Antes todo era más ordenado, damas y caballeros. Las guerras, por ejemplo. Empezaban y terminaban como Dios manda, con fecha cierta y algún motivo preciso. Como que un sujeto de nombre impronunciable se clavaba al archiduque Francisco Fernando, cuyo único mérito histórico parece ser el de haberse muerto para que pudiera arrancar la Primera Guerra Mundial; o que otro señor (bueno, ejem, señoooooooor...) sale de la peluquería caliente porque le dejaron flequillo flogger y le afeitaron mal el bigote y agarra e invade Polonia, y ¡se va la Segunda!Esas eran guerras, y no las de ahora, que ni se sabe por qué empiezan, si fue una escupida de un petrolero a un jeque o una mojada de oreja de un afgano a un yanqui, o algún palestino inadvertidamente traspuso la raya de la vereda de un israelí, la cosa es que un día en lugar de Tinelli y su desfile de culos escandalosos tenemos en pantalla a un montón de gente con ropa manchada a propósito peleándose con otra gente a la que ni vemos, porque todo transcurre de lejos, si no no me toma la señal de los proyectiles teledirigidos, loco, correte más lejos así te mato.
En fin, que ya no se puede confiar en los antiguos valores. Entre ellos, el del nene que se me recibe.
Analicemos el concepto. En primer lugar, existen en el mercado actual una absurda cantidad de nuevas profesiones que ni siquiera sabíamos que eran profesiones. Una iba al restaurante, comía, pagaba y se volvía, sin sospechar que detrás de esa puerta vaivén había un Chef, o un Licenciado en Cocina Alternativa, que viene a ser cocinar con lo que antes tirábamos a la basura. ¿Y los mozos? O eran inmigrantes gallegos importados directamente con el saquito dudosamente blanco y la uniceja, o hijos de esos mismos gallegos, ya que era un cetro que se pasaba de generación en generación, junto con el dolor de pies y la indiferencia a los gestos desesperados de los clientes. Bueno, ahora un mozo es un joven con peinados raros, como diría Charly García, y que ostenta el título de Técnico en Administración Gastronómica, obtenido luego de tres barra cuatro años de asistir al IGA, EGA, AGA o cualquier otra sigla que deje tranquilos a sus progenitores, asegurándoles que el bebé HAGA algo y no se rasque el HIGO.
Íbamos a la plaza y si hacíamos alguna asquerosidad con o sobre el pasto, nos corría el placero, no el Ingeniero en Preservación de Espacios Verdes. Si conseguíamos entradas, era para el cine, no para presenciar una versión más (la número 56.798, calculo) de Cats, con el elenco completo de los egresados del Instituto Profesional de Ejecutantes de Performances de Comedia Musical. Cuando queríamos salir y teníamos bebés, se los tirábamos al pasar a la tía Clarita, o a las abuelas, que para eso estaban. Ahora las abuelas no nos dan bola porque están estudiando Reiki o Vitrofusión, la tía Clarita ya fue convenientemente encerrada en un geriátrico, y su casa vendida para poner... un geriátrico, perdón, una Residencia Para la Tercera Edad, donde seguramente trabajan Especialistas en Gerontología Eficiente y no las queridas y mandonas enfermeras de antes.
¿Y el secundario? Era sólo una etapa, algo que acompañaba a la adolescencia, que no duraba media vida como ahora sino justo y necesariamente lo mismo que la secundaria. Acné, escapadas sin permiso, fumatas (de tabaco legal, ojo) en el baño, copiadas, amores súbitos y desamores desgarradores, los padres que son unos imbéciles, el mundo que no nos comprende, transcurrían plácidamente en esos tiempos compartidos de la educación... ah, porque también se los educaba ahí. Los muchachos salían sabiendo quiénes habían sido asirios y persas, algo de geografía, los intolerables logaritmos y la fórmula del fosfato de amonio. Y luego de cinco años exactos, al viaje de egresados (del que ya hablaremos aparte, es lo suficientemente jugoso como para eso). Y luego, m´hijitos, LA VIDA, ni más ni menos. A estudiar una carrera de las únicas concebibles (ingeniero, médico, contador, profesor, y poco más) o a trabajar en el negocio familiar o en el del familiar de alguien.
Ahora el secundario es un fin en sí mismo, una especie de ombligo de la vida. Se los cuenta una sufrida madre que acaba de pasar por semejante trance.
Mi hijo no ostenta ningún problema especial, aparte de la madre. Tampoco es un genio en nada, como no sea la gestión de maldades varias, casi siempre con daño patrimonial para sus mayores. Por lo tanto, lo esperable era que pasara por esos años como pasó por los anteriores de la primaria. Algún día publicaré los cuadernos de comunicados de sus abnegadas docentes, obras maestras de la paciencia y solicitud. Pero no. Para empezar, las comunicaciones se hacían por medio de pedazos de papel difíciles de leer de tanto fotocopiado previo, donde se me notificaba que el sujeto había sido pasible de ... 5, 10, 15 faltas. ¿Pero cómo, me decía yo, si no faltó? Es que como hoy por hoy los adolescentes son seres delicados, pequeños tiranos que reíte de aquel que se comía los enemigos y se vestía con pieles de tigre, no se los castiga con las amonestaciones de antes, que caían después de algo realmente serio, como faltar el respeto a las autoridades... qué autoridades, me pregunto, si ahora La de Anatomía es Che Marta, la preceptora falta 23 días sobre 25 y la directora es la madre de Sebas, y ya la veníamos tuteando desde que nos hacía las tortas para los partidos. Nada de señoras venerables de rodete y caras pintadas como cartel de pizzería, con edad indescifrable, vidas privadas y una trayectoria ejemplar. Y a los alumnos no hay que castigarlos si se portan mal... hay que "contenerlos", que es más o menos como mirarlos tranquilamente cómo gritan a voz en cuello en medio de la clase, o juegan al tetris con el celular, o planean un viaje de egresados carísimo y a costa ajena... cualquier cosa menos estudiar. Y ojo que los padres también cambiaron, eh. No se les vaya a ocurrir citarlos, nonono, que yo tengo mucho que hacer y para educar al chico están ustedes (cuando la realidad es que el chico pasa 20 horas en casa y cuatro en la escuela, no me dan los números y eso que yo fui al secundario antiguo). Otra nueva clase es la de los que se quedan varios años en el mismo (año). Hace poco le sugerí a mi hijo que armaran una banda de rock que se llamara Los Repitentes. Eso de repetir era una vergüenza espantosa, sacar el carnet de tarado absoluto, y no una "experiencia interesante para que Maxi revalorice su oportunidad de aprender".
El mío no repitió. No porque él no quisiera, sino porque me planté... todo lo que una madre divorciada y culposa puede, claro. Mi argumento fue breve: EL SECUNDARIO ME LO DEBÉS. Y ejecuté la deuda nomás, casi ejecuto también al niño. Le llevó
un año y medio, con las consecuentes batallas intermedias. Yo creo que el triunfo se debió más al hartazgo de los nobles profesores, que al fin le allanaron tanto la cuestión que fue un entrar y salir, que a la inclinación al estudio del engendro.
Y ahí anda, buscando su destino, sin moto chopper ni Peter Fonda, mi easy rider siglo 21 con skate y un ridículo gorro kolla en la cabeza... mi nene, que terminó el secundario.
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Porqué sos tan graciosa?
ResponderEliminarEh?
Parabéns por el éxito!
chau