo conocés? ¿sabés por qué lo dijo?” sinononoséesunresentidoquenosabenada, tiene que responder una, todo rapidito y bien aprendidito y sin mencionarle a la semidiosa que son las cuatro de la mañana y estábamos haciendo porquerías con un señor muuuuuy agradable que además, posee la virtud de no saber que somos amigas de ELLA.
Una tiene que estar siempre disponible, acompañarla a las grabaciones, conseguirle agua mineral, tranquilizarla si algo sale mal, sentarse en primera fila, poner cara de atención exclusiva aunque sea la milésima vez que la escuchamos interpretar lo mismo. Hace poco, se me ocurrió en medio de un recital hacerle un comentario a su hija, sufrida adolescente que ya ha pasado por todo lo mismo que yo, pero con el beneficio sucesorio. De pronto, sentimos como si un rayo laser se nos clavara en el pecho, por partida doble: era la mirada asesina de ELLA, que nos observaba de reojo desde el escenario, como diciendo “cómo se atreven a estar charlando cuando yo estoy pasando por esto”, siendo “esto” su vocación, y bien paga, por cierto.
Luego viene la salida a cenar, después del recital. Ahí es cuando la amiga pasa a ser un borroso manchón, una cosita de nada que se ubica en una silla en el restaurant y se ocupa de pedir la comida que ella no tiene tiempo ni de probar, tanto saludo y felicitaciones que recibe. Y mientras una trata de evitar que el hijo de la famosa se tome el champagne que nos envió el dueño del local, o que la hija huya con su noviecito amparada en el tumulto, o que el marido empiece a roncar sobre el mantel, ella resplandece en su hora de triunfo.
No todo son espinas. Yo no soy masoquista, así que algún beneficio tiene que tener. Y lo tiene. Sin mencionar las entradas gratis, los viajes, las opíparas e impagas cenas, mi amiga es de oro, platino iridiado, me atrevo a decir. Hace más de veinte años que la conozco, veinte años de fama, y jamás, pero jamás, me falló...sólo es cuestión de esperar que sus “ataques de Garbo”, como los llamo yo, pasen. En promedio, duran cinco días, dos antes del recital, y tres después. Y entonces es cuando se vuelve una persona real, de carne y hueso, que me llama a una hora normal para pedirme la receta de la tarta de zapallitos, o para simplemente, saber cómo estoy yo. Y lo maravilloso es que me escucha, y le interesa... Ah, si me ven por la calle con ella, yo soy la rubia, la que siempre queda aplastada por la multitud, pero tiene las llaves del auto y el comprobante de la cochera. Bah, la amiga de la estrella.

viernes, 23 de abril de 2010

Breve retrato de familia

Yo provengo de una familia que no es normal: mi padre aterrizaba en el fondo de casa con el helicóptero, y mi madre adulteró su documento nacional de identidad para quitarse dos años. Y si eso no les basta, puedo añadir más datos, todos conducentes a que entiendan un poco lo de mi alocada vida, cinco maridos, veintitrés mudanzas, y otros números que no vienen al caso y que jamás confesaré.
Mi abuela materna, reina gallega en exilio (según creía solamente ella) no compró pan en la panadería que quedaba exactamente al lado de su casa a lo largo de toda su vida “para que no anden comentando”... ¿para que no anden comentando qué? le preguntaba yo, cuando me aparecía de visita con las riquísimas especialidades que hacían los vecinos... ¿qué van a comentar? ¿que vivís al lado? Ella daba vuelta la cabeza y con gesto señorial se retiraba a su reino de tres habitaciones en pleno barrio de Flores y se negaba a probar siquiera esas exquisiteces.
Mi abuelo materno, o sea el príncipe consorte de la antedicha, era otro gallego inmigrante con el habitual sentido trágico de la vida que trajeron en el barco junto con el traje negro y la locura necesaria para largarse al otro lado del mundo. Cada vez que mi mamá y su hermano se ponían a discutir en la mesa dominical –cosa que ocurría inevitablemente cada vez que mi mamá y su hermano compartían la mesa dominical- él se iba al infaltable gallinero que había en todas las casas por entonces, y mesándose los cabellos, gritaba a voz en cuello: “¡Me voy a matar!” “¡Les juro que me mato!” Por supuesto, enfrascados como estábamos en no perdernos los insultos familiares que entrecruzaban los dos hermanitos en pugna, nadie lo escuchaba, así que al rato volvía, con un sifón en la mano, como si hubiera ido a buscar soda, efectivamente... creo que era el equivalente ibérico de la catarsis griega.
Mi abuela paterna, irlandesa descendiente de traficantes de esclavos, a quien le debo seguramente mis ojos celestes y mi tendencia a maltratar señores, sostuvo que jamás el hombre llegaría a la Luna... y tuvo razón, se murió el día antes de aquello que ahora parece que sucedió en el desierto de Arizona.
Mi hermano tiene una terrible desgracia: es buenmocísimo... bueno, ya no tanto, la edad ha hecho su trabajo. Pero esa no es su única desgracia, tiene otra –aparte de tenerme a mí como hermana- : no sabe que es buenmocísimo. Por lo tanto, se ha pasado la vida perdiendo el tiempo en innecesarias galanterías, sin darse cuenta que daba lo mismo que les abriera la puerta del auto o las arrojara con el vehículo en marcha, ellas le hubieran dicho que sí igual. Como él también les decía que sí a todas, siempre se le ha amontonado la hacienda, como decimos en el campo. Es así como tuvo una novia durante diez años, que le duró sólo uno de esposa, por la simple razón de que a lo largo del noviazgo ella vivía lejos y no tenía teléfono. Ambas ventajas a favor del infiel desaparecieron con la convivencia, y el edípico muchacho rehizo prontamente las diez cuadras que lo separaban de su adorada y confortable habitación de soltero.
Tengo también un primo que fue mi marido, generando todo tipo de bromas de mal gusto e intentos de los restantes primos de obtener los mismos derechos conyugales, basándose en absurdos principios de igualdad en el parentesco.
Un tío mío vive solo en una quinta, con un perro que se llama Pérez, y una piscina gigantesca cuya agua jamás renueva, porque según él, allí se crían “pelikanes en su tinta”... y dice que para acostarse con una mujer, primero hay que hacerla bañarse y luego dejarla caminar unos veinte minutos por la habitación, recién ahí estará “al dente”...dentes que ya no le quedan, de tanta bofetada que le han dado las damas ofendidas ante semejante trato.
Hay además una prima loca que se lo pasa enamorando señores por Internet a lo largo del país, y nos manda a las restantes parientas a entrevistar a los posibles prospectos que le quedan a trasmano, candidatos que como se imaginarán constituyen un zoológico aparte.
Eso, sólo tomando en cuenta la familia “de sangre”...porque si les cuento de los otros, los advenedizos que amparados en una libreta de matrimonio se introducen en tan patricia familia, no termino más... así que dejo lo de mis matrimonios para otro día, y me voy, porque mi ex cuñada –aquella que desertó luego de diez años de cornudez- necesita que le cuide el niño que adoptó con el marido que vino luego de mi hermano, ya que ella se tiene que ir de viaje con ese marido, quien a su vez es amigo de mi tercer marido, el que tenía un hermano sacerdote y otro que sembró una montaña entera de marihuana y decía que eran hierbas medicinales... ¡no se pierdan el próximo capítulo!

miércoles, 14 de abril de 2010

"El parto... ¿qué parto?"

Hay circunstancias, épocas de la vida que nadie se resigna a olvidar. Con los hombres –por lo menos los de mi generación- es la colimba. Basta verlos cuando se juntan cuatro o cinco, cómo se retuercen de risa recordando “la vez que Marito Guglielmi se comió una cucaracha”, o “cuando el Negro Domínguez tuvo que limpiar todas las letrinas porque el cabo Fuentes se enteró que le había escupido el mate”. A nadie excepto a ellos les parece tan siquiera gracioso, pero bueno, supongo que tendrá que ver con el hecho de que es la 1º vez que los extraen de los brazos de su mamá, y los hacen convivir con otros machos de la misma especie, en condiciones de poca higiene y alimentación básica... o sea, como les gusta a ellos.
Con las mujeres es el parto. Se los dice una que recién lo experimentó a los cuarenta; por lo tanto, me he pasado gran parte de mi vida adulta escuchando las tenebrosas anécdotas de su paso por la sala de obstetricia.
Siempre me pregunté qué extraño mecanismo se ponía en funcionamiento en ese sector de hospitales, clínicas y sanatorios. Lo digo porque mujeres mucho menores que yo –bueno, casi todas lo son- y con escasa experiencia de la vida, de pronto, por el mero hecho de haber parido, se convertían en modelos aggiornados de Pachamamas... O sea, gente que me trataba como su igual, incluso con una leve camaradería de género, al enterarse que no tenía hijos, se encaramaban de pronto al Altar de la Maternidad, lo que inmediatamente les confería una especie de sacralidad tribal: “ah, claro... ya vas a ver cuando tengas tus hijos...” ¡Como si un espermatozoide aburrido pero bien orientado hiciera la diferencia entre la sabiduría y la estupidez!
En fin, que llegué al evento con todos los temores del caso. Imagínense: veinte años de sala de espera de ginecólogo, presenciando esa morbosa sociedad que se genera ante la indolente mirada de la secretaria del galeno, en la que cada una pretende superar a la otra en intensidad de contracciones, cantidad de hijos, peridurales que no prenden y maridos inútiles. Inútiles se los ve, sí, ahí sentados, con cara de “qué hace un hombre como yo en una situación como ésta”. Ah, porque esa es otra: los obligan a acompañarlas al médico como una especie de compensación malsana por futuras estrías, exceso de peso y malestares circulatorios... como si el pobre tipo no tuviera que cargar con todo eso también luego del parto, ¿o con quién se van a acostar, eh, por lo menos hasta estar nuevamente en carrera?
Mis amigas, suegra y otros allegados se habían encargado de llenarme la cabeza con atavismos varios, que intenté evitar todo lo que pude. Gracias a la tecnología, el juego del tenedor, la alianza colgando del cabello y otros ritos primitivos se resolvieron pronto, con la ecografía correspondiente mostrando un pitito monstruosamente desproporcionado, para alegría de su machista papá. A mí que no me vengan con eso de “no quiero saber qué es, prefiero la sorpresa”. Soy periodista, quiero la primicia, el día que lo hice casi le pregunto al futuro padre: ¿qué era? ¿XX o XY?
Mi ginecólogo, que parece cualquier cosa menos un ginecólogo y por eso le perdono semejante vocación, me evitó con mucha inteligencia situaciones tales como el curso de parto sin dolor (si vos ya sabés que no te tenés que poner nerviosa, y que comiste como una chancha, no gastes guita al cohete, dijo).
Bien, llegó el día del evento... y no fue para tanto. Es más, casi no fue nada, comparado con un cólico renal, tal y como mi sabio médico me lo había adelantado. En cuestión de minutos entré, salió y salí... y les juro que seguía siendo la misma mina, eso sí, con algunos kilos menos, y unas cuantas responsabilidades más... y también debo confesarlo, con un nuevo calorcito a la altura de donde se supone que tengo el corazón, calorcito este que jamás se atenuará, porque como buena madre edípica, estoy segura de que este sí es el hombre que jamás me fallará... pero eso es otra historia.
Resumiendo: PARIR NO ES NINGUNA CIENCIA OCULTA, lamento desmitificar el asunto, pero esa es la misión que he asumido. Así que si quieren impresionar a la otra mitad del mundo, estudien, capacítense, disfrácense de Lara Croft, viajen, píntense las uñas de verde... pero no intenten apabullar al otro sexo con sus ominosos relatos... porque además, jamás lograrán superar la operación de ligamentos cruzados que ellos sufrieron, aunque el motivo haya sido un lamentable partido de papi fútbol y no la trascendente misión de poblar el mundo.

lunes, 12 de abril de 2010

"Constipación y Conciencia"

No se asusten. No son las consignas de un nuevo partido político, ni la intersección de dos calles en alguna capital centroamericana. Son dos conceptos que a mi entender van estrechamente relacionados. Veamos.
Las mujeres somos constipadas. Es una realidad, amiga mía, que debemos enfrentar, aunque no nos guste que alguna deslenguada como yo lo ande proclamando por ahí. Y si no, pregúntenle a la industria farmacéutica cuántos productos lanza al mercado anualmente, con el único y patético fin de que podamos acudir al baño a algo más que maquillarnos. Ni hablar de los innumerables yogures con fibra, sin colesterol, con frutas enteras, con cereales y vitaminas, con crema, sin crema, con más o menos crema, en pack, en cartón, en sachet, en envase de plástico, en envase de vidrio, en dónde se ha visto que una tenga que tener tan claro qué yogur quiere, si a duras penas puede decidir qué ponerse... Y si somos de la tribu de las homeopáticas/naturistas/ecologistas, se abre otro panorama, aunque con envase reciclable: torta de frutas, salvado, compotas varias... Resumiendo, un calvario sin fin.
Ahora pregúntense por qué todo ese carnaval no va dirigido a ELLOS. Muy fácil: ellos no tienen ese problema... y ¿quieren saber por qué? Porque no tienen conciencia. Esa es la raíz de la cuestión.
Escena 1: a ud. la invita un señor a pasar un fin de semana romántico en algún paisaje maravilloso. Ud. y el señor hasta ahora han intimado poco y nada –o sea, o bien ya pasaron el 1º round, o están ahí, a punto de concretar- El paisaje lindo, el viaje entretenido, el hotel espléndido, el romance progresa... hasta que llega ese momento tan temido... La habitación es amplia, pero baño hay uno solo, y está ahí nomás, a escasos dos metros del caballero que tan solícito nos espera para ir a cenar, luego de un encuentro amoroso del que ya nos ocuparemos en otro momento, no me distraigan. Nuestro organismo reclama tiempo y espacio para cumplir con sus lógicas e inevitables funciones... cha chan cha chan... ¿qué hacemos? Yo se los digo. Nada. No hacemos nada, nos ponemos un corcho ya sabemos dónde, y confiamos en que el restaurant posea un baño lejos de la mesa, o que el señor tenga algún improbable asunto que atender en este recóndito lugar, que lo obligue a dejarnos solas por un rato. Solas y con desodorante de ambientes, enorme ventanal, sahumerios o algún otro rebusque que se nos ocurrirá para cubrir las huellas del crimen. Y si no sucede ninguna de esas cosas, volvemos el domingo a la noche, cansadas de tanto amar y fingir interés por lo que el señor cuenta, cuando en realidad somos conscientes de que en nuestro interior, o bien está por estallar el Big Bang o vamos camino a un estreñimiento feroz.
Escena 2: en realidad es la misma. Pero esta vez le toca al señor. O sea, sus interiores lo reclaman, y ¿qué hace el tipo? Nos dice: voy al baño y salimos al toque... y nada, va al baño. Se lleva el diario, si no hay diario porque quedaba fulero que estando en situación de romance fulminante se comprara uno, se lleva la Biblia de la mesa de luz, o el cartoncito con los internos del hotel, o la bolsa para el lavadero, no sé, algo tiene que leer. Tarda lo que tiene que tardar, y si en el transcurso se producen algunos ruidos intempestivos, ni se preocupa por taparlos con alguna tosecita de circunstancia, o subiendo la música funcional, o haciendo crujir las hojas de la Biblia... ni le calienta, además, que cuando salga lo siga una nube de vapores letales que reíte de Chernobyl. Con la misma actitud inconsciente con la que tal vez un par de años más tarde nos diga “ y bueno, ¡yo qué sabía que era tu amiga!” nos sonríe seductoramente y nos dice: ¿vamos, princesa?
Como espero ya hayan notado a esta altura, la gran diferencia entre la actitud de él y la nuestra es la conciencia. A ellos no les importa estropear una amistad, o una incipiente historia de amor. Siguen adelante, obedeciendo sus instintos, cual rinoceronte en celo que atropella con todo... y en el fondo, tienen razón, las idiotas somos nosotras. Así que hermana en el sufrimiento, arriesguemos todo, hagamos un desarreglo y sometámoslo al devastador efecto de mostrarnos tal cual somos... quién sabe, por ahí al tipo le gusta.

Cita con cama adentro

Cuando yo era chica, las citas a ciegas eran un bochorno, algo a lo que una recurría de última, cuando el reloj se acercaba a la fatídica hora de las nueve de la noche y aún no teníamos programa armado. Así que si llamaba una amiga con la propuesta salvadora del primo del novio que acababa de llegar y no conocía a nadie, una recibía la noticia alborozada, y se aferraba a esa invitación cual náufrago a la tabla, y corría ansiosa a ver qué se ponía, sin detenerse a pensar que si esa llamada hubiera llegado a las seis de la tarde, minga de aceptar...
Aquella pretenciosa de los setenta hoy es una cincuentona que todavía presenta equipo, y que como se las da de modernosa, encima chatea. Esto del chat da tela como para cortar setecientos guardapolvos, pero ahora haré una excepción a mi inveterada costumbre de irme por las ramas, y me voy a detener en un espécimen particular del zoo cibernético. Por ponerle un nombre, llamémoslo El Inversor.
El Inversor, amiga mía, es aquel caballero de alrededor de cincuenta años, monedas más o menos, que dedica parte de su tiempo a la cacería computarizada. Como la realidad virtual depara más de una sorpresa, generalmente desagradables, el tipo tiene sus mecanismos para salir de dudas acerca de la mercadería con la que está tratando. Enseguida pide foto, y por si una intenta engatusarlo con fotos viejas, se preocupa por los detalles de vestimenta o escenografía. O sea, si pretende engañarlo, no se le ocurra mandarle una foto con jeans nevados o con un afiche de fondo que diga “Los argentinos somos derechos y humanos”, porque el señor sabe sacar cuentas. Viene el consabido cortejo de una semana más o menos, en la que una se entera de cómo se llama su perro pero no de dónde vive, o de por qué se separó de su mujer pero no cuánto mide. Con lo cual se llega a la primera cita con una data por demás despareja, así que entra al restaurant mirando para todos lados, esperando que por algún milagro el caballero en cuestión sea un desinhibido tal que esté sentado en la mesa con los boxer de seda que tanto ha promocionado en las sesiones de chat, a ver si lo reconocemos.
No desperdiciaré sabrosas anécdotas que me darán pasto para otros relatos y comida para mi hijo, así que pongamos que todo es satisfactorio, como alguna vez ha ocurrido. Después del café de “testeo” se parte hacia algún restaurant que él ya ha elegido cuidadosamente. Ni muy iluminado, ni muy conocido, pero tampoco ese justamente donde suele concurrir con sus amistades. Obviamente, tampoco es barato, una es zorra vieja y se daría cuenta de la miserable actitud. La cena es rica, aunque se habla tanto que se come poco, eso sí, se bebe bastante, porque El Inversor tiene presente su objetivo, y jamás se aparta de él. Bien, salen bromeando del restaurant, y antes de subir al auto, el tipo le estampa un beso contra el capot. Una tampoco es una tímida virgencita, y hoy por hoy todo es bienvenido, así que recibe el beso con elegancia, cuidando de todos modos que la maniobra no le enganche las medias. Suben al auto, pero antes de arrancar El Inversor inicia la fase dos: un franeleo frenético que poco tiene que ver con la edad de los participantes ni las posibilidades que brinda el vehículo. Una hace lo que puede, un poco porque le parece una idiotez a esta altura de la parrillada tener que defenderse del sátiro de la 4 x 4, y otro poco porque gracias al champagne y al gimnasio al que no acudió en los últimos quince años, las contorsiones le resultan un tanto incómodas. En eso el sujeto detiene las acrobacias, nos mira lascivamente y sin decir una palabra, arranca. Como nos imaginamos que no nos lleva a casa, sugerimos tímidamente el itinerario correcto. Y ahí es cuando El Inversor muestra su verdadero rostro. Con una semisonrisa sobradora, detiene el auto y nos comenta que “se supone que estaba acordado que luego de la cena íbamos a tener sexo”... ¿Ah, sí? ¿Y quién lo supuso? pregunta una. Bueno, princesa, no eperarás que después de franelear una semana y media por el chat, y luego de una cena, vamos a seguir jugando a los novios, ¿no? replica ya desembozadamente el sujeto. Y ahí es cuando a la princesa se le cae la corona, y no me refiero a la de la muela. Y acá es cuando la princesa, además, traslada esta reflexión a sus congéneres: ¿dónde está escrito, en qué código quedó asentado que una se tenga que acostar con un tipo que acaba de conocer simplemente porque el tipo gastó plata en una cena? ¿Eh? ¿Y la guita que nos costó la peluquería, y el top negro? ¿Eh? ¿O acaso le vamos a exigir que porque hicimos esos gastos el señor tenga que, por ejemplo, venir a limpiarnos el calefactor, por citar algún servicio equivalente al que él pretende?
Nonono, amiga, no se deje avasallar por estos energúmenos de saco y corbata. ¿Un consejo sano? Acuéstese si le gusta, y hágalo repasar todo el Kamasutra si quiere, pero no porque la sacó a cenar... porque le gusta, nomás. Y después, encima, otórguese el placer de ser usted la que diga: te llamo yo, ¿eh?

sábado, 10 de abril de 2010

Los tres imposibles

Hay tres cosas que ningún hombre sabe hacer. Sí, ya sé, hay un montón, me dirán ustedes, pero yo me refiero a ESAS tres cosas universales. Y conste que hablo desde la autoridad que me confieren cinco maridos e inconfesable cantidad de señores de paso, con variada permanencia en mi vida.
Una es buscar algo. No hablo de buscar un futuro mejor, ni la felicidad, ni la cura del cáncer, ni esas cosas abstractas para las que, según ellos, nosotras estamos inhabilitadas. Yo digo buscar las gotas para la nariz, los lentes de repuesto, las llaves del auto, el celular... Ubíquese en la siguiente escena: ud. se está duchando, o haciendo salsa blanca, por poner dos actividades que se pueden mencionar acá y que implican dedicación exclusiva en el lugar de origen. Él pega el grito: ¿viste la fotocopia de la tarjeta verde del auto? ¡En el primer cajón del placard! contesta una, tratando de contrastar el tonito agresivo y exasperado con una respuesta sabia y suficiente... y se queda esperando el inevitable: ¡No está! ¿Buscaste bien? replica una, saboreando por anticipado las mieles del triunfo. ¡Te digo que no está! Y allá vamos, vencedoras morales, a buscar la fotocopia, que por supuesto estaba en el cajón. Para encontrarla sólo había que levantar el recibo de la luz, pero claro, no saltaba como araña de goma a la cara del inútil...
Oooootro tema: no saben enfermarse. Mejor dicho, sí saben enfermarse, lo que no saben es hacerlo de acuerdo con la gravedad de la dolencia. Así como desconocen las diferencias existentes entre el fucsia, rosa chicle y rosa bebé, tampoco entienden que no es lo mismo un catarro que una neumonía doble. Para ellos SIEMPRE es neumonía doble. Se arrastran por la casa sólo el trayecto necesario para ir de la cama al baño, y eso únicamente porque no tenemos ni chata ni papagayo. Cada vez que una entra inadvertidamente al cuarto, solicitan algún servicio, ya sea alcanzarles una almohada, tomarles la inexistente fiebre, o acercarles el control del televisor, de la video, del expansor de canales, el celular, la calculadora y otros aparatos de igual apariencia e idéntica capacidad de perderse entre las sábanas a milímetros del doliente. Y si una comete el gravísimo error de pretender que la casa y la vida deben seguir la función a pesar del moribundo, éste resucitará furioso, recriminando el poco interés que tenemos en él, lo egoístas que somos, capaces de estar hablando con la tía Chela en lugar de llamar a su mamá para que nos dé las innumerables instrucciones acerca del tratamiento de “eso que me agarra cada vez que tomo frío”... y que la Real Academia bautizó en su momento como resfrío.
El último item les parecerá tonto, pero es infaliblemente cierto: jamás reponen los cubitos de hielo de la cubetera. Ya sé, ahora existen para los pudientes o los que no han tenido que separar patrimonio en varias oportunidades, las heladeras que arrojan los cubitos directamente al vaso o hielera a la menor provocación. Pero hagamos memoria... ¿qué hacía el energúmeno antes de que compraran esa heladera, eh? Yo se los digo, sin tener el gusto de conocer al energúmeno: o sacaba el hielo que necesitaba, dejando el agujero culpable y acusador en la cubetera, o dejaba la cubetera culo pa´rriba en la pileta de los platos, demostrando un absoluto desprecio por la vida. Me refiero a su propia vida, pues en el apuro del partido de truco o el chiste verdoso que se está perdiendo, olvida que luego, cuando vayamos a reparar los daños y encontremos la exánime cubetera entre retazos de mustias lechugas y piolines de chorizos, la utilizaremos como proyectil virtual o literal.
No desesperemos, saben hacer otras cosas. Como de pronto, en medio de una espantosa seguidilla de “días de furia”, recordar que se cumplen dieciocho años de “aquella” noche, y aparecerse por casa a horas intempestivas, con una sonrisa de fauno en el rostro, dispuesto a reconstruir la escena... mentira, no sucede jamás, pero me gustaba como cierre.

jueves, 8 de abril de 2010

Amigos eran los de antes... ¿o los de ahora?

Hay cosas, objetos, recuerdos a los que uno se aferra toda la vida. Y si no, pónganse a pensar cuántos años hace que tienen esa blusa que fue sucesivamente ajustada y desajustada para poder seguir los dictados de la moda y los de nuestra balanza. O ese cuaderno de recetas de cocina ya ilegible de tanta mancha de aceite, que recopila casi nada más que buenas intenciones, puesto que inevitablemente seguimos cocinando las cinco o seis cosas que nos salen bien... Pero hoy no me quiero dedicar a los objetos, que en mi historia personal adquieren en algunos casos personalidades concretas y presencia más permanente en mi vida que la mayoría de mis maridos. En esta oportunidad quiero hablar de personas, de esa gente que participa de diferentes ámbitos y acontecimientos de nuestra vida con el pomposo y omnicomprensivo nombre de “amigos”.
Para poder hacer un análisis lo más profundo que mi única neurona y el poco espacio me permiten, a fin de que no se aburran y se pongan a leer el horóscopo, haré una importante clasificación en dos grupos: los amigos-parientes y los amigos-elegidos.
Los que llamo “amigos-parientes” son esos que vienen con nosotros desde tiempo inmemorial. Ya ni nos acordamos cuándo los conocimos, si fue en la escuela, en el barrio, en un cumpleaños de una primita... Están ahí, y una ya ni se los cuestiona. Son los que tienen el carnet de socios fundadores, lo que los habilita a poseer una imponderable cantidad de información, la que, para desgracia nuestra, surge en los momentos más inesperados. Saben, por ejemplo, que hubo un tiempo en que una no fue una rubia natural. Que aquel muchachito al que hoy una se refiere como “Carlos, el hermano de Alejandra” nos quitó el sueño y el apetito durante un par de años interminables –porque en la adolescencia los años son interminables, los 20 no llegan jamás- y fue motivo de papelones memorables, patrullajes a bordo de autos prestados buscando al veleidoso, y otras vergüenzas que prefiero no mencionar. Saben también que hemos introducido sutiles cambios en determinados plazos de caducidad de novios, cosa de que no se produzcan superposiciones molestas para la imagen de mujeres honestas y prolijas que le queremos dar al candidato de turno. Cuentan con la confianza de nuestros familiares, que los conocen desde siempre y encima se confabulan con ellos para arruinarnos la maravillosa e impoluta biografía que hemos elaborado como documento oficial... Ejemplo: ¿Por qué decís que nunca saliste con un compañero de trabajo? Y el abogado ese que trabajaba en el estudio jurídico, eh, acordate... Una desearía de pronto tener las zapatillas de Michael Jordan- y el pie también, claro- para cerrarle la boca de un pisotón, pero tampoco sirve, porque gritarían: Eh, ¿qué hacés en zapatillas, si vos nunca hiciste ejercicio?... Y el caballero de turno se sonríe educadamente, recordando los comentarios que le hicimos respecto de la cantidad de kilómetros que recorremos por día en bicicleta, para mantener un cuerpo sano en una mente que, ahora lo están comprobando, está bastante enferma.
En la otra punta del espectro están los “amigos-elegidos”. Son los que llegan después, cuando se supone que una terminó de crecer y ya es un producto terminado, para bien o para mal. Surgen casi espontáneamente en el trabajo, o en la universidad, o se heredan como resto de alguna pareja eventual con la que no llegamos a tener ni la octava parte de afinidades que tenemos con ellos. Y sí, porque de eso se trata, de afinidades. Les gusta el mismo cine que a nosotros, prefieren los mismos programas de televisión, votan los mismos candidatos políticos, eligen los mismos sitios para ir de vacaciones, educan a sus hijos con los mismos errores y aciertos, incluso se casan y se separan por las mismas razones que nosotros. Cuando los llamamos por teléfono no tenemos que hablar primero quince minutos con sus padres para que sepan cómo está toda nuestra familia, entre otras cosas porque ya no viven con sus padres, claro.
De todo lo dicho podría surgir equivocadamente la conclusión de que los que elegimos son los mejores. Nononononono. No son ni mejores ni peores, son diferentes. En mis cincuenta y tantos años (y no habrá tortura capaz de hacerme precisar la cifra) he acumulado, por suerte, muchos amigos, de las dos categorías. Y les puedo decir con toda seguridad que todos ellos, sin distinción de origen, han sufrido con mis dolores y aclamado mis éxitos como propios. También han desaprobado mis ocasionales inconductas, sin dejar por eso de ayudarme frente a las consecuencias agoreramente anunciadas. Han estado cuando los necesitaba a gritos y cuando pretendía que podía bastarme sola; me han dicho verdades no pedidas y mentiras piadosas... Por eso es que resumo: no importa de dónde vengan, si de cuando usábamos trenzas con moños escoceses o de ahora, que nos planchamos aquellos rulos con pequeños y carísimos instrumentos de tortura. Importa saber que los tenemos, y cuidarlos, y conservarlos, porque recuerden: las parejas, pasan... los amigos quedan. Así que si a su marido no le gusta “esa” amiga, ni siquiera se detenga a escuchar las retorcidas motivaciones con las que pretende ocultar los celos evidentes: hágale pito catalán, cíteme, si quiere, me hago cargo, y siga adelante. Cuando él sea un viejo cascarrabias o haya huído, “esa” amiga seguramente estará a tiro de teléfono o de taxi para escucharla. Punto.

miércoles, 7 de abril de 2010

Sexo con el ex

En las relaciones de pareja hay innumerables situaciones que me resultan incomprensibles, casi tantas como parejas se forman en el mundo. Pero hay una en particular que me llama poderosamente la atención. Y uds. saben que yo soy una persona que no deja pasar situación sin analizar.

Me refiero a tener sexo con el ex. Y cuando digo ex quiero decir no un señor que pasó por nuestra vida en un lapso relativamente corto, dejando problemas sin sondear, historias sin contar, relaciones pasadas sin blanquear, infancia sin detallar... estoy aludiendo a un ex con toda la regla, a un marido o concubino con una permanencia digamos promedio de cinco años. Cinco años de convivencia significan muchas cosas. Por ejemplo, que ya hemos cruzado, como el Dante, la puerta donde se abandonan todas las esperanzas, ingresando al tenebroso reino de la rutina doméstica, donde hasta el más seductor un día ronca y otro día no se afeita y al siguiente pide disculpas por no haberse bañado y luego ... bien, llega ESE día tan temido en el que nos damos cuenta de que ya muchas ganas no tenemos, o que mejor me hago la dormida cuando salga del baño porque total tampoco vamos a descubrir nada nuevo. Cinco años también significan hijos, que claro, nadie va a negarlo, son el mejor premio, la alegría de nuestra vida, el consuelo de nuestra vejez... y la tumba de nuestra vida sexual. Porque no es lo mismo ponerse el conjuntito de satén y encaje, prender unas velitas sugestivas y poner el cd de Luis Miguel, que llegar al dormitorio con la remera de promoción de la mayonesa que le regalaron en el supermercado y descubrir que no sólo se olvidó de cambiar las sábanas esa mañana, sino que además la cama se encuentra ocupada por tres hombres, lo que en otro caso sería su fantasía más oscura hecha realidad, si no fuera porque uno tiene su edad y los otros cuatro y dos años, y son respectivamente su marido y sus dos retoños, que se niegan a abandonar el lecho porque “se escuchan ruidos raros en nuestro cuarto”. En realidad, los ruidos son de los ronquidos del papá, que descansa al lado de sus pichones con la boca ladeada y chorreando saliva por un costado...
¿excitante, no?

Bien, supongamos que ese caballero ha pasado a revistar la nutrida (por lo menos en mi caso) categoría de ex. Y un día, sabe Dios por qué, porque si yo lo supiera no estaría escribiendo esto, ud. se encuentra con él por casualidad o por maldad del destino, y la siguiente escena se desarrolla en el inconfortable departamento de él, o en el hotel más cercano que encontraron. Porque el elemento primordial de esa situación es ese: la urgencia. Supongo que se debe a que ambos saben que si se dan la oportunidad de pensarlo, no lo hacen.
O, si nos ponemos románticos, se autoengañan pensando que qué bueno que todavía tengan ganas de tener un “encuentro cercano” con semejante apresuramiento.

No vamos a detallar las instancias del evento, como dicen los cronistas deportivos, porque ahí sí que depende de cada historia. Me interesa el después. Se suceden una serie de silencios incómodos, claro, ninguno de los dos sabe de qué hablar, partiendo de la base de que ya no hay cuentas que pagar en común, ni paredes que pintar, ni niños indóciles y/o jefes injustos de los cuales quejarse, ni llamados de parientes que comentar... un vacío que ud. trata de llenar con comentarios absurdos acerca del tiempo, como si estuvieran compartiendo un ascensor y no un cuadrilátero amoroso. Ud. silba bajito por dentro, pensando cuándo es el momento de levantarse y vestirse sin que parezca una falta de delicadeza. Y por fin lo hace, y parece que la posición vertical les devuelve a ambos la alegría, porque logran esbozar algún comentario ocurrente (sólo alguno, nadie es Woody Allen luego de semejante encontronazo con su pasado).

Y mientras ud. se vuelve a su vida de siempre, en la que él retorna a ser “el papá de los chicos” o “mi ex” - y seguramente hay otro señor o las ganas de tenerlo- yo me quedo pensando: ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué lo hacemos o nos lo planteamos por lo menos en alguna oportunidad? ¿Qué extraño morbo nos lleva a probar otra vez lo que hemos descartado en su momento con la absoluta certeza de “nunca más”?

Yo creo que definitivamente no vale la pena tomarse el trabajo de tanto análisis posterior. Dejemos que el piadoso manto de olvido cubra el desliz, sigamos mirando para adelante, perdónemonos como hacemos siempre esas manifestaciones de nuestro lado oscuro... y sonriamos sádicamente diciéndonos: jeje, seguro que lo dejé sorprendido, ni se imaginaba que yo era así de buena en la cama.

Ya lo dijeron otros filósofos de tocador antes que yo: el sexo con el ex es como fumar un cigarrillo que uno mismo apagó antes; es el mismo cigarrillo, pero tiene otro gusto.

martes, 6 de abril de 2010

¿Se acuerdan de la virginidad?

Hace muuuucho tiempo, en una comarca lejana, existía una costumbre, ya perdida en la niebla de los siglos: las niñas, las jóvenes, debían casarse vírgenes. Virginidad, así con ge y ve corta, se llamaba el concepto.
Yo provengo de esa comarca, y tengo muuuuuchos años, así que les voy a contar en qué consistía dicho anacronismo: fisiológicamente no era la gran cosa (consultar enciclopedias de ediciones antiguas), pero lo serio, lo importante, era lo intangible, el pecado terrible que se cometía si se perpetraba semejante crimen.
El crimen en cuestión era acostarse con un señor (eso de hacer porquerías con gente de su mismo sexo ni siquiera se pensaba, así que tampoco se enunciaba). Ehhhhhh me dirán ustedes, cómo va a ser un crimen acostarse con un señor? Bueno, “acostarse” era reemplazado por otros eufemismos como “hacer porquerías”, “entregarse”, “darle la prueba de amor” y, los más avanzados “hacer el amor”, por no mencionar un montón de palabrotas que en cada país encuentran su equivalente, indescifrable para otras culturas, por cierto.
Pero ahí no terminaba, lo pior no era eso... lo pior era si después el caballero –bueno, no se lo consideraba un caballero, tampoco- no se casaba con una.
Porque en mis tiempos, no importaba mucho si una tenía o no dinero, si era inteligente, estudiosa o trabajadora, si tenía mal aliento o no se depilaba las piernas... importaba si llegaba virgen o no al matrimonio. Un poco como los avisos de autos usados, las chicas llevábamos escritas en la frente, con una tinta sólo visible para los machos de nuestro entorno, distintas categorizaciones, que se convertían en separadores de castas más férreos que en la India.
En el fondo del recipiente estaban las parias, o sea, “las que se dejaban”. Hoy debo admitir que si bien las demás las mirábamos un poco de costado, y las marginábamos sutilmente con esa inevitable crueldad que trae aparejada la adolescencia, eran las que tenían mejor cutis, y ni hablar del humor. Una no se lo explicaba mucho... digo yo, si así no van a conseguir novio, como dice mi mamá, por qué se las ve tan contentas? me preguntaba.
También estaban “las que se dejaban con el novio”, casta intermedia, que conseguía una especie de perdón o benevolencia, una “probation” indefinida, porque se consideraba –recuerden que les estoy hablando de épocas muy antiguas, donde ni siquiera existía la lycra, imagínense- que era un modo relativamente válido de retener al jovenzuelo o no tanto a su lado en la esperanza que semejante entrega tuviera su premio frente al altar. A veces fallaba, como el Challenger. El abusador no cumplía sus promesas, y la infeliz descendía inmediatamente, casi como en el Monopoly, al escalón inferior.
Y por último estábamos nosotras, las honestas “vírgenes hasta el casamiento”, “las que no se dejaban”... o sea, las más aburridas del mundo, pero con los codos más punzantes que se puedan imaginar. Porque los codos, llegado el caso, se constituían en armas defensivas de primera; eran utilizados a diversas alturas del cuerpo del señor, según el entorno y la coyuntura. Si el joven se hacía el vivo bailando, queriendo acortar distancias y “apoyar” justo la parte de abajo del cinturón contra nuestro infartante hot pant, el codo apuntaba hacia el esternón, más o menos. Si estábamos en el auto del impertinente, el codo apuntaba de forma relativamente certera al instrumento con que el sujeto pretendía arrebatarnos el futuro... ustedes entienden, no me obliguen a perder un trabajo que me gusta tanto.
En fin, que una era una chica decente, que no se reía de los chistes subidos de tono, que no daba pie para encuentros a solas, que jamasdelosjamases por muy enamorada que estuviera permitía que le desabrocharan el corpiño... y que recién después de los veinte años se cuestionó seriamente la utilidad de semejante actitud, reflexionó brevemente –no más de diez segundos, debo admitir- ... y comenzó, como Proust, una cruzada en busca del tiempo perdido. Tampoco creo estar arrepentida de la espera, todo sucedió con quien y cuando debía, sobre todo si recuerdo el plantel que había disponible por entonces... pero la honestidad es mi lema, y no me puedo despedir sin añadir una última confesión...amiga mía, ahora comprendo la sabia sonrisa de la peor de la cuadra!

domingo, 4 de abril de 2010

Un día en la vida de Marge Simpson

El despertador… no sonó, para empezar, porque ya no se usan, todos dependemos de esas cajitas de chicles llamadas celulares que han reemplazado relojes, máquinas de escribir, agendas, amigos, diccionarios, calculadoras, televisores, cámaras de fotos… y creo que también sirven para hablar por teléfono. Les decía, no sonó porque no anda. Así que en lugar de despertarme arrullada por el canto de los pajaritos o el rumor de las acacias de la vereda, o en su defecto con el ringtone que mi retoño haya dispuesto que es “cool” esta semana para MI celular (haciendo gala de la tiranía que les hemos concedido a los hijos) me despertaron los habituales gritos de la obra de enfrente: ¡CAAAAAACHO, SUBIME LA MESSSSSSSSSSSSSSCLA!!!! (porque estoy segura que lo dice con ese) y arias parecidas. Cuando logré despejar la bruma de la feliz inconsciencia que acompaña al sueño, recordé bruscamente que tenía cita con el sicólogo de mi hijo… y sólo me quedaban veinte minutos para ducharme, cambiarme, desayunar y lograr coordinar cerebro y movimientos para sacar el auto del garage, que no es poca cosa, teniendo en cuenta que el garage debe haber sido construido cuando la gente sólo andaba en dos ruedas.
Como mi hijo está de vacaciones con su padre (¡Dios bendiga al inventor del divorcio!) no tengo que tener la heladera llena de porquerías que no alimentan pero colorean la foto… o sea que me tuve que conformar con un yogurt al que no quise carear con su fecha de vencimiento… ácido por ácido, estoy yo, me dije. Café había, porque sepan todos que somos pobres pero dignos, por ahí no tenemos leche ni pan ni esas estupideces, pero champagne, café y vino en esta casa no faltan, señor Juez. Encendí la coqueta notebook que hace un año es la continuación de mis manos y la proveedora de mis ingresos, con la intención de enterarme si debo ir a algún velorio, los cambios de gabinete del día, y qué hay para ver en el cine… ah, y los doscientos cincuenta y seis mails que me anuncian que una virgen está por pasar por mi casa, que no abra precisamente ese correo que me lo está advirtiendo, y amenazas parecidas. La bichita se prendió, claro, mientras yo buscaba una taza (parece sencillo, pero estoy en medio de una mudanza, así que para encontrar algo debo recordar en qué caja lo embalé), oteé la cafetera que quedó de anoche y olvidé guardar en la heladera… sobrenadaban unas cascaritas transparentes que no auguraban nada bueno, pero cualquier cosa es preferible a enfrentar al sicólogo de mi hijo sin la ayuda del café. Así que recordé que los griegos decían: el fuego purifica, y a falta de fuego (porque hace demasiado calor y las hornallas son una antesala del averno) metí la taza en el microondas y, como siempre, equivoqué los botones (¡ja! Ojalá fueran botones, son unos imperceptibles dibujitos que pueden calentar tu café o disgregar el planeta, según dónde apoyes tus inocentes huellas digitales) Bien, ya con la taza de café (hervido) en la mano me siento frente a la pantalla, y oh sorpresa, la diosa madre de la sabiduría universal, más conocida como Internet, no funcionaba… apreté desesperada las teclas correspondientes, y luego, como suelo hacer, las no correspondientes, y después todas, a manos llenas… y nada… Inmediatamente, una idea surgió en mi mente: ¡Daniel no pagó el abono! Daniel es un señor que durante un tiempo fue una especie de novio, período en el cual la tarada (o sea yo) le dio una suma relativamente importante de dinero para, según él, “invertir”, inversión que jamás se produjo. Bueno, la cosa es que para saldar su deuda, me va pagando las cuentas que con delicadeza y antelación le arrimo… andá a cobrarle una deuda a un ex, se debería llamar el tango.
En fin, no era el mejor comienzo de día, pero seguía llegando tarde al sico, así que logré sacar el auto entre los comentarios de los muchachos de UOCRA de enfrente, y me fui para allí.
Pensaba utilizar esa horita para desahogarme, recibir consuelo, hablar de mis problemas, sentirme “contenida” como se dice ahora… nananana, resulté culpable de todo, desde el fallido desembarco yanqui en Bahía de Cochinos hasta la extinción del tatú carreta. Pobre, él no tiene la culpa (el sicólogo, digo)… claro, cómo la va a tener él si es toda mía. Como un comentario recurrente durante la charla fue “vos deberías hacer terapia individual” decidí al salir ir a mi obra social a averiguar si por un azar del destino se les hubiera ocurrido que los problemas sicológicos podían ser contemplados como una necesidad a cubrir, pero claro, a quién se le ocurre, esos son avances del siglo… veinte, que acá todavía no llegaron. Igual, como si lo hubieran hecho, porque las chicas, con la misma sonrisa que me atienden siempre (a veces dudo que sean personas de tan atentas que son, y sospecho una confabulación tipo Las mujeres de Stepford, en la que reemplazaban a las esposas díscolas y modernosas con muñecas robóticas que usaban voladitos y hacían flan casero) decía, las amables empleadas me comunicaron que ya no tenía obra social… caramba, llevo diez años trabajando en una radio cuyo dueño parece considerar que pagar una obra social es un gasto inútil… Salí de allí indignada, dolida, amargada, caliente, en fin, la mezcla habitual que acompaña a las desventuras burocráticas. Tampoco pude averiguar el motivo de semejante desamparo, porque el dueño de la radio debía estar junto con mi ex noviete en esa Tierra de Nadie llamada Noatiendoelcelularnicontestomensajesdetexto, paraje que, sospecho, ya debe sufrir de un alto índice de superpoblación.
Hice un nudo con mis tripas, me subí a mi ya recalentado autito y decidí que para despejarme, lo mejor era cambiar de vehículo, y hacer en bicicleta las restantes cuestiones pendientes. Claro, tuve que ir a buscar la bici al señor que las arregla, porque a pesar de los vetos, alambres electrificados, amenazas de muerte y demás, mi adorable hijito había estado haciendo abuso de la pobre… cuando digo abuso, créanme, por algo el niño necesita sicólogo. El bicicletero me recibió con el comentario de siempre: che, te la agarró tu hijo, no, porque está hecha mierda… me temí un sacudón financiero, pero no, Fabio es razonable y con dos marrones (ojo con lo que piensan) lo arreglamos. Paré en una verdulería, donde los zapallitos, tomates y lechuga habían sufrido un baño de oro desde la semana anterior, a juzgar por su precio… Con el espíritu y el auto cada vez más pesado, no así mi billetera, llegué a casa, descargué bici, me cambié el look “madre mañanera preocupada por la salud mental de su hijo” por el de “veterana ridícula tratando de reducir cachas en bici” y salí en medio del aire caliente del ya casi mediodía a seguir mi lucha… que ya sabemos, es cruel y es mucha. Me apersoné en la ventanilla del servidor de internet, cable y programas locales que nadie mira pero algunos hacemos, y le dije: te vengo a pagar internet… el cajero de mirada perdida y rizos morenos me cobró una suma desorbitada y me dio un papel verde, y me fui más pobre pero segura de que al regresar tendría la dichosa “señal”. Pero esperen que ahí no termina. Fui hasta el service de celulares, a ver qué tenía mi otra conexión con el mundo. La señora que me atendió, que más parecía estar a punto de barrer la vereda que de evacuar una consulta tecnológica, me sorprendió con su sabiduría: mi telefonito tenía el flex estropeado, por eso no se ve bien en la pantalla, y el sonido… no sale porque, señora, me dijo con una sonrisa suficiente que me hizo arrepentir de haber dudado de su capacidad, hay que apretar este botoncito y regresa. El repuesto del famoso flex tenía una buena y una mala noticia: era caro, pero no había, con lo cual el daño a mi presupuesto se pospuso, para mi alivio. Hice un stop en la librería donde el día anterior había comprado el respuesto de agenda… del 2007, según pude verificar luego. La atenta y regordeta muchachita presentó las disculpas del caso, dándome la extraña explicación de que “todavía –fin de marzo 2010- no entraron los repuestos”, pero que yo me quedara tranquila, que en cuanto Guttemberg los terminara, me cambiaban la compra. Como una sonrisa puede mucho, me conformé, al fin y al cabo, qué me hace esperar hasta Junio para tener la agenda al día, si tampoco puedo anotar la cita del médico porque no tengo obra social… Monté en mi bici, y haciéndome la pizpireta, pero esquivando los baches porque ya saben que no tengo bla bla bla, volví a casa, me comí una ensalada con los tomates recalentados y… SÍ, SEÑORES, ME DORMÍ UNA SIESTA!!!! Ventajas de vivir en el interior, que, según decía otro novio, será chato y choto, pero conserva casi intactas algunas instituciones, como la de saber de la vida sexual de todos y todas, total si no sabemos la inventamos, descreer de la publicidad porque parece ser un invento del demonio, que se administra cuidadosamente por una sola agencia monopólica, no hacer citas porque nos encontramos siempre en cualquier lugar con todo el mundo… y cerrar a cal y canto persianas y puertas de una a cinco de la tarde.
Me desperté babeante y acalorada al ritmo de los chimentos de Jorge Rial y sus Intrusos, mi Biblia cotidiana… lo sé, lo sé, ustedes me tenían como una chica “currrrrta”, lamento desilusionarlos… me puede ese programa, saber si Jessica Cirio tiene novio nuevo, o si Nazarena Vélez cayó por fin en un coma medicamentoso me resultan datos imprescindibles para continuar mi vida, que ya es bastante miserable por sí misma.
Me arrastré hasta el comedor diario, sorteando cajas de embalaje y a la tortuga que olvidé alimentar y se había venido desde el patio al living con intenciones piqueteras. Me serví otro café, le tiré al quelonio medio zapallito y unas hojas de lechuga, con lo cual depuso su beligerante actitud, y me senté, ahora sí, a conectarme con el resto del mundo… eso pensaba yo. El dibujito del costado de la pantalla, para el cual ya mi neurona Matilde está condicionada, mostraba las … las… pantallitas tachadas!!!!! Oh Señor, voto a Bill Gates, seguía sin conexión!!!!
Llamé al número que aparece como Mesa de Ayuda, pero que sospecho fue organizado y coordinado por el Marqués de Sade antes de escribir con caca sus memorias desde la cárcel… el gentil muchacho (no demasiado gentil, más bien… “qué querés a esta hora, que seguro vos dormiste siesta y yo no”) me comunicó que mi abono seguía sin pagar, pataleé como cuando mi mamá me quería hacer trenzas y me dieron con la Sección Comercial, donde otra sádica me comunicó que lo que había pagado era el cable, no internet… Pedazo de boludo el morocho de rulos, pensé pero no dije porque se supone que soy una dama.
Monté nuevamente en mi autito, porque la bici ya me había dejado las nalgas un poco ardidas. El que pensaba ahorcar había sido reemplazado por la sádica que me atendió telefónicamente, con la que ya no tenía fuerzas para enfrentarme. Ovejunamente como buen argento que se precie, pagué otra suma exorbitante, con costas y todo, para que me devolvieran mi conexión a Internet. Una vez el recibo en mano, me di el patético gusto de hacer algún comentario hiriente que fue recibido con la estólida actitud de quienes están acostumbrados a ser puteados en todos los idiomas posibles.
Pero no todo son cardos en este baldío, señores míos… Fui a buscar la aspiradora al service, que como corresponde, queda a la altura donde está Atlas sosteniendo el mundo. La pobre había resoplado como una marsopa herida cuando intentaba limpiar el cuarto de mi hijo, aprovechando su ausencia para requisar puchos, bombachitas de señoritas y otras manifestaciones de esa enfermedad llamada adolescencia. Quedarse sin aspiradora en medio de una mudanza no es lo mejor que puede sucederle a una obsesiva de la limpieza como, como, como… yo, así que la llevé al doctor de aspiradoras. Me bajé en medio de un sol abrasador con el que Kristina nos kastiga a las siete y media de la tarde por haber hecho algo tan terrible como votarla (menos yo, claro). Y cuando me disponía a pagar otra suma absurdamente elevada, luego, por supuesto, de ayudar a la mujer del aspiradorólogo a encontrarla entre un montón de artefactos, y bajarla yo que soy más alta… los cielos se abrieron, cayó un rayo luminoso y beatífico sobre mi atribulada sesera y escuché las palabras mágicas: “está en garantía, no debés nada”.
Sí, me dije, Dios existe, y aunque hasta ese momento su socio y vecino de medianera, el Demonio, había regido mis desventuras, consideré que esa pequeña alegría valía por mil desgracias, y volví a mi futura ex vivienda contenta como perro de taller mecánico (¿vieron que nadie los baña, ni los obliga a ir al veterinario, y comen facturas y restos de asado, cómo no van a ser felices?)… no sin antes permitirme un autocomentario sarcástico: caramba, la aspiradora SÍ tenía obra social.
Terminé mi día de furia comiendo pollo frío y pelones calientes, la fruta y los hombres me gustan así, y mirando películas por cable que sí pagué, y chateando con amigos por internet que también pagué…al fin y al cabo, nada es tan grave que un buen vaso de vino blanco berreta con mucho hielo y las patas en alto no puedan solucionar.
Pero se reciben ofertas, eh.