jueves, 8 de abril de 2010

Amigos eran los de antes... ¿o los de ahora?

Hay cosas, objetos, recuerdos a los que uno se aferra toda la vida. Y si no, pónganse a pensar cuántos años hace que tienen esa blusa que fue sucesivamente ajustada y desajustada para poder seguir los dictados de la moda y los de nuestra balanza. O ese cuaderno de recetas de cocina ya ilegible de tanta mancha de aceite, que recopila casi nada más que buenas intenciones, puesto que inevitablemente seguimos cocinando las cinco o seis cosas que nos salen bien... Pero hoy no me quiero dedicar a los objetos, que en mi historia personal adquieren en algunos casos personalidades concretas y presencia más permanente en mi vida que la mayoría de mis maridos. En esta oportunidad quiero hablar de personas, de esa gente que participa de diferentes ámbitos y acontecimientos de nuestra vida con el pomposo y omnicomprensivo nombre de “amigos”.
Para poder hacer un análisis lo más profundo que mi única neurona y el poco espacio me permiten, a fin de que no se aburran y se pongan a leer el horóscopo, haré una importante clasificación en dos grupos: los amigos-parientes y los amigos-elegidos.
Los que llamo “amigos-parientes” son esos que vienen con nosotros desde tiempo inmemorial. Ya ni nos acordamos cuándo los conocimos, si fue en la escuela, en el barrio, en un cumpleaños de una primita... Están ahí, y una ya ni se los cuestiona. Son los que tienen el carnet de socios fundadores, lo que los habilita a poseer una imponderable cantidad de información, la que, para desgracia nuestra, surge en los momentos más inesperados. Saben, por ejemplo, que hubo un tiempo en que una no fue una rubia natural. Que aquel muchachito al que hoy una se refiere como “Carlos, el hermano de Alejandra” nos quitó el sueño y el apetito durante un par de años interminables –porque en la adolescencia los años son interminables, los 20 no llegan jamás- y fue motivo de papelones memorables, patrullajes a bordo de autos prestados buscando al veleidoso, y otras vergüenzas que prefiero no mencionar. Saben también que hemos introducido sutiles cambios en determinados plazos de caducidad de novios, cosa de que no se produzcan superposiciones molestas para la imagen de mujeres honestas y prolijas que le queremos dar al candidato de turno. Cuentan con la confianza de nuestros familiares, que los conocen desde siempre y encima se confabulan con ellos para arruinarnos la maravillosa e impoluta biografía que hemos elaborado como documento oficial... Ejemplo: ¿Por qué decís que nunca saliste con un compañero de trabajo? Y el abogado ese que trabajaba en el estudio jurídico, eh, acordate... Una desearía de pronto tener las zapatillas de Michael Jordan- y el pie también, claro- para cerrarle la boca de un pisotón, pero tampoco sirve, porque gritarían: Eh, ¿qué hacés en zapatillas, si vos nunca hiciste ejercicio?... Y el caballero de turno se sonríe educadamente, recordando los comentarios que le hicimos respecto de la cantidad de kilómetros que recorremos por día en bicicleta, para mantener un cuerpo sano en una mente que, ahora lo están comprobando, está bastante enferma.
En la otra punta del espectro están los “amigos-elegidos”. Son los que llegan después, cuando se supone que una terminó de crecer y ya es un producto terminado, para bien o para mal. Surgen casi espontáneamente en el trabajo, o en la universidad, o se heredan como resto de alguna pareja eventual con la que no llegamos a tener ni la octava parte de afinidades que tenemos con ellos. Y sí, porque de eso se trata, de afinidades. Les gusta el mismo cine que a nosotros, prefieren los mismos programas de televisión, votan los mismos candidatos políticos, eligen los mismos sitios para ir de vacaciones, educan a sus hijos con los mismos errores y aciertos, incluso se casan y se separan por las mismas razones que nosotros. Cuando los llamamos por teléfono no tenemos que hablar primero quince minutos con sus padres para que sepan cómo está toda nuestra familia, entre otras cosas porque ya no viven con sus padres, claro.
De todo lo dicho podría surgir equivocadamente la conclusión de que los que elegimos son los mejores. Nononononono. No son ni mejores ni peores, son diferentes. En mis cincuenta y tantos años (y no habrá tortura capaz de hacerme precisar la cifra) he acumulado, por suerte, muchos amigos, de las dos categorías. Y les puedo decir con toda seguridad que todos ellos, sin distinción de origen, han sufrido con mis dolores y aclamado mis éxitos como propios. También han desaprobado mis ocasionales inconductas, sin dejar por eso de ayudarme frente a las consecuencias agoreramente anunciadas. Han estado cuando los necesitaba a gritos y cuando pretendía que podía bastarme sola; me han dicho verdades no pedidas y mentiras piadosas... Por eso es que resumo: no importa de dónde vengan, si de cuando usábamos trenzas con moños escoceses o de ahora, que nos planchamos aquellos rulos con pequeños y carísimos instrumentos de tortura. Importa saber que los tenemos, y cuidarlos, y conservarlos, porque recuerden: las parejas, pasan... los amigos quedan. Así que si a su marido no le gusta “esa” amiga, ni siquiera se detenga a escuchar las retorcidas motivaciones con las que pretende ocultar los celos evidentes: hágale pito catalán, cíteme, si quiere, me hago cargo, y siga adelante. Cuando él sea un viejo cascarrabias o haya huído, “esa” amiga seguramente estará a tiro de teléfono o de taxi para escucharla. Punto.

2 comentarios:

  1. Me encantan tus posteos...
    Desgraciadamente, debo llamar así las publicaciones en los blogs. No se me ocurrió otra palabra: artículos, aguafuertes, crónicas ?
    En todo caso son muy buenas.
    Suerte !

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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