viernes, 23 de abril de 2010

Breve retrato de familia

Yo provengo de una familia que no es normal: mi padre aterrizaba en el fondo de casa con el helicóptero, y mi madre adulteró su documento nacional de identidad para quitarse dos años. Y si eso no les basta, puedo añadir más datos, todos conducentes a que entiendan un poco lo de mi alocada vida, cinco maridos, veintitrés mudanzas, y otros números que no vienen al caso y que jamás confesaré.
Mi abuela materna, reina gallega en exilio (según creía solamente ella) no compró pan en la panadería que quedaba exactamente al lado de su casa a lo largo de toda su vida “para que no anden comentando”... ¿para que no anden comentando qué? le preguntaba yo, cuando me aparecía de visita con las riquísimas especialidades que hacían los vecinos... ¿qué van a comentar? ¿que vivís al lado? Ella daba vuelta la cabeza y con gesto señorial se retiraba a su reino de tres habitaciones en pleno barrio de Flores y se negaba a probar siquiera esas exquisiteces.
Mi abuelo materno, o sea el príncipe consorte de la antedicha, era otro gallego inmigrante con el habitual sentido trágico de la vida que trajeron en el barco junto con el traje negro y la locura necesaria para largarse al otro lado del mundo. Cada vez que mi mamá y su hermano se ponían a discutir en la mesa dominical –cosa que ocurría inevitablemente cada vez que mi mamá y su hermano compartían la mesa dominical- él se iba al infaltable gallinero que había en todas las casas por entonces, y mesándose los cabellos, gritaba a voz en cuello: “¡Me voy a matar!” “¡Les juro que me mato!” Por supuesto, enfrascados como estábamos en no perdernos los insultos familiares que entrecruzaban los dos hermanitos en pugna, nadie lo escuchaba, así que al rato volvía, con un sifón en la mano, como si hubiera ido a buscar soda, efectivamente... creo que era el equivalente ibérico de la catarsis griega.
Mi abuela paterna, irlandesa descendiente de traficantes de esclavos, a quien le debo seguramente mis ojos celestes y mi tendencia a maltratar señores, sostuvo que jamás el hombre llegaría a la Luna... y tuvo razón, se murió el día antes de aquello que ahora parece que sucedió en el desierto de Arizona.
Mi hermano tiene una terrible desgracia: es buenmocísimo... bueno, ya no tanto, la edad ha hecho su trabajo. Pero esa no es su única desgracia, tiene otra –aparte de tenerme a mí como hermana- : no sabe que es buenmocísimo. Por lo tanto, se ha pasado la vida perdiendo el tiempo en innecesarias galanterías, sin darse cuenta que daba lo mismo que les abriera la puerta del auto o las arrojara con el vehículo en marcha, ellas le hubieran dicho que sí igual. Como él también les decía que sí a todas, siempre se le ha amontonado la hacienda, como decimos en el campo. Es así como tuvo una novia durante diez años, que le duró sólo uno de esposa, por la simple razón de que a lo largo del noviazgo ella vivía lejos y no tenía teléfono. Ambas ventajas a favor del infiel desaparecieron con la convivencia, y el edípico muchacho rehizo prontamente las diez cuadras que lo separaban de su adorada y confortable habitación de soltero.
Tengo también un primo que fue mi marido, generando todo tipo de bromas de mal gusto e intentos de los restantes primos de obtener los mismos derechos conyugales, basándose en absurdos principios de igualdad en el parentesco.
Un tío mío vive solo en una quinta, con un perro que se llama Pérez, y una piscina gigantesca cuya agua jamás renueva, porque según él, allí se crían “pelikanes en su tinta”... y dice que para acostarse con una mujer, primero hay que hacerla bañarse y luego dejarla caminar unos veinte minutos por la habitación, recién ahí estará “al dente”...dentes que ya no le quedan, de tanta bofetada que le han dado las damas ofendidas ante semejante trato.
Hay además una prima loca que se lo pasa enamorando señores por Internet a lo largo del país, y nos manda a las restantes parientas a entrevistar a los posibles prospectos que le quedan a trasmano, candidatos que como se imaginarán constituyen un zoológico aparte.
Eso, sólo tomando en cuenta la familia “de sangre”...porque si les cuento de los otros, los advenedizos que amparados en una libreta de matrimonio se introducen en tan patricia familia, no termino más... así que dejo lo de mis matrimonios para otro día, y me voy, porque mi ex cuñada –aquella que desertó luego de diez años de cornudez- necesita que le cuide el niño que adoptó con el marido que vino luego de mi hermano, ya que ella se tiene que ir de viaje con ese marido, quien a su vez es amigo de mi tercer marido, el que tenía un hermano sacerdote y otro que sembró una montaña entera de marihuana y decía que eran hierbas medicinales... ¡no se pierdan el próximo capítulo!

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