Cuando yo era chica, las citas a ciegas eran un bochorno, algo a lo que una recurría de última, cuando el reloj se acercaba a la fatídica hora de las nueve de la noche y aún no teníamos programa armado. Así que si llamaba una amiga con la propuesta salvadora del primo del novio que acababa de llegar y no conocía a nadie, una recibía la noticia alborozada, y se aferraba a esa invitación cual náufrago a la tabla, y corría ansiosa a ver qué se ponía, sin detenerse a pensar que si esa llamada hubiera llegado a las seis de la tarde, minga de aceptar...
Aquella pretenciosa de los setenta hoy es una cincuentona que todavía presenta equipo, y que como se las da de modernosa, encima chatea. Esto del chat da tela como para cortar setecientos guardapolvos, pero ahora haré una excepción a mi inveterada costumbre de irme por las ramas, y me voy a detener en un espécimen particular del zoo cibernético. Por ponerle un nombre, llamémoslo El Inversor.
El Inversor, amiga mía, es aquel caballero de alrededor de cincuenta años, monedas más o menos, que dedica parte de su tiempo a la cacería computarizada. Como la realidad virtual depara más de una sorpresa, generalmente desagradables, el tipo tiene sus mecanismos para salir de dudas acerca de la mercadería con la que está tratando. Enseguida pide foto, y por si una intenta engatusarlo con fotos viejas, se preocupa por los detalles de vestimenta o escenografía. O sea, si pretende engañarlo, no se le ocurra mandarle una foto con jeans nevados o con un afiche de fondo que diga “Los argentinos somos derechos y humanos”, porque el señor sabe sacar cuentas. Viene el consabido cortejo de una semana más o menos, en la que una se entera de cómo se llama su perro pero no de dónde vive, o de por qué se separó de su mujer pero no cuánto mide. Con lo cual se llega a la primera cita con una data por demás despareja, así que entra al restaurant mirando para todos lados, esperando que por algún milagro el caballero en cuestión sea un desinhibido tal que esté sentado en la mesa con los boxer de seda que tanto ha promocionado en las sesiones de chat, a ver si lo reconocemos.
No desperdiciaré sabrosas anécdotas que me darán pasto para otros relatos y comida para mi hijo, así que pongamos que todo es satisfactorio, como alguna vez ha ocurrido. Después del café de “testeo” se parte hacia algún restaurant que él ya ha elegido cuidadosamente. Ni muy iluminado, ni muy conocido, pero tampoco ese justamente donde suele concurrir con sus amistades. Obviamente, tampoco es barato, una es zorra vieja y se daría cuenta de la miserable actitud. La cena es rica, aunque se habla tanto que se come poco, eso sí, se bebe bastante, porque El Inversor tiene presente su objetivo, y jamás se aparta de él. Bien, salen bromeando del restaurant, y antes de subir al auto, el tipo le estampa un beso contra el capot. Una tampoco es una tímida virgencita, y hoy por hoy todo es bienvenido, así que recibe el beso con elegancia, cuidando de todos modos que la maniobra no le enganche las medias. Suben al auto, pero antes de arrancar El Inversor inicia la fase dos: un franeleo frenético que poco tiene que ver con la edad de los participantes ni las posibilidades que brinda el vehículo. Una hace lo que puede, un poco porque le parece una idiotez a esta altura de la parrillada tener que defenderse del sátiro de la 4 x 4, y otro poco porque gracias al champagne y al gimnasio al que no acudió en los últimos quince años, las contorsiones le resultan un tanto incómodas. En eso el sujeto detiene las acrobacias, nos mira lascivamente y sin decir una palabra, arranca. Como nos imaginamos que no nos lleva a casa, sugerimos tímidamente el itinerario correcto. Y ahí es cuando El Inversor muestra su verdadero rostro. Con una semisonrisa sobradora, detiene el auto y nos comenta que “se supone que estaba acordado que luego de la cena íbamos a tener sexo”... ¿Ah, sí? ¿Y quién lo supuso? pregunta una. Bueno, princesa, no eperarás que después de franelear una semana y media por el chat, y luego de una cena, vamos a seguir jugando a los novios, ¿no? replica ya desembozadamente el sujeto. Y ahí es cuando a la princesa se le cae la corona, y no me refiero a la de la muela. Y acá es cuando la princesa, además, traslada esta reflexión a sus congéneres: ¿dónde está escrito, en qué código quedó asentado que una se tenga que acostar con un tipo que acaba de conocer simplemente porque el tipo gastó plata en una cena? ¿Eh? ¿Y la guita que nos costó la peluquería, y el top negro? ¿Eh? ¿O acaso le vamos a exigir que porque hicimos esos gastos el señor tenga que, por ejemplo, venir a limpiarnos el calefactor, por citar algún servicio equivalente al que él pretende?
Nonono, amiga, no se deje avasallar por estos energúmenos de saco y corbata. ¿Un consejo sano? Acuéstese si le gusta, y hágalo repasar todo el Kamasutra si quiere, pero no porque la sacó a cenar... porque le gusta, nomás. Y después, encima, otórguese el placer de ser usted la que diga: te llamo yo, ¿eh?
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