Hay circunstancias, épocas de la vida que nadie se resigna a olvidar. Con los hombres –por lo menos los de mi generación- es la colimba. Basta verlos cuando se juntan cuatro o cinco, cómo se retuercen de risa recordando “la vez que Marito Guglielmi se comió una cucaracha”, o “cuando el Negro Domínguez tuvo que limpiar todas las letrinas porque el cabo Fuentes se enteró que le había escupido el mate”. A nadie excepto a ellos les parece tan siquiera gracioso, pero bueno, supongo que tendrá que ver con el hecho de que es la 1º vez que los extraen de los brazos de su mamá, y los hacen convivir con otros machos de la misma especie, en condiciones de poca higiene y alimentación básica... o sea, como les gusta a ellos.
Con las mujeres es el parto. Se los dice una que recién lo experimentó a los cuarenta; por lo tanto, me he pasado gran parte de mi vida adulta escuchando las tenebrosas anécdotas de su paso por la sala de obstetricia.
Siempre me pregunté qué extraño mecanismo se ponía en funcionamiento en ese sector de hospitales, clínicas y sanatorios. Lo digo porque mujeres mucho menores que yo –bueno, casi todas lo son- y con escasa experiencia de la vida, de pronto, por el mero hecho de haber parido, se convertían en modelos aggiornados de Pachamamas... O sea, gente que me trataba como su igual, incluso con una leve camaradería de género, al enterarse que no tenía hijos, se encaramaban de pronto al Altar de la Maternidad, lo que inmediatamente les confería una especie de sacralidad tribal: “ah, claro... ya vas a ver cuando tengas tus hijos...” ¡Como si un espermatozoide aburrido pero bien orientado hiciera la diferencia entre la sabiduría y la estupidez!
En fin, que llegué al evento con todos los temores del caso. Imagínense: veinte años de sala de espera de ginecólogo, presenciando esa morbosa sociedad que se genera ante la indolente mirada de la secretaria del galeno, en la que cada una pretende superar a la otra en intensidad de contracciones, cantidad de hijos, peridurales que no prenden y maridos inútiles. Inútiles se los ve, sí, ahí sentados, con cara de “qué hace un hombre como yo en una situación como ésta”. Ah, porque esa es otra: los obligan a acompañarlas al médico como una especie de compensación malsana por futuras estrías, exceso de peso y malestares circulatorios... como si el pobre tipo no tuviera que cargar con todo eso también luego del parto, ¿o con quién se van a acostar, eh, por lo menos hasta estar nuevamente en carrera?
Mis amigas, suegra y otros allegados se habían encargado de llenarme la cabeza con atavismos varios, que intenté evitar todo lo que pude. Gracias a la tecnología, el juego del tenedor, la alianza colgando del cabello y otros ritos primitivos se resolvieron pronto, con la ecografía correspondiente mostrando un pitito monstruosamente desproporcionado, para alegría de su machista papá. A mí que no me vengan con eso de “no quiero saber qué es, prefiero la sorpresa”. Soy periodista, quiero la primicia, el día que lo hice casi le pregunto al futuro padre: ¿qué era? ¿XX o XY?
Mi ginecólogo, que parece cualquier cosa menos un ginecólogo y por eso le perdono semejante vocación, me evitó con mucha inteligencia situaciones tales como el curso de parto sin dolor (si vos ya sabés que no te tenés que poner nerviosa, y que comiste como una chancha, no gastes guita al cohete, dijo).
Bien, llegó el día del evento... y no fue para tanto. Es más, casi no fue nada, comparado con un cólico renal, tal y como mi sabio médico me lo había adelantado. En cuestión de minutos entré, salió y salí... y les juro que seguía siendo la misma mina, eso sí, con algunos kilos menos, y unas cuantas responsabilidades más... y también debo confesarlo, con un nuevo calorcito a la altura de donde se supone que tengo el corazón, calorcito este que jamás se atenuará, porque como buena madre edípica, estoy segura de que este sí es el hombre que jamás me fallará... pero eso es otra historia.
Resumiendo: PARIR NO ES NINGUNA CIENCIA OCULTA, lamento desmitificar el asunto, pero esa es la misión que he asumido. Así que si quieren impresionar a la otra mitad del mundo, estudien, capacítense, disfrácense de Lara Croft, viajen, píntense las uñas de verde... pero no intenten apabullar al otro sexo con sus ominosos relatos... porque además, jamás lograrán superar la operación de ligamentos cruzados que ellos sufrieron, aunque el motivo haya sido un lamentable partido de papi fútbol y no la trascendente misión de poblar el mundo.
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