miércoles, 7 de abril de 2010

Sexo con el ex

En las relaciones de pareja hay innumerables situaciones que me resultan incomprensibles, casi tantas como parejas se forman en el mundo. Pero hay una en particular que me llama poderosamente la atención. Y uds. saben que yo soy una persona que no deja pasar situación sin analizar.

Me refiero a tener sexo con el ex. Y cuando digo ex quiero decir no un señor que pasó por nuestra vida en un lapso relativamente corto, dejando problemas sin sondear, historias sin contar, relaciones pasadas sin blanquear, infancia sin detallar... estoy aludiendo a un ex con toda la regla, a un marido o concubino con una permanencia digamos promedio de cinco años. Cinco años de convivencia significan muchas cosas. Por ejemplo, que ya hemos cruzado, como el Dante, la puerta donde se abandonan todas las esperanzas, ingresando al tenebroso reino de la rutina doméstica, donde hasta el más seductor un día ronca y otro día no se afeita y al siguiente pide disculpas por no haberse bañado y luego ... bien, llega ESE día tan temido en el que nos damos cuenta de que ya muchas ganas no tenemos, o que mejor me hago la dormida cuando salga del baño porque total tampoco vamos a descubrir nada nuevo. Cinco años también significan hijos, que claro, nadie va a negarlo, son el mejor premio, la alegría de nuestra vida, el consuelo de nuestra vejez... y la tumba de nuestra vida sexual. Porque no es lo mismo ponerse el conjuntito de satén y encaje, prender unas velitas sugestivas y poner el cd de Luis Miguel, que llegar al dormitorio con la remera de promoción de la mayonesa que le regalaron en el supermercado y descubrir que no sólo se olvidó de cambiar las sábanas esa mañana, sino que además la cama se encuentra ocupada por tres hombres, lo que en otro caso sería su fantasía más oscura hecha realidad, si no fuera porque uno tiene su edad y los otros cuatro y dos años, y son respectivamente su marido y sus dos retoños, que se niegan a abandonar el lecho porque “se escuchan ruidos raros en nuestro cuarto”. En realidad, los ruidos son de los ronquidos del papá, que descansa al lado de sus pichones con la boca ladeada y chorreando saliva por un costado...
¿excitante, no?

Bien, supongamos que ese caballero ha pasado a revistar la nutrida (por lo menos en mi caso) categoría de ex. Y un día, sabe Dios por qué, porque si yo lo supiera no estaría escribiendo esto, ud. se encuentra con él por casualidad o por maldad del destino, y la siguiente escena se desarrolla en el inconfortable departamento de él, o en el hotel más cercano que encontraron. Porque el elemento primordial de esa situación es ese: la urgencia. Supongo que se debe a que ambos saben que si se dan la oportunidad de pensarlo, no lo hacen.
O, si nos ponemos románticos, se autoengañan pensando que qué bueno que todavía tengan ganas de tener un “encuentro cercano” con semejante apresuramiento.

No vamos a detallar las instancias del evento, como dicen los cronistas deportivos, porque ahí sí que depende de cada historia. Me interesa el después. Se suceden una serie de silencios incómodos, claro, ninguno de los dos sabe de qué hablar, partiendo de la base de que ya no hay cuentas que pagar en común, ni paredes que pintar, ni niños indóciles y/o jefes injustos de los cuales quejarse, ni llamados de parientes que comentar... un vacío que ud. trata de llenar con comentarios absurdos acerca del tiempo, como si estuvieran compartiendo un ascensor y no un cuadrilátero amoroso. Ud. silba bajito por dentro, pensando cuándo es el momento de levantarse y vestirse sin que parezca una falta de delicadeza. Y por fin lo hace, y parece que la posición vertical les devuelve a ambos la alegría, porque logran esbozar algún comentario ocurrente (sólo alguno, nadie es Woody Allen luego de semejante encontronazo con su pasado).

Y mientras ud. se vuelve a su vida de siempre, en la que él retorna a ser “el papá de los chicos” o “mi ex” - y seguramente hay otro señor o las ganas de tenerlo- yo me quedo pensando: ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué lo hacemos o nos lo planteamos por lo menos en alguna oportunidad? ¿Qué extraño morbo nos lleva a probar otra vez lo que hemos descartado en su momento con la absoluta certeza de “nunca más”?

Yo creo que definitivamente no vale la pena tomarse el trabajo de tanto análisis posterior. Dejemos que el piadoso manto de olvido cubra el desliz, sigamos mirando para adelante, perdónemonos como hacemos siempre esas manifestaciones de nuestro lado oscuro... y sonriamos sádicamente diciéndonos: jeje, seguro que lo dejé sorprendido, ni se imaginaba que yo era así de buena en la cama.

Ya lo dijeron otros filósofos de tocador antes que yo: el sexo con el ex es como fumar un cigarrillo que uno mismo apagó antes; es el mismo cigarrillo, pero tiene otro gusto.

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