sábado, 15 de enero de 2011

La casta de los pangolines

No la emprenderé una vez más con aquello de que “antes, bla bla bla” (aunque me muero de ganas). Además, ustedes no entenderían qué tiene que ver la nostalgia con los pangolines.
Para los que no ven Animal Planet y están pensando en una especie de locos con turbante que deambulan por calles polvorientas anunciando catástrofes o bendiciendo vacas, les cuento. Los pangolines son unos animalitos parecidos a nuestras autóctonas mulitas, también llamados quirquinchos o futuros charangos. Si el lector no es argentino… no sé qué hace leyéndome, pero en fin, un pangolín es como un erizo haaarto crecido, que en lugar de púas tiene unas escamas tipo alcaucil, medio puntudas e inexpugnables.
¿Y a qué viene todo eso?
Haga la prueba, dele. Vaya al cuarto de sus adorables crías, léase hijitos entre 13 y 25 años más o menos, párese cerca de la puerta y grite: ¡¡¡¡Por favor, ayuda!!!! y arroje algo pesado al suelo, como si fuera usted mismo. Espere unos segundos… luego espere unos minutos, después algunos minutos más, y cuando llegue a media hora, dese por vencido. No van a acudir.
Paso 2: irrumpa en el cuarto del o los susodichos. Si logra discernir dónde se encuentran (le aconsejo que use uno de esos sensores térmicos de actividad humana –bueh, humana…- como tenía Depredador) en medio de camas sin tender, medias huérfanas de compañeros, ropas varias con diferentes grados de mugre, puchos de sabe Dios qué, cajitas infelices de hamburguesas a medio comer, envases de diecisiete clases de bebidas gaseosas, e innumerables envoltorios de chicles, todos rodeando el cesto de los papeles, que claro, está vacío salvo por un par de escupidas que sí dieron en el blanco…sigo, si encuentra a sus vástagos, interpélelos ásperamente acerca de su indiferencia filial, tipo: -¿No escuchaste que te llamaba, que te necesitaba? Espere otra interminable tanda de minutos, y el diálogo será algo más o menos así:
-¿Eh?
-¡Que te estaba llamando!
-¿Qué hacés en MI cuarto?
-¡Te estaba llamando, te necesitaba!
-¿Y por qué entraste a MI cuarto?
-Te dije, porque te estuve llamando y nada…
-¿Nada qué, no ves que estaba ocupado?
-¿Ocupado? ¡Si estás como siempre, idiotizado frente a la pantalla de la computadora!
-Estoy bajando “La venganza de los vampiros babeantes”… ¿y vos qué hacés en MI cuarto?
-Te recuerdo que TU cuarto está en MI casa… y ya te dije, te necesitaba
-Ah sorry, TU casa, perdón por respirar, por existir, por estar… Pará, ¿no sonó el timbre? Cierto, TU timbre. ¿Podés ver si llegó MI novia que viene a ocupar un espacio de TU casa? ¿Hay comida?
Les ahorro el resto de la escena, porque sigue toda más o menos así. Y lo mismo si el tema es que usted está llorando, ardiendo de fiebre, ausente todo el fin de semana, o decide separarse de su marido, incluso si el marido es el propio padre de los engendros.
La respuesta será siempre igual: ninguna. Están como los monitos de las estatuitas: no escuchan, no ven, no hablan… con nosotros, claro. La indiferencia que los habita hacia todo lo que no tenga que ver con ese mundo exclusivo que se han creado a nuestra costa, es significativa. Y me recordaron a los animalejos esos.
Los pangolines usan las púas-escamas como medio de defensa. Nuestros hijos ni siquiera las usan, no tienen que defenderse de nadie, porque les hemos allanado tanto el camino que van a ciegas, con la vista fija en el ipod, mp4, blackberry o el culito de adelante. ¿Las escamas? Creen que son mugre, que ya saldrá cuando decidan bañarse… un día de estos.
¡Y nosotros que nos reíamos de las historietas con mutantes!

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