Principio universal: la maternidad es maravillosa, un acto trascendental, un sentimiento intransferible, el amor más grande del mundo… bullshit, dirían los amigos de arriba del Río Bravo, y yo no traduciré porque para algo tiene que servir saber malas palabras en otros idiomas.
No es que no sea agradable ver un ser humano que construimos en local propio, que lleva gran parte de nuestros rasgos físicos y dotes naturales, más la cantidad necesaria de defectos que aportó la otra parte. Por lo menos, así funciona cuando una está divorciada del coautor del crimen. Salvadas estas cuestiones, pasemos a las otras.
Los primeros meses de la atención de un hijo implican una larga serie de actividades desagradables, como por ejemplo limpiar caca, recibir –en el caso de los varoncitos- más de un chorro de pis en el rostro cuando estamos ejecutando la tarea anterior, andar durante meses rodeada de un delicado aroma a vómito, que se produce en el momento menos esperado, como ser sobre la blusa de crêpe antes de salir, o en el civil de Mariana sobre el blazer de seda beige, entender que “gugu” significa “quiero de frutilla, la vainilla me parece francamente asquerosa” y “aaaaaba” no es “abuelita linda” sino “esa vieja pintarrajeada me está tapando con sus horribles morisquetas la diversión de las hojas de parra bailarinas de la casa del viejo que anda siempre con ella y tiene mal aliento, correla”.
Pasa esa etapa en la que las madres sólo somos proveedoras de comodidades básicas para la supervivencia, y alcanzamos la fase dos: la educación del engendro. Ahí comienzan las verdaderas pruebas de paciencia: tienen que aprender a caminar, con lo que se convierten en un misil teledirigido hacia los objetos más frágiles (y costosos) que supimos conseguir, llegan hasta los sitios recónditos, y se aparecen en medio de la cena con los jefes del marido munidos del juguetito ese que tenemos bien oculto y que no es precisamente para masajear el cuello, como dice su políticamente correcto folleto. Y como si caminar no fuera lo suficientemente peligroso… HABLAN LOS MALDITOS. Ya no hay que traducir el “glufru” sino explicar por qué llamaron de pronto “vieja pijotera” a nuestra querida y millonaria tía Marta, que no tiene herederos pero tampoco mucamas y viene a leer el diario a casa “para no gastar”.
Llega lo que pensamos que es un alivio, o sea la etapa escolar, pero no, los tormentos sólo cambian de forma y protagonistas. Ya no son las parientas mayores las que nos dictan cátedra sobre cómo debemos vestirlos, alimentarlos y atenderlos, sino una raza maldita conocida universalmente con el nombre de docentes, y que en realidad es una masonería secreta dedicada a destruir cualquier atisbo de orgullo maternal, en vistas a la dominación de la especie por aniquilación de egos. Jovencitas que sólo han visto un pañal en los avisos de la tele nos dicen cómo hemos errado hasta ahora en casi todo. Personalmente lo hacen cada tanto, dependiendo de la aberrante conducta de nuestro vástago, pero se regodean por escrito con su herramienta más poderosa, que los fabricantes de armamentos desconocen y por eso las guerras duran tanto: el cuaderno de comunicados.
Supongamos que ya sorteamos la bebez, la niñez y la escolaridad y hemos salido medianamente indemnes de todas ellas. Y cuando creemos que se comienza a ver una pálida luz de esperanza al final del túnel… el sujeto entra en la adolescencia.
Como ya hemos hablado acá de algunos de los padecimientos que vivimos los padres en esa era oscurantista, no los voy a aburrir. Hoy mi preocupación pasa por un tema en particular: la voluntad férrea con que los malvados se empecinan en permanecer en el bunker llamado adolescencia.
Haciendo memoria, recuerdo que cuando me tocó la pasé bastante bien. Hubo una petit etapa de mugrienta, rápidamente superada en cuanto me di cuenta que el sexo opuesto era interesante y tenía olfato, el colegio era divertido porque estaban mis amigas, se estudiaba poco y el uniforme quedaba lindo, los varones eran granujientos y tímidos, pero bailaban lentos y tenían plata para invitarnos a salir, los hermanos proveían una fuente inagotable de futuros candidatos, y si no, dábamos la vuelta al perro o hacíamos un asalto y algo aparecía. Los padres eran viejísimos y ridículos, pero como no participaban mucho y les respetábamos algunos límites, no pasaba a mayores… pero lo más importante, lo que nos comía el coco de impaciencia, porque significaba un montón de logros accesorios, era SER ADULTOS. No llegaba nunca el tan ansiado momento de manejar, trabajar, mandarnos solos y tener nuestro propio dinero, que nos permitiría rajar oportunamente del nido familiar, al que retornaríamos, claro, cada vez que quisiéramos comida rica y ropa limpia. Y más dinero, obvio.
Hoy es al revés. Los muy guachos se parapetan en la adolescencia, que se ha convertido en una Disneylandia etaria. Enumeremos someramente lo que incluye el pack adolescente: habitación propia, decorada a su gusto, con televisor, equipo de música, computadora, ninguna biblioteca ya que los libros que alguna vez fueron colocados allí con gran ilusión por abuelos y padres han sido reemplazados por colecciones de latas de cerveza que se tumban cada vez que logramos ingresar para pasar un plumero… y mejor que se caigan, porque las que se sostienen en el sitio, Dios sabe qué tienen adentro. Sigo. Baño privado no importa mucho porque no saben para qué se usa. El lavadero es donde se van a fumar porquerías, no a lavar ropa. La ropa es algo que fundamentalmente debe tener una marca específica, cualquiera sea su costo, y que se arroja al piso, ya que algún mecanismo que desconocen opera mientras duermen las catorce horas reglamentarias y aparece limpia y planchada y colgada en el placard, ese mueble que también desconocen y provoca el siguiente comentario: “¿y yo cómo iba a saber que estaba colgada ahí?” Trabajar es algo para que hagan los que ya no son adolescentes, los que viven del otro lado del muro. Total, el dinero que necesitan no es mucho, las chicas hoy se pagan todo, y siempre hay un pei, como llaman a los pesos dolorosa y honradamente ganados por nosotros, para comprar un cigarrillo suelto, una hora del ciber o una docena de facturas en cooperativa. ¿Estudiar? ¡Si recién termino el secundario! Esperate que tengo que pensarlo bien, ¿o qué querés? ¿Un hijo frustrado?
La lista continuaría eternamente, pero no quiero amargarlos, aunque me permitiré una última dosis de vinagre: fuimos nosotros quienes les armamos ese nidito, somos nosotros los que no ponemos límites, somos nosotros los que los miramos dormir plácidamente y sonreímos porque el nene está en casa… o sea, apechuguemos con nuestra obrita, y pensemos, haciendo un segundo de mea culpa: ¿a quién no le gustaría ser Peter Pan?
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es excelente. Si yo tuviese esa capacidad para escribir me dedicaria a las obras de teatro, los unitarios para la television caribeña, o similares. En caso contrario podrias venir para aca, que serias bien recibida. Besote
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