martes, 23 de marzo de 2010

De cuando intentamos salvar al niño de las llamas del infierno

Una tuvo una educación.
Fue hace mucho, pero creo recordar que algo hubo.
Como doce años en manos de una extraña sociedad de mujeres vestidas anacrónicamente de negro, con trapos en la cabeza, una especie de babero de tela enyesada blanco, y un collar rarísimo, con pelotas mal ensartadas (qué linda imagen, de todas maneras) que terminaba en dos palos cruzados con un pobre señor acostado sobre ellos, con aspecto de no estar pasándola bien. Monjas se llamaban, ya me acordé.
Mi hermano pasó por una experiencia similar, pero a cargo de señores pollerudos con malas costumbres, que iban desde pegarles reglazos en los dedos a los niños díscolos, a sentarlos en sus rodillas y decirles que buscaran caramelos en su laaaaaaaaaaaaargos bolsillos, proceso que según recuerdan los ex niñitos, generaba amplias sonrisas en los rostros de los educadores.
Mis padres tuvieron buena voluntad, no los culpo. Y si tengo que hacer el balance, no fue tan terrible. Lo pasábamos bien, todas mujeres, ocupando nuestro tiempo en organizar travesuras que a la luz de lo que hacen los delincuentes juveniles de hoy eran para Plaza Sésamo. Pero otro día se los cuento.
La cosa es que, salidos ambos de esos marmóreos y carísimos claustros, nos empacamos, mi hermano y yo, en no seguir practicando esa religión. Calculamos que las misas, rosarios y vía crucis ya deglutidos nos garantizarían por lo menos un salvoconducto precario, cuestión de llegar frente al Encargado del Edificio y ahí sí, hacer valer nuestros bonus y conseguir por lo menos una buena ubicación, lejos del tan temido Subsuelo, a cargo del Tipo de Colorado.
Mi padre asumió la decepción con su habitual ironía y sentido del humor, comentando a cada observación hereje de nuestra parte: plata tirada... refiriéndose a las cuotas, uniformes, libros y donaciones que eran compulsivamente exigidas con el único placebo de una sonrisa amable, que duraba lo que la entrega efectiva de la donación.
Mi madre, que era bastante más combativa, a pesar de que el militar era él, gritó, pataleó, denostó, criticó, puso cara de oler vinagre, amenazó con retirar afecto, ñoquis caseros y desayunos en la cama... sólo obtuvo que alguna de tantas veces que lo hicimos, nos casáramos por iglesia, más por la joda posterior que por la santidad del sacramento, que a esa altura de nuestras vidas significaba un palito de masa con mermelada adentro, o jamón y queso, que se comía con el mate o en la ruta a mar del plata, y no una institución insoslayable de nuestras creencias.
Yo siempre fui más rebeldona que el divino de mi hermano. Ya se van a enterar por el anecdotario con el que pienso aburrirlos por acá. Así que cuando mi hijo nació, hubo miradas ansiosas, y una consulta tímida: ¿Lo vas a bautizar? Consejo: no tomen decisiones apresuradas cuando estén recién paridas, una está con las defensas bajas, exceso de peso y poco sueño. Y el niño fue bautizado en una bella ceremonia, que no fue en una iglesia sino en una especie de gruta (con permiso especial, mis padres hacían cualquier gestión con tal de salvar a su nieto del Purgatorio, que les aclaro, no es un sitio donde les dan laxantes todo el tiempo, sino algo como una tierra de nadie, un Hotel de Inmigrantes donde esperan que el trámite se concluya con éxito... no sé, a mí no me parece tan terrible, pero como dije, estaba flojita de principios) Hubo torta, padrinos contentos, abuelos idem, padres exhaustos, y listo, a casa que el chico ya es cristiano.
Pero los sacramentos acosan, y llegó la edad de la Primera Comunión. Mi viejo ya no estaba (después de unos años acá, se fue a volar donde él quería, en un cielo sin límites sobre el mar, disculpen, pero lo quise mucho y todavía lo extraño), así que mi mamá, que sí estaba, arremetió discreta pero efectivamente con comentarios tipo: mmmm, a esa edad ustedes ya iban a catecismo... o: ¿viste que el nieto de (aquí va el apodo de la década del cuarenta que les guste: Chuchú/Teté/Cocó/Beba/etc) tomó la comunión la semana pasada? Y tiene la misma edad que tu hijo... Como la viudez no le sentaba bien a mi madre, y le debo una infancia feliz y una adolescencia bastante tolerante, averigué un poco, y me dirigí hacia la parroquia que me recomendaron con la efectiva frase : es el cura más "open" de la ciudad.
El sacerdote parecía simpático. Le dije: mire padre, vengo porque mi hijo cree que Los Apóstoles es una compañía de seguros, y pretendo que tenga una base de contenidos religiosos desde los cuales decidir más adelante qué hacer. Yo no voy a venir nunca, así que no se molesten en enviarme notificaciones de reuniones. Ya no soy católica, sólo cristiana... ¿Lo toma o lo deja? Se ve que estaba acostumbrado a escuchar cualquier cosa, acuérdense que ellos confiesan gente, así que sonrió y dijo: acá no dejamos escapar ningún cliente, señora, que venga nomás. Se ganó mi respeto, y un alumno más para catequesis, que así se llama el adoctrinamiento previo al evento.
El primer día aguardé ansiosa la salida del paganito, a ver cuál era su reacción ante la impartición de la fe... el tipito salió corriendo y tropezándose, como hizo hasta que nos dimos cuenta que tenía pie plano, bueno che, no se puede estar en todo, se subió al auto y me dice: Ma, esto de Jesús, María y José está de re copete... expresión que en los años 90 equivalía al "alta clase, chabón" que hubiera dicho hoy... el comentario siguiente fue: hoy aprendimos lo de La Noticia... me devané los sesos tratando de recordar a qué noticia podía referise, y luego caí en la cuenta. Hijo de periodista al fin, consideraba que si un ángel venía y despertaba a una señora con trompetas y le avisaba que iba a tener un hijo sin test de embarazo previo ni análisis ni otras cuestiones que todavía no tenía muy claras, pues era un notición, no La Anunciación.
Y así llegó a la Primera Comunión, saltando entre bancos de la iglesia, escupiendo a los transeúntes desde arriba del campanario, dibujando abstractas versiones del Espíritu Santo y hostias bastante torcidas, organizando incursiones a la sacristía para beberse el vino de misa a escondidas... Y el día en cuestión, las abuelas estaban chochas, el niño lucía desconocido con corbata y una breve expresión de seriedad en el rostro, el padrino sacaba fotos, luego comieron torta en casa, y se fueron a jugar a la vereda.
Alguna vez lo veo persignarse al pasar frente a una iglesia, o comentar algo acerca de principios de samaritanismo y el valor de una vida humana sobre cualquier cosa, o expresar criterios acerca del amor al prójimo (aunque la mayoría del tiempo su idea del prójimo es una niña de entre 15 y 20 años con el pelo en la cara y mascando chicle)... y me digo: bueno, tan malo no ha sido. Y confirmo que de vez en cuando, conceder no es tan terrible.

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