sábado, 10 de abril de 2010

Los tres imposibles

Hay tres cosas que ningún hombre sabe hacer. Sí, ya sé, hay un montón, me dirán ustedes, pero yo me refiero a ESAS tres cosas universales. Y conste que hablo desde la autoridad que me confieren cinco maridos e inconfesable cantidad de señores de paso, con variada permanencia en mi vida.
Una es buscar algo. No hablo de buscar un futuro mejor, ni la felicidad, ni la cura del cáncer, ni esas cosas abstractas para las que, según ellos, nosotras estamos inhabilitadas. Yo digo buscar las gotas para la nariz, los lentes de repuesto, las llaves del auto, el celular... Ubíquese en la siguiente escena: ud. se está duchando, o haciendo salsa blanca, por poner dos actividades que se pueden mencionar acá y que implican dedicación exclusiva en el lugar de origen. Él pega el grito: ¿viste la fotocopia de la tarjeta verde del auto? ¡En el primer cajón del placard! contesta una, tratando de contrastar el tonito agresivo y exasperado con una respuesta sabia y suficiente... y se queda esperando el inevitable: ¡No está! ¿Buscaste bien? replica una, saboreando por anticipado las mieles del triunfo. ¡Te digo que no está! Y allá vamos, vencedoras morales, a buscar la fotocopia, que por supuesto estaba en el cajón. Para encontrarla sólo había que levantar el recibo de la luz, pero claro, no saltaba como araña de goma a la cara del inútil...
Oooootro tema: no saben enfermarse. Mejor dicho, sí saben enfermarse, lo que no saben es hacerlo de acuerdo con la gravedad de la dolencia. Así como desconocen las diferencias existentes entre el fucsia, rosa chicle y rosa bebé, tampoco entienden que no es lo mismo un catarro que una neumonía doble. Para ellos SIEMPRE es neumonía doble. Se arrastran por la casa sólo el trayecto necesario para ir de la cama al baño, y eso únicamente porque no tenemos ni chata ni papagayo. Cada vez que una entra inadvertidamente al cuarto, solicitan algún servicio, ya sea alcanzarles una almohada, tomarles la inexistente fiebre, o acercarles el control del televisor, de la video, del expansor de canales, el celular, la calculadora y otros aparatos de igual apariencia e idéntica capacidad de perderse entre las sábanas a milímetros del doliente. Y si una comete el gravísimo error de pretender que la casa y la vida deben seguir la función a pesar del moribundo, éste resucitará furioso, recriminando el poco interés que tenemos en él, lo egoístas que somos, capaces de estar hablando con la tía Chela en lugar de llamar a su mamá para que nos dé las innumerables instrucciones acerca del tratamiento de “eso que me agarra cada vez que tomo frío”... y que la Real Academia bautizó en su momento como resfrío.
El último item les parecerá tonto, pero es infaliblemente cierto: jamás reponen los cubitos de hielo de la cubetera. Ya sé, ahora existen para los pudientes o los que no han tenido que separar patrimonio en varias oportunidades, las heladeras que arrojan los cubitos directamente al vaso o hielera a la menor provocación. Pero hagamos memoria... ¿qué hacía el energúmeno antes de que compraran esa heladera, eh? Yo se los digo, sin tener el gusto de conocer al energúmeno: o sacaba el hielo que necesitaba, dejando el agujero culpable y acusador en la cubetera, o dejaba la cubetera culo pa´rriba en la pileta de los platos, demostrando un absoluto desprecio por la vida. Me refiero a su propia vida, pues en el apuro del partido de truco o el chiste verdoso que se está perdiendo, olvida que luego, cuando vayamos a reparar los daños y encontremos la exánime cubetera entre retazos de mustias lechugas y piolines de chorizos, la utilizaremos como proyectil virtual o literal.
No desesperemos, saben hacer otras cosas. Como de pronto, en medio de una espantosa seguidilla de “días de furia”, recordar que se cumplen dieciocho años de “aquella” noche, y aparecerse por casa a horas intempestivas, con una sonrisa de fauno en el rostro, dispuesto a reconstruir la escena... mentira, no sucede jamás, pero me gustaba como cierre.

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